Por qué no: estoy rodeado de pantallas con distintas etiquetas. Los precios están en plumón. Primero está la azul, que marca la promoción de ayer. Ya fue tachada la oferta. Hoy es más fuerte: está en rojo.

Cerca hay tres vendedores de saco membretado haciendo rondines. No es hasta que empiezo a tomar notas que me ponen atención. No doy la pinta de tener el poder adquisitivo para un televisor de 50 pulgadas. Pero uno nunca sabe.

Respondo con lo típico: nada más estoy viendo . Se alejan cautelosamente. No están seguros de cómo reaccionar.

Me cruzo a la tienda del otro extremo del centro comercial. Todas las teles tienen puesto el partido de Holanda contra Camerún, que ya no importa. Holanda está clasificado y Camerún ya nada más juega por su dignidad.

Hay un vendedor solitario. Le pregunto que si le puede cambiar al otro canal, donde daneses y japoneses - vikingos contra samurais , le digo, para que suene más atractivo- se van a pelear el otro boleto del grupo. Accede. No le llama mucho el fut. Pero en eso vemos el trallazo lejano de Honda en alta definición (treinta metros, más o menos, todos perfectamente recorridos por el balón, la cámara y nuestro ojo). Se emociona un poquito.

Pierde la atención rápidamente, cuando se da cuenta que será difícil ver algo igual. Pero Endo lo vuelve a sumergir en el encuentro, cuando magistralmente cobra otro tiro libre de larga distancia.

La gente se asoma poco. Ven el marcador de reojo y continúan caminando. Es obvio. Quien está en estos momentos en Perisur no tiene interés alguno en el balompié. Pegados al televisor sólo somos dos personas: el vendedor, que algo de diversión encontró en su trabajo, y yo, que ando persiguiendo el balón por lugares inesperados.