Channing Tatum da su resto en la extraordinaria Foxcatcher, de Bennett Miller (Moneyball). Si un actor se ha encargado de hacer carrera interpretando a hombres que son más músculo y entrepierna que cerebro, ése es Tatum.

Véanlo en Foxcatcher, en la que interpreta la historia verdadera del campeón de lucha olímpica Mark Schultz. Esos bíceps masivos, esas orejas deformadas, esa capacidad para danzar por horas con un dummie: ése es un luchador.

Lo que hace diferente a Tatum del resto de actores fornidos que son el relleno sanitario de Hollywood es que sabe dotar a sus brutos de algo, llamémoslo tormento, o duende, o entraña.

Sudor y sueños arruinados

En la cabeza de Mark hay un desastre. Es 1987. Después de ganar medalla de oro en Los Ángeles 84, hoy Mark es un alma solitaria que vive de dar pláticas de motivación a niños que no tienen ni idea de quién es y de entrenar hasta el hartazgo en un gimnasio que de solo verlo uno sabe que apesta a sudor, testosterona y sueños arruinados.

Mark siempre ha vivido a la sombra de Dave, su hermano mayor (Mark Ruffalo, en una actuación que quizá le de un Óscar). Dave también fue campeón olímpico, pero su acercamiento a la vida no puede ser más distinto al de Mark. Es un hombre más alegre, con una familia, feliz. Eso hace más trágico lo que sucederá a continuación.

Entra en escena John E. du Pont, de la multimillonaria familia du Pont, dueños del emporio de productos químicos.

Puedes llamarme? Águila Dorada

Du Pont, interpretado como un espectro por Steve Carrell (le puede arrebatar el Óscar a Michael Keaton), es un tipo extrañísimo, que dice ser ornitólogo, escritor, filatelista, científico y experto en armas, así como millonario. Simplemente es un hombre en quien nadie debería confiar.

Pero, así de desesperado está Mark, que se gana la confianza del luchador. Du Pont le explica que quiere traer de regreso la gloria a Estados Unidos, darle al país héroes en quienes creer, y que esos héroes son él y Dave, los dos hermanos ganadores.

Para ello construye dentro de su rancho Foxcatcher un gimnasio perfecto. Si Mark quiere quedarse a vivir en el rancho para convertirse en el próximo rey de la lucha grecorromana, puede hacerlo, bajo algunas condiciones. La más importante es que debe considerar a du Pont su coach y decirle al mundo que es su verdadero mentor. Ahora que somos amigos, puedes llamarme Águila Dorada , le dice du Pont a Schultz, y se lo dice en serio. Está como una cabra.

Desde luego que el millonario no sabe nada de lucha, pero como él paga las cuentas, Mark está dispuesto a darle por su lado.

O eso parece al principio, porque pronto se forma una relación obsesiva entre ambos hombres. Los dos no tienen nada. O más bien: Mark sólo tiene talento y Du Pont sólo tiene dinero. Pronto el bruto es domado por el psicópata: du Pont inicia a Mark en el hábito de la cocaína y lo convierte en su perro faldero favorito.

Pero du Pont no está satisfecho. Necesita impresionar a su madre (Vanessa Redgrave, Dios la bendijo con una presencia que hasta cuando no está en escena se nota) y necesita completar su colección de luchadores atrayendo a Dave Schultz, al que no ha logrado convencer de integrarse a su Team Foxcatcher. Hasta que un día lo convence a billetazos y las ruedas de la tragedia comienzan a girar.

La posesión

El trío cuasi-erótico entre el mecenas y los dos hermanos va creando una tensión insoportable. De pronto los espectadores también estamos encerrados en el remoto Foxcatcher y sin que nos demos cuenta, ya estamos con la espalda contra el suelo.

Foxcatcher es una de las mejores películas del año. Las actuaciones de los tres protagonistas son insuperables. De los tres el más destacado es Carrell, pero Tatum se merece también una caravana. La seducción entre ambos personajes es un ir y venir de códigos, miradas, respiraciones. Es una posesión paulatina y silenciosa.

Bennett Miller, el director, parece que quiere especializarse en cintas de deportes que retan los límites del género. No se trata del camino al gran juego o al encuentro decisivo, sino más bien de describir las pasiones que en el mundo del deporte están siempre al borde del estallido letal.

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