Me subo a la ola. O sigo?el oleaje. Si con desespero la patria quiere su Macron en la Presidencia de la República, pues tanto o más urge un(a) Macron para el sector cultural. Un personaje que sacuda la vida sectorial. Que decida un generoso borrón y cuenta nueva en nuestro viejo sistema institucional. Que crea que una generación diferente debe tomar controles del destino. Un(a) Macron cultural con vistas integrales. Un ser decidido a poner en justo equilibrio los intereses sociales, empresariales, filantrópicos y de desarrollo. La gobernanza cultural demanda un liderazgo que lea la realidad, no que la oculte y la ignore.

En esa perspectiva, es poco el tiempo y aún escasos los instrumentos para conocer el sector cultural. Desde el Inegi comienzan a cobrar relevancia tras la firma del TLCAN. En el entonces Conaculta, hacia finales de los 90. Un poco más adelantados ciertos órganos empresariales: su naturaleza se los fija, como el caso del cine y el editorial. En la gestión de Sari Bermúdez se consolida el Sistema de Información Cultural (SIC, la recién promulgada ley de cultura le confiere el rigor que merece, otra cosa es que ocurra). Mientras tanto, en los estados, salvo las tareas que les impone el SIC, más algunas excepciones como el programa sectorial de Oaxaca del sexenio de Gabino Cué, la necesidad de caracterizar la economía cultural les resulta exótico.

No es sencillo hacer evidentes los usos y efectos del acervo disponible. Mucho menos saber si su elaboración y los resultados que ofrecen, van directo tanto a resolver los desafíos nacionales, como a estimular otras labores de investigación. De la batería existente destaco dos ediciones del atlas de infraestructura cultural (2004 y 2010). Cuatro encuestas de hábitos, prácticas y consumo culturales: dos del Conaculta (2004 y 2010) y dos del Inegi (2012 y 2017, ésta última ya en la modalidad permanente de Módulo). Tres de lectura (2006 y 2015 a cargo del Consejo y a partir del 2016, del Inegi con el módulo correspondiente). Tenemos la chorrera de ocho anuarios estadísticos del Imcine.

Como suerte de gran paraguas , hay Cuenta Satélite de Cultura, que mide a partir del 2008 lo que ellos definieron como sector y va actualizada al 2015. En sentido más extenso, el Sistema de Cuentas Nacionales ofrece un sinnúmero de variables dignas de un tejedor de milagros. En años recientes con instancias como el Ifetel, se accede a otros detalles. Hasta la proliferación de think tanks con despachos de esa buena o transa especie elaboran cifras o escenarios que involucran al sector cultural. Allá en la fuente, muchos chorritos.

Lo que vive el país en nuestro sector desmiente en primera instancia la eficacia del instrumental. Veamos unos botones. Desde que apareció la primera encuesta nacional en el 2004 se sabe que la asistencia a eventos culturales no crece. Es decir, accede entre 50 y 60% de la población. En 13 años, actividades como la danza y el teatro absorben con apuros en promedio entre 20 y 30% de las atenciones. El cine comercial es el rey del tablado, con dato récord en 2016 de 86.7% de las preferencias. Está de sobra documentado el dominio de las señales de televisión y de los largometrajes estadounidenses. Copan más de 80% del tiempo en pantalla. En visión integral, 39.1% del llamado público no tiene fuente de estímulo en la infancia , para la vida cultural. Así las cuentas ¿por qué no cambia esta realidad?

Los números indican que el sector cultural vive del mercado, pero ¿vemos políticas para alentar el crédito a las pequeñas empresas culturales? El aporte no lucrativo es importante, pero ¿hay una política fiscal para incrementar la filantropía y las inversiones? Ante la eventualidad de un nuevo TLCAN ¿existe una agenda para regular las importaciones audiovisuales? ¿Para evitar que el comercio en Internet sea un paraíso fiscal para los norteamericanos? En el país providencial, todo se resolverá con el(la) Macron cultural.