Alguien podría decir que el experimento de Peter Jackson de llevar al cine la obra de Tolkien ha sido un fracaso y no estaría exagerando. Toda esa majestuosidad de la tres cintas de El señor de los anillos (majestuosas aunque planas, maniqueas) desmerece cuando se les ha visto más de una vez. Y ahora que ha completado la misión adaptando El Hobbit en tres cintas de mediocres a malas, el argumento cobraría fuerza.

Sin ponernos pedantes, lo cierto es que la trilogía del Anillo no sólo fue un hit de taquilla, también fue un hito cultural que introdujo a toda una nueva generación a la obra de Tolkien, la realeza de la literatura fantástica. Los premios Óscar que se llevó Jackson no son inmerecidos.

Hablando en plata, Jackson tenía entre sus manos el poder de hacer de su adaptación de El Hobbit una obra mayor. De las narraciones de Tolkien, El Hobbit es la más directa, la más sencilla, y también la más adorable. Se prestaba para ser de lo más fotogénica porque es una novela de aventuras que lo tiene todo.

Ya se ha dicho y lo repetiré: fue un error partir El Hobbit en tres películas. Lo que se obtuvo fue una primera entrega que figura entre las piezas más aburridas de la historia de la narrativa y otras dos películas que se olvidan nada más salir de la sala: entretenidas, sí, pero completamente desechables.

Diversión de buena lid

A lo que nos toca: El Hobbit 3: la batalla de los cinco ejércitos es diversión de buena lid, pero un viaje muy predecible de casi tres horas de duración.

Nos quedamos en que el dragón Smaug lanza su furia sobre Laketown cuando el hobbit Bilbo (Martin Freeman, cuyo mayor talento es el de comportarse como un tipo normal en circunstancias extraordinarias, bien por él) y la compañía de enanos encabezada por Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage) han por fin conquistado la montaña de Erebor. Gandalf el Gris, líder moral de la expedición, está atrapado por uno de los señores oscuros del norte y el futuro de la Tierra Media yace en las decisiones morales de un grupo de guerreros: elfos, enanos, humanos y magos contra los malvados orcos. Cinco ejércitos se enfrentan pues la expedición de los enanos ha despertado fuerzas terribles que yacían ocultas en la apacible Tierra Media.

¿Todo esto suena confuso? Estoy narrando sólo los primeros 10 minutos. La fantasía siempre requiere de esos nombres pomposos y una fundamental noción de geografía ficticia.

Debería ser gran cine, tiene todo ese potencial, pero ¿por qué no lo es? Muy simple: porque en vez de privilegiar a la historia y las pequeñas lecciones de humanidad que la alimentan (la vida sencilla de Bilbo contra la enferma ambición de Thorin, por ejemplo) al director le da por perder el tiempo en batallas sin fin que, a fin de cuentas, ya hemos visto 1,000 veces en otras tantas películas épicas.

No diré que la trilogía de El Hobbit es un fracaso absoluto, pero sí es un ejemplo de cómo echar a perder una gran idea.

Tanta ambición vacía, señor Jackson. Se hubiera usted visto reflejado en la barbas de Thorin Escudo de Roble.

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