Sólo en una fecha como la de hoy uno puede pensar cosas como: si es que la pluma interviene, Juan Villoro puede hacerlo. Todo. O casi todo.

Dice de él su página oficial -justa y elogiosa-: Desde sus primeros relatos publicados a fines de la década del ’70, Juan Villoro, con una diestra técnica narrativa, una prosa clara y concentrada, de certera adjetivación y atinado sentido del ritmo, poseedor además de un largo y variado catálogo de recursos, ha venido construyendo una obra que continúa enriqueciendo a través de la práctica de géneros tan diversos como la novela, el cuento, el ensayo, el diario de viajes, la crónica, el artículo periodístico y el libro para niños. Pocas veces dones tan disímiles coinciden de forma tan armoniosa y fecunda en un mismo escritor.

Nacido en el Distrito Federal, en el mes patrio y a mediados de la década de los 50, estudió Sociología en la UAM pero también asistió al Taller de Cuento de Augusto Monterroso. Luego fue becario del INBA; pero después estuvo en la radio. Y su programa se llamaba, cual disco de Pink Floyd, El lado oscuro de la luna.

Seguramente no muy contento –porque la burocracia no es lo suyo- fue jefe de actividades culturales en la UAM. Pero después pudo escaparse y atravesar el mar océano. Se convirtió en agregado cultural en la Embajada de México en Berlín cuando era parte de la República Democrática Alemana. Para ese entonces ya era colaborador de una docena de publicaciones: Gaceta del FCE, El País, ABC y Diario 16 y también de Letras Libres, Proceso y Vuelta.

Durante un tiempo –la variedad, la otredad y la tolerancia sí son lo suyo-, fue director de La Jornada Semanal. Poco a poco se convirtió en lo que es, gracias a la perseverancia de haber hecho siempre lo que mejor hace: en un escritor. Y que además es capaz de navegar en amplia gama: es un creador de literatura, maneja el arte de escribir algo que se lee dos veces, y también maestro del periodismo, dueño del talento de escribir algo que se lee una sólo una vez. Su primera novela El disparo de argón se publicó en 1991. Pero su cuento infantil Las golosinas secretas en 1985 (respecto de ese libro no puedo dejar de decir que todavía necesito el lápiz labial que hace invisible a la gente y permite desaparecer a todo incómodo o imbécil).

Escribiendo siempre, Villoro nos dio más: novelas, libros de cuentos, artículos, la palabra diaria en el periódico de todos los días. Y luego El testigo, novela que obtuvo el Premio Herralde de Anagrama. Por fin su consagración como frívolamente escribió por ahí uno de esos idiotas que sólo escriben buscando ganarse premios y coleccionan convocatorias por si acaso. Pero Villoro ya estaba consagrado en muchos niveles: recolectó admiración de lectores propios y extraños por su espíritu pambolero y por habernos enseñado que Dios es redondo en su libro de ensayos y crónicas sobre futbol (que en la página web de Villoro está descrito como una vibrante crónica de la religión laica que llena los estadios, las mitologías y supersticiones de un deporte que ocurre en el césped pero también en la mente de los aficionados ). Y podríamos seguir…

Hablando de su guión de la película Vivir mata o del El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, La casa pierde; Materia dispuesta o incluso hasta de Albercas. Pero ahora, en este momento de este día que no existe –porque lo que está leyendo ahora se escribió ayer y no hoy y no se repetirá sino hasta dentro de cuatro años-, en este tiempo justo, Juan Villoro se está haciendo una pregunta: ¿Hay vida en la Tierra?

Y justo en este momento, de este primer día de marzo que sí existe, puede usted ir a la librería y encontrar el más reciente libro de Villoro –el número 100 de la editorial Almadía- y leer un centenar de historias que alguna vez fueron columnas. Y que no son ni crónicas ni retratos, ni artículos, ni cuentos, sino anécdotas hoy convertidas en la centésima parte de un libro que abarca la vida que sucede mientras hacemos cosas importantes . Un libro que nos recuerda las Autopsias rápidas que reu­nió Guillermo Sheridan de las columnas de Ibargüengoitia pero que se llama efectivamente, ¿Hay vida en la Tierra?

Y que al final, afortunadamente, responde efectivamente tal pregunta. Mientras tanto- todo fuera como eso- yo me acabaré el inexistente día acabándome sus páginas.

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