En 1962, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa recibió el Premio Biblioteca Breve. En ese momento –medio siglo ha pasado desde entonces- no sólo se trataba de celebrar haber obtenido uno de los más codiciados galardones de la literatura española ni la aparición de una primera novela, también de festejar el esfuerzo sobrehumano de su editor, Carlos Barral, quien, después de un año de arduas negociaciones para publicar el libro, había llegado a buen puerto.

La novela fue atacada por oscuras e iletradas fuerzas y sorteó la censura franquista después de varias reuniones con el Ministro de Información del régimen, de buscar intelectuales que hablaran bien de la obra... Y hasta de un viaje a Madrid que hizo el mismo Vargas Llosa para hablar con el jefe de la censura.

Al final -dijo Vargas Llosa recientemente en una rueda de prensa desde Nueva York- sólo tuve que quitar ocho frases, que eran absurdas y disparatadas y, aun así, Barral las restituyó en la segunda edición. Así comenzó la travesía literaria de esta obra, hoy considerada una de las mejores novelas en español del siglo XX. Por añadidura, también la primera del autor peruano. ( Casi ningún escritor comienza sabiendo qué tipo de escritor va a ser, ya que se descubre con la práctica, por eso las primeras obras son decisivas dijo Vargas Llosa con toda la boca llena de razón).

La ciudad y los perros, ambientada en el Colegio Militar Leoncio Prado, habla de un grupo de jóvenes de distintos orígenes e intenciones que se educan en una disciplina militar implacable y violenta, no sólo por los golpes e insultos de los militares, sino por el horror que cada uno descubre dentro de sí mismo. La traición, la sumisión y otras pesadillas hacen que Cava, el Esclavo, Jaguar, Piraña, Gallo, Mono, Rata, Boa, Burro y otros personajes -todos, con nombres de animales- descubran la otra cara de la vida. La más triste y también la más feroz. Todo para darse cuenta de que, al final, todos son unos perros. No sólo por el modismo peruano que llama perros a los cadetes que ingresan a los colegios militares, sino por la manera áspera y canina de narrar de Vargas Llosa. Husmean, arrugan el hocico y acaban en cuatro patas cuando son humillados o quieren desquitarse. Son animales.

Escena inolvidable, cuando los compañeros de Arana lo obligan a pelear con un compañero de clase y éste siente que su cuerpo es el de un perro rabioso:

-Cuando dos perros se encuentran en la calle ¿qué hacen?- gritó la voz.

-No sé, mi cadete.

-Pelean -dijo la voz-. Ladran y se lanzan uno encima del otro. Y se muerden .

Vargas Llosa tenía 27 años cuando, en París, terminó de escribir La ciudad y los perros. En ese entonces, se llamaba Los impostores.

En algún momento, hizo eco de los que afirmaron que la historia podría inscribirse en la tradición de los libros de adolescencia (como El retrato del artista adolescente de Joyce o Las tribulaciones del estudiante Törless de Musil) pero, al final, fue evidente que se trataba de una novela madura, mayor de edad, que apuntaba a lo real por lo imaginario y tenía múltiples prospectivas narrativas, la dosificación precisa para el suspenso y un drama de tal magnitud que solamente el verbo de Vargas Llosa podía soportar.

La visión de la justicia es absoluta; la de la tragedia ambigua. Es esta presencia de ambas exigencias uno de los hechos que dan su tono, su originalidad y su poder a la novela latinoamericana. escribió Carlos Fuentes en su libro La gran novela latinoamericana en el capítulo dedicado a Mario Vargas Llosa. Y agrega: obras como La ciudad y los perros poseen la fuerza de enfrentar la realidad latinoamericana pero ya no como un hecho regional, sino como parte de una vida que afecta a todos los hombres.

Para festejar el cincuentenario de la novela, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicó una edición conmemorativa, coordinada por la Academia Peruana de la Lengua. El libro, como es habitual en estas ediciones, va acompañado de un conjunto de estudios sobre la novela y su autor con todo lo que usted quería saber pero nunca preguntó sobre el asunto. El texto, además, fue revisado completamente por Vargas Llosa, que jura haber considerado las nuevas normas dictadas por la Real Academia Española y haber eliminado las erratas perpetuadas en otras ediciones. Pero todo fuera como eso. Por si lo anterior no fuera suficiente, piense que puede leerla o releerla, regalarle a novela tan importante un par de tardes y así, celebrar su cincuentenario.

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