José Juan Tablada regresa al Palacio de Bellas Artes, con su colección de estampas japonesas y con la comprobación de su viaje a Yokohama, Japón, de julio a diciembre del año 1900.

Desde entonces, se sostuvo un debate sobre si el viaje del escritor mexicano a Japón se había consumado o no, por las crónicas en tercera persona que hizo en aquel país, según la teoría del también poeta Rodolfo Mata.

En la exposición Pasajero 21. El Japón de Tablada, que se exhibe a partir de anoche y hasta el 13 de octubre, se muestran 90 piezas de su colección personal de arte japonés, de imágenes de teatro kabuki, posters, xilografía, libros ilustrados, acuarelas y fotografías.

Con base en fuentes documentales, se prueba que Tablada entró a San Francisco en el barco America Maru, que provenía de Japón el 22 de diciembre de 1900.

Además, ésta será la segunda ocasión en que la figura de Tablada se celebra en el Palacio de Bellas Artes, pues como admirador del japonismo francés Tablada presentó una exposición y un ciclo de conferencias dedicadas al pintor e ilustrador japonés Utagawa Hiroshigue el 23 de marzo de 1937.

Como agregados a esta exposición habrá un ciclo de actividades en torno a las facetas del escritor en Morelos y Sinaloa, así como presentaciones de la publicación dedicada a esta exposición en la sala Manuel Ponce el 1 de agosto y el 8 del mismo mes en El Colegio de México.

Exposición basada en evidencia

Miguel Fernández Félix, director del Palacio de Bellas Artes, reunió hace tres años a dos apasionados de la escuela que heredó José Juan Tablada: Amaury García Rodríguez y Luis Rius Caso, para conjuntar sus conocimientos y montar una visión más sobre el trabajo del escritor y coleccionista mexicano.

“Esta exposición revalora la figura de José Juan Tablada como coleccionista, conocedor del arte japonés, promotor de esta cultura en México, impulsor de la vanguardia artística mexicana y mediador entre los creadores nacionales y el arte japonés.

“Esta exposición es una muestra del derrotero que el Palacio de Bellas Artes ha venido trabajando en el tema relacionado con el arte mexicano, y específicamente con uno de los poetas, críticos y difusor del arte, coleccionista que fue José Juan Tablada, un personaje muy importante que nace en el siglo XIX”, comentó Fernández Félix en la inauguración.

Los dos investigadores que Fernández Félix reunió presentan en esta muestra una serie de evidencias documentales que constituyen el acercamiento que Tablada tuvo con la cultura japonesa, con viajes, y del imaginario que construyó de la misma a partir de sus estudios que se limitaban en esa época.

Bajo el concepto curatorial de Amaury García Rodríguez, director del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, se presentan las colecciones que Tablada reunió a lo largo de su vida y las fuentes de las que se alimentó su trabajo creativo, entre las que se encuentran los ilustradores Katsushika Hokusai, Utagawa Hiroshigue —de quien Tablada escribió un libro—, Miguel Covarrubias, Toyohara Kunichika, Watanabe Shotei y Ohara Koson, entre otros.

Cabe destacar que 80% de esta exposición es material que se muestra por primera vez al público mexicano, pues no se había abordado tan profundamente y con anterioridad la pasión del también periodista y crítico de arte por las estampas japonesas, sus propias pinturas y el gusto compartido con su esposa Nina Cabrera, con quien construyó un estudio en su casa de Coyoacán, ahora bajo resguardo y sede de la Sociedad General de Escritores de México, en donde atesoraban libros, imágenes y objetos de arte.

Amaury García refirió que 60% de las estampas que se presentan pertenece al acervo de la Biblioteca Nacional y fueron compradas, aunque se desconoce el monto que se pagó por ellas y también cuántas llegaron por una donación aparte a la institución.

Luis Rius Caso, investigador de Bellas Artes, presentó a Tablada desde su posición de difusor de talentos mexicanos de la época, en los que encontraba reflejada la estética japonesa, entre los que se encuentran Jorge Enciso, José Clemente Orozco, Alfredo Ramos Martínez y su amigo y enemigo Gerardo Murillo (Dr. Atl).

“Trabajamos muchos años por nuestra cuenta el tema de Tablada, Amaury García, curador en jefe, un japonista conocido internacionalmente y Rodolfo Mata, que es un personaje muy importante en el espectro literario. Hace tres años que nos reunió Miguel Fernández para hacer esta exposición, en donde se muestra por primera vez la colección de Tablada que tenía en su casona de Coyoacán con muchos anexos. Eso no lo había hecho nadie, porque encontrar a un japonista que pudiera trabajar el tema no era fácil”, explicó Rius Caso.

En su libro La palabra del cómplice. José Juan Tablada en la construcción del arte mexicano, Rius hace énfasis en el papel fundamental de Tablada como fundador de la vanguardia mexicana, “porque fue un cómplice al descubrir a Orozco, a Covarrubias y yo digo que también a Joaquín Clausel, pero de ahí hacía falta un director que comprendiera y conjuntara todo este conocimiento y sobre todo que se hiciera cargo de la gestión de los préstamos, porque fue difícil conseguir todo este acervo, ésta es finalmente una investigación, aunque es muy rica visualmente, pero el poder trabajar con esos documentos era muy difícil. En particular celebro que se está mostrando esta exposición para darnos una buena idea de todo lo que aportó Tablada”, destacó Rius Caso.

Y el Haiku llegó a México

Si existe el formato y una cultura del haiku para versos en español y la poesía latinoamericana es gracias a José Juan Tablada, que tuvo una relación con Japón desde la poesía que le brindó las características necesarias para hacer atinados sus escritos, pero con la una simplicidad abrumadora.

El exponente de la literatura modernista a finales del siglo XIX también estuvo fuertemente influenciado por la escuela del arte francés, de quien compartía visiones con escritores como Charles Baudelaire y Guillaume Apollinaire, y con pintores como Vincent van Gogh.

Su estilo sería conocido con poco más de 20 años, cuando sacudió a la institución religiosa con su poema “Misa Negra”, en que describe escenas de los ukiyo-e, como se le conoce a las estampas japonesas, cuyas letras describen escenas eróticas en un recinto religioso.

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