Danny Boyle es probablemente el director de gran cartel más errático de la lista. Sus películas siempre tienen algo interesante y de pronto, ¡bam!, en el tercer acto, el desastre.

Trainspotting es sin duda su mejor película. Alguien diría que Tumba ?a ras de tierra o Slumdog Millionaire ?no deberían ser ignoradas pero, come on! ¿Ewan McGregor buceando en un retrete inmundo? Eso es cine memorable.

Trainspotting, la cinta original, definió una década. Los que la vimos entonces y teníamos entre 12 y 20 años tuvimos una experiencia que nos formó como los adolescentes de los 90.

Cuántas escenas inolvidables elijan la suya. La mía: Renton (McGregor) teniendo sexo mientras de fondo se oye la narración épica de un gol . Y la música: jamás volveré a escuchar Lust for life sin pensar en Edimburgo.

Irvine Welsh, el autor de la novela original, hizo su carrera gracias a ?Trainspotting. No soy una entusiasta de Welsh, pero le otorgó algo: tiene un oído impecable. Leer la novela en inglés es entrar en un remolino de sonidos, de palabras que en Edimburgo tienen un significado tan propio que de entrada resultan impenetrables pero a las 10 páginas uno no quiere salirse del agua.

De la historia de Renton, Begbie, Spud y Sick Boy, Welsh hizo una serie de novelas. De ahí la comezón de los fans y Danny Boyle de hacerle una secuela a la cinta seminal. Pésima idea.

De cómo decepcionar?a todo mundo

No he leído las novelas de Welsh que dan continuidad a Trainspotting pero si son el origen de Trainspotting 2, deben ser los libros más aburridos y autocomplacientes de la librería.

Mientras la cinta original es un trip que de verdad inflama la imaginación del espectador sobre cómo sería meterse heroína hasta por ciertos agujeros, Trainspotting 2 es una película dizque adulta que pierde todo encanto.

Han pasado 20 años de los hechos de Trainspotting. Renton ha pasado esos años en Holanda. Está limpio, ha dejado la heroína. Lugar común: tiene una crisis de la mediana edad. La crisis lo hace volver a Escocia donde los chicos, por supuesto, también se han convertido en adultos. El reencuentro no es terso, pero después empieza a volverse filosófico. Las conversaciones son de lo más pretenciosas y uno quiere matarse. ¿Dónde está la locura de estos tíos? Hasta Begbie (Robert Carlyle), el psicópata de la pandilla, se ha convertido en un pazguato.

Ahora, ¿no será que a todos nos pasa igual? ¿Todos dejamos de ser Tom Sawyer cuando llegamos a los 40? Aparentemente.

Trainspotting 2 (le volvieron a poner el subtítulo La vida en el abismo de la primera película; si en la cinta original era estúpido, ahora es totalmente inadecuado) ha perdido toda la energía del coming-of-age por necesidad pero no hace una reflexión inteligente sobre la vida después del diluvio.

[email protected]