Ni duda cabe: Alejandro Solalinde (Estado de México, 1945) es un hombre carismático. Difícil no caer bajo su influjo.

Viste de manera sencilla esta mañana fría en la Ciudad de México. Chamarra y suéter negros. Lo que me llama la atención es la pequeña cruz que pende de su cuello hecha de un material parecido al corcho que es del mismo color de sus ropas. En todas sus fotos públicas lleva esa cruz: es su estandarte, su credencial.

La misión de Solalinde, sacerdote católico, ha sido un verdadero apostolado: proteger a los más vulnerables entre nosotros: los migrantes centroamericanos que cruzan México sin que nadie los trate siquiera como personas.

En 2005, a los 60 años, Solalinde decidió dejar la vida privilegiada y tranquila de la parroquia y dedicarse en cuerpo, vida y corazón a los migrantes del sur. “A los migrantes yo me los encontré, no me encontraron ellos a mí. Los encontré en el camino, en las vías, y me pregunté quién los estaría cuidando”.

Y no había nadie. Así que Solalinde fundó Hermanos en el camino, un albergue para ellos en Ixtepec, Oaxaca. Los migrantes son mercancía para los grupos delictivos del sur: los secuestran, los violan, los asesinan. Como Solalinde, ahora convertido en figura pública, se interpone entre los verdugos y las víctimas, se ha vuelto un blanco de todo tipo de ataques. “Trataron de quemar el albergue y de quemarme a mí, pero no me detendrán”.

El padre Solalinde es un hombre que no parece estar cargando el peso de una cruzada sobre la espalda. Es, de hecho, un hombre alegre al que le gusta la música. ¿Qué género?

“Me gustan muchas. Como ahora ando en un carro con escoltas de la Procuraduría me adapto a lo música que les gusta a ellos. Ya me conocen, si ven que tuve un día pesado me ponen música instrumental o música clásica. A mí me gusta mucho Il Divo, Ennio Morricone, las rancheras. Hasta el reggaetón, porque es la música de los migrantes y si los hace felices a ellos, me hace feliz a mí”.

Dice que la única música que le molesta es aquella que es vulgar o agresiva hacia las mujeres o los hombres. “Qué horrible usar algo tan noble como la música para insultar”.

¿Es Alejandro Solalinde la oveja que se salió del redil de la iglesia católica? “Sí”, dice y se ríe.

Solalinde, la alegre oveja negra de la iglesia que oye reggaetón.

Hermanos del sur

Ana Luz Minera está estudiando el doctorado. Es maestra en antropología y decidió un tema nada fácil para su doctorado: los niños y adolescentes migrantes centroamericanos que cruzaban solos la frontera.

Primero se acercó al albergue que Alejandro Solalinde tiene exclusivamente para menores de edad en la Ciudad de México.

La experiencia fue intensa. “No estaba preparada”, dice Ana Luz. Pensaba que era cosa de platicar, hacer entrevistas y escribir su tesis. Se encontró con una realidad durísima, que duele. Tanto que se le derraman un par de lágrimas. Tuvo que buscar apoyo psicológico para seguir con su trabajo. “Duele porque te das cuenta que las cosas podrían ser mejores”.

“Desde la academia piensas que todo es utopía, que las instituciones hacen su trabajo. Y la verdad es que no, nadie hace su trabajo, hay corrupción en todos los niveles, hasta en los académicos”. Ahora Ana Luz quiere ayudar, trabajar con Solalinde tanto en el albergue en la Ciudad de México como en el de Ixtepec. Pero la verdad es que la misión la abruma: “Me dan pesadillas, me tragó el dolor porque me involucró en cada historia”.

Eso se nota en Los migrantes del sur: Solalinde (Lince), el libro que Ana Luz Minera y Alejandro Solalinde escribieron contando las peripecias de la lucha del sacerdote y activista. Con prólogo de Carmen Aristegui, el libro fluye muy bien aunque no es fácil de leer pues cuenta historias sobre vejaciones, desapariciones y otros horrores cotidianos en la vida de Solalinde.

Pero ahí va, como trenecito que no para, el padre Solalinde en su labor.

“Úsenme”

La relación de Alejandro Solalinde con sus colegas de la iglesia católica no es fácil. La curia mexicana lo trata con indiferencia. “La iglesia es una realidad compleja, la iglesia somos todos, no sólo los sacerdotes”, explica. “Algunos sacerdotes están con los de arriba, otros están con los de abajo. Y ese no es el problema, se puede estar cerca del poder o de los pobres, el problema es que no podemos tener discursos diferentes, tenemos que predicarles a todos que Jesús es amor y amor al prójimo”.

Curiosamente, a Solalinde le va mejor con los jerarcas extranjeros que con los de su propio país. Cuando intentaron quemar Hermanos en el camino el padre envió una carta a Benedicto XVI contándoles lo sucedido y pidiéndoles un donativo para cercar el albergue. Fue como echar una botella al mar.

Y hubo respuesta. El Vaticano mandó dinero que bastó para hacer una pared de ladrillo alrededor del refugio.

Con Francisco “las cosas van mejor, sin duda”, dice Solalinde. “Quiero mucho al papa Francisco, como que estamos en la misma sintonía. Nos hemos encontrado y me ha animado a seguir con mi labor”.

Historiador, psicólogo, sacerdote, activista, figura pública. ¿Cuál es su identidad? “La de hombre de fe”, dice con seguridad. La fe, dice, guía todo lo que hace.

¿Siente alguna responsabilidad para con los otros activistas de derechos humanos que no tienen los reflectores encima como él? “Sí, claro, y yo les digo que me usen. Úsenme, yo puede llevar sus necesidades a la esfera pública. Para mí la fama es un recurso. Úsenme para que se conozca su mensaje y protejamos a los migrantes, que son nuestros hermanos más vulnerables”.

Los migrantes del sur: Solalinde

Ana Luz Minera y Alejandro Solalinde

Editorial: Lince

$152

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