Mbappé abraza a Zidane; Lloris le planta un beso en la mejilla a Lucas Hernández; Kanté es regocijado por Griezmann, Pogba y Varane. Están en Champs Élysées y aunque no están los futbolistas, la avenida se llenó de personas con rostros que asemejan a los héroes que regresaron a la Selección francesa a una final de Copa del Mundo después de 12 años.

Desde la Plaza de la Concordia hasta el Arco del Triunfo, el tapiz de banderas tricolores —azul, blanca y roja— celebran el triunfo 1-0 sobre Bélgica. En las calles hay mujeres de raza negra, blancas, algunas con velos que cubren su cabeza; hay hombres negros, blancos y árabes que comparten una cerveza por la victoria. ¿Ha regresado el mito de la Francia black, blanc, beur?

Ésta es la Francia de la diversidad. Eso la hace bonita, tener hermosos colores, de diversos orígenes, así es la Francia de hoy con muchos colores”, dice Paul Pogba un par de días antes de la final del Mundial de Rusia 2018 ante Croacia.

Él nació en Lagny-sur-Marne. Sus padres llegaron a Francia después de la crisis de refugiados africanos de 1990, procedentes de Guinea. Tuvieron que dejar en África a Florentin y Mathias, los hermanos mayores de Paul, y meses después de alojarse en la comuna situada a 28 kilómetros de París, nació el primer francés en la familia Pogba, lo que les permitió obtener la residencia permanente.

Paul es uno de los 19 futbolistas de la Selección de Francia que tiene ascendencia de otras naciones. Apenas cuatro de los 23 futbolistas del equipo tienen raíces profundas francesas, es decir, que sus abuelos, padres, ellos mismos nacieron en territorio francés.

Eso convierte al representativo en un crisol de culturas, antecedentes, tradiciones; desde Filipinas, hasta Portugal, Martinica, Guadalupe, Guinea, Togo, Senegal y Camerún, así hasta 14 países diferentes que aportan un poco a la identidad de los jugadores de la Selección.

Lo que caracteriza a Francia es la diversidad; desafortunadamente esa diversidad sólo se refleja en el ámbito del deporte, en el ámbito artístico, y vemos menos diversidad en los medios de comunicación, en el Parlamento, en puestos políticos, en lugares más relevantes”, dice Moussa Bourekba, investigador del Centro de Investigaciones Internacionales de Barcelona.

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Emmanuel Macron prometió que si la Selección nacional avanzaba a las semifinales, acudiría a Rusia para apoyarlos desde la grada. Ante el gol de Samuel Umtiti, defensa nacido en Camerún pero que llegó con dos años de edad a Lyon, el presidente de Francia levantó lo brazos, emitió un grito y estrechó la mano de los reyes de Bélgica.

Hace 20 años, cuando la Selección de Francia conquistó el título en su Mundial, Zidane, Thuram, Vieira, Desailly, entre otros, protagonizaron el triunfo de la Francia multicultural, al menos así le llamaron los medios y políticos. Había —como Zidane—, jugadores con ascendencia de Argelia, con antecedentes caribeños y africanos; era, según los políticos de entonces, el mejor ejemplo de la integración de las diferencias.

Para Moussa, Francia ha caído en la trampa de la utilización política del equipo de futbol, donde después del título del mundo en 1998 surgieron discursos de que la Selección reflejaba el éxito de la convivencia de las diferentes culturas y que, después del campeonato, se resolverían los problemas socioeconómicos y de marginación, “y no fue así, evidentemente. La Selección fue un símbolo, pero tampoco les toca a los futbolistas arreglar problemas de índole político-social”, dice el experto en relaciones internacionales.

El contexto actual indica que en Francia 57% de la población opina que hay demasiados inmigrantes en el país. Además, 80% de las personas decide su voto en las elecciones con base en las propuestas migratorias.

Alex Gohari, periodista francés para Canal Plus, explica que el debate en Francia se ha centrado en temas migratorios, racismo y terrorismo.

“Este año ninguno de los políticos quiere meterse en el debate de la diversidad, porque no es muy popular apoyar a una Selección multicultural. Por eso el futbolista más popular es Antoine Griezmann, no Pogba, Mbappé, Kanté, los de mejor desempeño”.

