Siempre supimos que no era un tipo inteligente ni culto. Nos los quisieron vender como gallardo y ni eso. ¿Cuántas mujeres guapas, de la farándula o del burdel, no andan con el Jorobado de Notre Dame, con cuasi retrasados mentales o viejos rancios por un poco de poder o dinero? Ésa es historia antigua y a nadie sorprende. Lo que se conocía del tipo era que es sobrino al parecer putativo de un gobernador transa que, en un momento dado, apostó por la grande y perdió.

El tío, miembro de una de las mafias más peligrosas del país, movió entonces los hilos para que su entenado, en elecciones, lo sustituyera y, una vez como gobernador, le cubriera las espaldas. Durante la campaña y ya como el mero mero de su estado prometió obras que, en caso de cumplir algunas, le habrán dado buenos dividendos económicos a él y a su círculo cercano.

Más tarde, ahogado en ambición, quiso mostrar que él, el retoño, no sólo era producto de una buena promoción televisiva, cual si se tratara de un personaje de telenovela que, en el copete de una historia rosa, se consigue a una actriz o la actriz se lo consigue a él para, juntos, valerse de la oportunidad de sustituir una presidencia espuria que estaba perdiendo la guerra contra el crimen y que tenía al país en una inseguridad que no se observaba desde la Revolución.

El aún gobernador quiso demostrar que las cosas podían cambiar, que lo que necesitaba la nación era mano dura y, en un acto brutal, mandó reprimir la marcha de un pueblo que se negaba a malbaratar sus tierras para la construcción de un aeropuerto. Las imágenes y los testimonios sobre un par de muertes, la violación a mujeres, los arrestos injustificables, las torturas y demás se supieron aquí y afuera, hubo recomendaciones de organizaciones de Derechos Humanos y, como siempre, no sucedió nada.

Dada esa muestra de poder, la plutocracia del país no sólo no levantó la voz, sino que felicitó al idiota que, como el rey desnudo del cuento infantil, empezó su campaña a la Presidencia con promesas mientras que, meses después, los hijos de una parte de esa plutocracia lo echaron de una universidad durante un frustrado acto de campaña.

Como candidato dijo muchas estupideces, sobre todo si debía improvisar, pero, al final, la compra de votos y la intimidación lo llevaron a la silla del águila que, en su profunda ignorancia, nunca supo si era la que aparecía en la novela de Héctor Aguilar Camín, en la telenovela histórica de Enrique Krauze o si de plano había salido de una parábola bíblica.

Fue ungido presidente y tuvo, incluso, su gran momento. Por un instante se creyeron la publicidad pagada como noticia fiable, lo que le valió algunos artículos a modo y la portada de algunas revistas. Pero si bien era tonto, el poder lo volvió loco, descuidado en sus transas.

En contubernio con su gabinete, con los partidos políticos de siempre, con proveedores del gobierno, empezó a desmantelar el país, a venderlo a cachos, a producir la materia prima y a comprar esa misma materia, sólo que ya refinada y cara. Y mientras hacía más promesas, la gente normal, la de a pie, se enteraba de una casa blanca, de un avión que ni Putin, de visitas a reyes y reinas llevando consigo a la parentela y cortesanos, y de una vida suntuosa que haría ruborizar a María Antonieta.

Las matanzas, secuestros, desapariciones, derechos de piso, extorsión y vastos territorios gobernados por el crimen autónomo el del gobierno es el oficial no se terminaron con el cambio de poderes. Lo que sí sucedió fue la invitación al gringo, el descrédito, la renuncia del amigo, los resultados electorales inesperados y el regreso del amigo, uno de los artífices del gran malestar que vive el país con el aumento en las gasolinas. Y lo que la gente piensa: que a los saqueadores de los días recientes los metan a la cárcel, empezando por ustedes saben quién...

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