Le dijeron de todo. Quizá por pura envidia. Para compensar sus millones de palabras, miles de artículos, cientos de temas, incontables datos, fichas bibliográficas, historias frívolas, hechos importantes y la puntual presentación de los asuntos más profundos.

Mr. Memory dicen que fue el nombre que le inventó Sergio Pitol. Memoria de elefante, el apelativo con que lo nombraban muchos antes de agregar que no había cosa que le diera más temor que perder la memoria.

El prologuista de México, en un desesperado intento de apagar la ardida burla de encontrarlo ya no sólo en todas las publicaciones periódicas, también al principio de cada libro interesante de las mesas de novedades.

El padre de la crónica mexicana, título meritorio que le ganó uno de sus últimos premios.

Pero también le colgaron adjetivos como ubicuo o frases como uno de los autores más presentes de la literatura mexicana y, sin embargo, de figura elusiva .

Jurados, amigos y críticos también lo calificaron sin pudor. Cuando le fue otorgado el Premio Feria Internacional del Libro de Literatura, el jurado se refirió a él como un renovador de las formas de la crónica periodística, el ensayo literario y el pensamiento contemporáneo de México y América Latina .

Por el contrario, Luis González de Alba, resentido y sin compasión, escribió un artículo titulado El gran murmurador donde afirma que nunca había podido terminar un texto suyo y llevaba más de 40 años intentando comprender una de sus más célebres crónicas.

Nicanor Parra juró que se merecía estar nominado a un premio que nunca se había otorgado, el Premio Nobel de la Lectura, y José Emilio Pacheco, uno de sus mejores amigos, lo describió como el único escritor que la gente reconocía en la calle.

Todos, por supuesto, se referían a Carlos Monsiváis. Pero quizá fue su amigo Adolfo Castañón quien mejor lo describió, cuando lo llamó el último escritor público de México y descubrió que nada de lo mexicano le era ajeno.

En compañía de los libros

La vocación de Monsiváis comenzó desde la infancia. Nacido en 1938 en el barrio de La Merced, Carlos Monsiváis alguna vez aceptó la autodefinición de niño solitario , aunque nunca por haberse sentido solo en el mundo: tenía sus libros y muy pronto desarrolló una verdadera pasión por la lectura.

De hecho, la única cualidad propia que reconocía públicamente fue la de lector furibundo , una actividad que lo definía y sobre la que un día escribió:

La lectura sigue siendo un acto profundamente personal. Y al estado y la sociedad les corresponde crear las condiciones para que quien lo desee tenga a su alcance las facilidades o las oportunidades para ejercer como lector, rango nada menospreciable de los placeres de la subjetividad. ¿Una conclusión? Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura .

A nosotros nos ganó su escritura. Su saga de crónicas y ensayos, que comenzó en 1954 nos dio la clave: en aquella ocasión produjo dos textos, uno sobre una manifestación en favor del Presidente de Guatemala y otra sobre una presentación del músico cubano Bola de Nieve.

Estos primeros textos advirtieron sobre el par de rutas que, con insistencia y maestría, recorrería la pluma de Carlos Monsiváis: la vocación de la sociedad para manifestarse y las figuraciones del espectáculo y la cultura. Aquellos rasgos de lector y escritor se complementaron con el hecho de su fascinación por expresiones de la imagen y el sonido: su atracción por el cine, la caricatura, la música, todas las formas del espectáculo del México viejo, moderno y contemporáneo.

Su posición política, su perspectiva crítica o su desacato al autoritarismo y al conservadurismo fueron temas difíciles de tratar para los que escogen con miedo las palabras, pero no saben callarse.

Pero si escuchara sus silencios vergonzosos, Monsiváis, que hoy es otro amor perdido, seguramente les respondería lo que dijo a la Revista de la UNAM: Si eres creativamente responsable o eres imaginativo o tienes valor civil, aún es posible vivir como te da tu gana. Y yo siempre he vivido como me ha dado la gana . Por mi madre, bohemios, como él decía.