La respuesta al tema migratorio por buena parte de los países de la Unión Europea ha sido endurecer las leyes para dificultar el acceso de las personas refugiadas y reducir o endurecer las prestaciones de servicios para estas personas.

Así están los casos de Italia, Bélgica, Dinamarca, aunque también de Francia existieron propuestas de Emmanuel Macron para limitar a 10,000 migrantes legales por año y criminalizar la asistencia humanitaria para los migrantes, pero no prosperaron.

Según datos de Eurostats, Francia tradicionalmente es uno de los países europeos de inmigración, aunque en los últimos años el número de migrantes que llegaron al país es menor que en décadas anteriores. Es uno de los cinco países que más migrantes recibió en el 2016 (378,100), después de Alemania, el Reino Unido y España y la población extranjera residente alcanza unos 8 millones de habitantes, que representan 12.2% del total de la población. Eso significa que tiene valores superiores a la media europea, pero por debajo de países como Alemania, Bélgica o España, con mayor porcentaje de recepción de migrantes.

Gemma Pinyol, jefa de Políticas de Migración y Diversidad de Instrategies, organismo que analiza los movimientos migratorios en Europa, indica que el contexto actual no representa una crisis migratoria para los países, ya que salvo en el 2015, con el éxodo de habitantes libios y sirios por la guerra, posteriormente los flujos de personas hacia Europa se han mantenido estables.

No obstante, las modificaciones a las leyes migratorias de algunos países europeos han ido acompañadas de un discurso de problematización de la inmigración “especialmente duro en países que no alcanzan 3-4% de población inmigrante, que ha ido ganando espacio con propuestas populistas que seguramente derivarán en problemas futuros de convivencia. Allí donde no hay interacción, hay más recelos contra la inmigración y calan mejor ciertos discursos populistas”, explica la especialista.

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Julien Laloye, periodista francés de L’Equipe recuerda una anécdota popularizada después del campeonato de la Selección francesa en 1998, cuando los hombres de rasgos árabes presumían que podían tener relaciones amorosas con chicas francesas blancas gracias a Zinedine Zidane.

El triunfo ante Bélgica en las semifinales de Rusia 2018 fue el único momento en que salieron a las calles al mismo tiempo gente de todos los orígenes sociales, raciales, étnicos, celebrando juntos el pase a la final. Incluso, aparecieron banderas de Argelia, Marruecos, Camerún para destacar la diversidad y aporte de esas regiones al país.

Los sectores conservadores y de ultraderecha en Francia han expresado su apoyo a la Selección francesa, pero sin caer en la interpretación del éxito de la integración.

La presidenta del Frente Nacional, Marine Le Pen, alcanzó la segunda vuelta de las presidenciales de mayo del 2017, con propuestas como los extranjeros en situación ilegal no podrán ser regularizados, se simplificarán los procedimientos de expulsión, se cerrarán las mezquitas extremistas y los extranjeros fundamentalistas fichados por la policía serán expulsados.

“El modelo francés que suponía que cada uno tenía que olvidarse de su pasado para entrar en el modelo republicano es un modelo que no puede funcionar, porque cuando llegas a un país tienes que aceptar las reglas, pero el país también te tiene que aceptar tal como eres”, explica Moussa Bourekba.

Además, el debate público en Francia se centra en apuntar al extranjero como responsable de la maldición de cada país, “estamos en un modelo donde se insiste en el origen extranjero de las personas sólo cuando se hace algo malo”, añade el investigador.

Por eso, Benzema es francés cuando anota goles con la Selección, Pogba es parisino al llevar a la final del Mundial a su Selección.

“No hubo cambios en la segregación de la gente de origen africano, que todavía viven en los barrios más pobres, aislados; esa gente no cree más en el discurso de que el futbol puede ayudar a la unidad del país”, dice Alex Gohari.

El único momento de comunión y felicidad para todos los franceses son los triunfos de la Selección nacional de Francia, aquel país que, dice Paul Pogba, “todos amamos”.

eduardo.hernandez@eleconomista.mx