El momento que lanzó su carrera al estrellato, quizá nunca hubiera ocurrido. El miedo a los aviones, estuvo a punto de evitar que Cassius Clay, un boxeador norteamericano de 18 años, viajara a Roma 1960, justo una semana antes de que el equipo estadounidense se trasladara a la sede de aquella justa olímpica.

No era que Cassius no hubiera viajado en aviones anteriormente, lo había hecho un sinnúmero de veces. Pero justo unos meses antes de que se realizarán los Juegos Olímpicos en la capital italiana, un turbulento vuelo a California le había sembrado la idea al entonces peso semi pesado que, del mismo modo que sus pies danzaban en el ring, había que mantenerlos bien firmes sobre la tierra.

El talentoso Clay deseaba con todas sus fuerzas conseguir una medalla olímpica antes de iniciar su carrera como profesional. Preguntó si podía ir a Roma en barco o en tren, pero no. Faltaban unos días para que la delegación partiera y Cassius seguía sin querer abordar el avión que lo llevaría a Italia.

Fue entonces que, en una plática con Joe Martin, éste lo convenció de viajar. Pero Clay seguía con miedo, así que fue a una tienda donde distribuían armamento del ejército y se compró un paracaídas el cual llevó en la espalda durante todo el vuelo. Y rezaba.

Cassius pisó Roma sano y salvo y con un palmarés amateur que parecía envidiable: 100 victorias en 108 peleas, seis campeonatos Guantes de Oro de Kentucky y los títulos nacionales de la Unión Atlética Amateur en 1959 y 1960 y dos títulos consecutivos de Guantes de Oro en los mismos años.

Era entonces, Clay, una promesa estadounidense para el boxeo y en Roma arrasó con todos sus rivales: el belga Yvon Becaus en el primer combate, el ruso Gennadiy Shatkov, medallista de oro en Melbourne 1956 en el segundo, el australiano Tony Madigan a quien ganó por una polémica decisión unánime.

En la final, con su clásico bailoteo de piernas derrotó a un osco boxeador polaco, Zbigniew Pietrzykowsky, y se colgó el oro en la categoría semi pesados. Ahora el mundo sabía quién era y Cassius pensó que también lo sabrían en Louisville, su lugar de origen.

Clay creyó que el triunfo olímpico le daría un reconocimiento que muchos le negaban por el color de su piel. Cuando no quisieron atenderlo en un restaurante, reaccionó como el adolescente que era: tiró la medalla dorada a las aguas del río Ohio. Dicen que allí surgió el personaje Alí, el activista, el violento, el provocador.

Tiempo después, Cassius no sólo habría vencido su miedo a volar, sino también se habría de imponer a boxeadores de la talla de Sonny Liston, George Foreman o Joe Frazier, pero fue justo en Roma donde un desconocido Cassius Clay había de comenzar la leyenda del inolvidable Muhammad Alí.