Japón tiene la oportunidad de conseguir un logro espectacular con un evento que significa migración internacional. Los Juegos Olímpicos mueven grandes capitales y a la vez, si no hay buena administración han pasado factura y deudas a largo plazo a los países sede. El escenario de la pandemia es tan desafiante que Japón quiere demostrar que pueden abrir las puertas a los extranjeros con logística de control sanitario.

“Japón quiere demostrar que es capaz de desarrollar los Juegos y demostrar un display de tecnología importante, los primeros que se van a transmitir en 4K. Es la visión del ordenamiento mundial y puntal tecnológico. Son los intereses de la proyección nacional que requiere la entrada de los extranjeros para organizar la gesta”, señala a El Economista, Federico Saracho López, especialista en Geopolítica de la UNAM.

La cita olímpica de Tokio es un estandarte de softpower para Japón, como lo fue en 1964 con los de verano y en los Juegos de invierno en Sapporo 1972. Desde hace siete años se ha preparado para regresar al escenario olímpico, con una inversión que ahora asciende los 12,000 millones de dólares.

Quedan 100 días para concretar el poder blando japonés, es decir, la bandera de representación de país sede, una oportunidad al trabajo de imagen, diplomacia y manifestación cultural. La defensa de un evento con aliados como el Comité Olímpico Internacional (COI), el sector privado que comprometió también su inversión y el intangible que representa el sueño de los atletas de alto rendimiento.

“Los Juegos Olímpicos tienen que ver en cómo se da el control de la representación de un Estado en relación a su estabilidad. Generalmente son atractivos desde la inversión de grandes capitales y es una cuestión de cómo se va desarrollando la imagen y va construyendo capital. Una forma de ostentación estratégica para demostrar el ordenamiento social. Hablamos de una competencia de representaciones nacionales, que a su vez se pueden transferir en reposicionamientos como atracción de inversiones. Aquí está  la oportunidad de las capacidades de Japón de llevar a cabo un movimiento de migración internacional a partir de los Olímpicos y demostrar capacidades de control y mesura en caso de que no se desarrollen outbreaks”, explica Saracho.

La pandemia pone en la mesa nuevos debates sobre los costos y condiciones en los que se organiza un magno evento.

En los Mundiales de futbol o en Olímpicos, una de las polémicas a nivel interno es la factura económica y ambiental que dejan para un país, incluso después del evento, o los inmuebles que se construyen y se quedan como ‘elefantes blancos’, en el abandono. Hoy al debate se suma la situación del riesgo sanitario que representan.

Las encuestas que se han realizado a la población en el último año, a través de las agencias nacionales, han revelado que son más del 60% los ciudadanos que rechazan los juegos. Mientras que por fuera, Corea del Norte dio de baja su participación para proteger a su delegación.

"La pandemia es un arma de doble filo, por un lado no se pueden desarrollar todas las acumulaciones de dinero por turismo, pero sí se puede hacer una ostentación, representación de control, mesura, capacidades logísticas al desarrollar la gesta en un movimiento logístico a nivel global con mucha precisión. El hecho de que los Juegos se construyan en un escenario de pandemia lo hace espectacular, no como show, sino que se logre. Se proyecta y fortalece la imagen de Japón", menciona el especialista en Geopolítica.

¿Recuerdan los Juegos de Tokio 1964? El credo pacifista de Japón. Los Olímpicos de verano representaron el regreso del país al escenario mundial, después de un periodo de reconstrucción de dos décadas atrás por la Segunda Guerra Mundial. Buscaron algo simbólico al respecto, el último portador de la antorcha olímpica fue Yoshinori Sakai, un atleta que nació el 6 de agosto de 1945, el día en que se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima.

Se trató también, de los primeros Juegos celebrados en Asia y la oportunidad de mostrarse a la vanguardia tecnológica. Al mundo conquistaron con los primeros "trenes bala" o de alta velocidad, levantó infraestructura hotelera, urbana y los 36 principales sitios olímpicos. Japón abría las puertas para recibir a extranjeros, al mundo para ver la nueva cara nipona. Se contabilizaron 20,000 espectadores, 6,348 deportistas extranjeros, 1,500 funcionarios y 2,000 periodistas.

El acto simbólico de la antorcha este 2021, como gesto pacifista ante los detractores de los Juegos fue iniciar el recorrido de la antorcha olímpica en Fukushima, la región del terremoto, tsunami y desastre nuclear de hace 10 años. La persona que tomó la antorcha esta vez fue Teiko Nemoto de 82 años de edad, originario de la ciudad de Futaba, un sitio a 10 km de los reactores nucleares derretidos de Fukushima Daiichi.

"Los Juegos Olímpicos eran nominalmente para la reconstrucción, así que esperaba que mi ciudad se convirtiera en un lugar en el que podamos tener esperanzas. Pero ahora estoy seguro de que este es un lugar donde nadie puede vivir. Esta es la última vez que volveré", dijo Nemoto a Nikkei Asia.

Japón necesita de los extranjeros para posicionar su softpower, con los valores del olimpismo como vehículo, con la hazaña de mover delegaciones de atletas en nueve prefecturas que albergarán 339 eventos con 33 deportes olímpicos y 22 paralímpicos.

marisol.rojas@eleconomista.mx