Con pocas pinceladas y muchas ganas, Sudáfrica ha estado plagado de sorpresas y es que si bien en el futbol no existen fórmulas, intentemos dar una ecuación para definir porqué los pequeños han complicado a los gigantes.

Como nunca antes, un Mundial tiene al menos una decena de marcadores que han tirado a los mejores especialistas del planeta.

A estas alturas, Inglaterra, España, Italia, Alemania deberían estar pensando en octavos de final y tras la segunda jornada, sólo pueden hacer cuentas para clasificar a la segunda ronda.

La fórmula es iniciativa más esperanza multiplicada por personalidad. No hay más. De futbol ni hablar, porque ahí terminan limitados. De qué otra manera se podría pensar que Argelia empataría con Inglaterra, o que Corea del Norte le diera una lección de orden a Brasil, y que Suiza derrotaría a España.

Mucho físico y más orden es parte de la receta. Es mejor destruir que crear, aunque es criticable esa actitud, tampoco hay otra forma de enfrentar a los grandes.

Ponerse al tú por tú con Brasil, seguramente le hubiera costado a Corea del Norte una goleada y qué decir de Inglaterra, que en otros tiempos hubiera derrotado a Argelia en 15 minutos.

Por ejemplo: Corea del Sur intentó jugar ante Argentina y se llevó un 4-1 que le destruyó la moral. Hay distancias y en algunos siguen siendo muy marcadas. El único camino para los que están un escalón abajo es soñar, y a partir de ahí empezar a construir sus realidades y ésta no es más, que más corazón y músculo que imaginación y futbol. Este aderezo que aburre y es tímido, ha permitido que Sudáfrica sea un sitio donde las sorpresas podrían volverse cotidianas.