En México se le cree más a un loro parlante que a un diputado. No es de oquis: tenemos una larga historia de desencanto entre la población y sus representantes. La única razón por la que un niño quiere crecer para convertirse en diputado es porque quiere ganar mucho dinero haciendo nada y bailar con las nenas en los congresos del partido.

¿Dónde quedó la santidad del servicio civil? Quién sabe. Y a quién le importa. La Cámara de diputados es un desmadre siempre, no importa qué partido gobierne. Los dipus comen su torta de huevo (quizá sea huevo de cóndor, ya ven que ganan muy bien) y duermen la borrachera en su curul. A veces pasan iniciativas. Carmelita Salinas dice algo vaciado. Qué bonito.

Hasta el edificio de San Lázaro donde está la Cámara es feo, burocrático: el gobierno de nadie. Pero antes tenían una sede bonita: el edificio de Donceles y Allende.

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