Me enteré de la muerte?de Ricardo Piglia como? se entera uno de todo: alguien lo posteó en Facebook. Dicen que Facebook es lento con respecto a Twitter pero en este caso la noticia fue inmediata. Piglia había muerto.

Platicaba en ese momento con Lucía Melgar, quien simplemente no podía creerlo. Se hicieron muy amigos cuando los dos eran profesores de Literatura en Princeton.

Yo tampoco lo podía creer, a pesar de que sabía que estaba muy enfermo. Es que acababa de leer Respiración artificial y en ella está?vivo, más vivo que una ballena, una mente en pleno que cumple con la ambición de muchos autores: voltear de cabeza la literatura y hacer algo totalmente nuevo.

Nunca entrevisté a Ricardo Piglia (quien sí lo hizo fue mi compañero Alejandro Flores; busque buenísimas sus entrevistas en la página de Internet de este diario), pero sí tuve el gusto de escucharlo?hablar.

Fue en el Hay Festival, en el ¿2011?, ¿2012?, y lo habían citado para que hablara de su obra pero sobre todo para que hablara con los jóvenes. El profesor Piglia sabía hablarle a los jóvenes. Una digresión: El camino de Ida, su última novela, no es su mejor obra pero tiene fragmentos en los que, como en Respiración artificial, suda sabiduría sobre la literatura que es la vida. Qué profesor tan fascinante debió haber sido Ricardo Piglia.

Estaba, pues, en el Hay para hablarle a los jóvenes. Y contó entonces una anécdota divertida:

Piglia no fue un lector voraz en la infancia. Leía cómics, tan buenos cómics que hay en Argentina. Como suele ser, apareció una chica. La chica era una moderna, muy metida en la onda existencialista, de esas difíciles de enamorar si uno no tiene buena bibliografía.

Piglia hizo un plan para ligársela: le inventaría que era lector de un tal Camus, de quien había leído en el periódico. El plan funcionó, la muchacha se entusiasmó con el tal Piglia. De inmediato le pidió que le prestara la La peste. Dios santo. ¿Y ahora de dónde iba a sacar ese libro de título tan deprimente? Total que consiguió una copia, la maltrató un poco para que se viera leída, pero también hizo algo insólito en él: se puso a leerla. Y la leyó y leyó toda la noche. Se quedó enganchado. Jamás había pensado que leer era eso tan increíble.

Fue gracias a esa chica y a Camus que tenemos a Ricardo Piglia, el último grande de la literatura argentina.

Argentina es un país hecho de narradores. Junto con Estados?Unidos, a Argentina le debemos el prestigio literario de este continente. Está Borges, desde luego, pero también está Piglia. Borges era mala leche, un tipo difícil, Piglia en cambio era adorable, siempre dispuesto a platicar. La anécdota de Camus es sólo una muestra de lo divertido que podría ser. Sus novelas no son cómicas pero vaya que son entretenidas. Hay que seguir las aventuras de su alter ego Emilio Renzi para seguir al propio Piglia. Emilio, por cierto, es el segundo nombre de Piglia, lo que hace todavía más íntima la relación del autor con su personaje.

Sus últimos años pudieron ser tristes. Padecía una enfermedad degenerativa, esclerosis lateral amiotrófica, un mal que va minando el control muscular. Pero Piglia siguió escribiendo. Eso era la único que quería, vivir para escribir. Lo logró durante un tiempo.

Pero a los 75 años le llegó la hora. Dicen que dejó una buena cantidad de material inédito. Suelo ?desconfiar de las publicaciones póstumas; si el autor no las consideró lo bastante buenas para publicarlas en vida, entonces seguramente no valen la pena, pero este caso es diferente. A Piglia le faltó tiempo, lo que se le quedó en manuscrito bien puede ser una gran novela o una magnífica colección de cuentos.

Adiós, Ricardo Emilio Piglia Renzi. Silencio, se ha muerto un maestro de la palabra. Y luego riámonos, no creo que a Piglia le interesara tanta solemnidad.