¿Qué se necesita para ser uno de los grandes? El talento está sobrevalorado. No se puede ser genial sólo por genética. Al genio hay que picarle la cresta, hacerse grandioso a machetazos. Sangre y sudor, y humillación y penar. Ad astra per aspera, como dice la conseja de las escuelas de jesuitas.

Ésa es la cuestión principal de Whiplash: música y obsesión. Sólo ver el esfuerzo sobrehumano del pobre Andrew Neiman (Miles Teller) por mantener el ritmo con su batería en piezas complicadísimas de jazz es agotador. Pero también es hipnotizante: la cadencia cerrada de alguien dispuesto a la autodestrucción con tal de ser un grande.

Andrew tiene 19 años y quiere ser como Charlie Parker, como Buddy Rich, como Jo Jones. Un titán. Como ellos, Andrew sabe que la música es una perra que puede destruirte sólo porque la amas.

Por eso se anotó al Schaffer, la mejor escuela de música. Por eso pasa sus días pegado a su kit de tambores, tocando hasta sangrarse. Por eso tolera la cachetadas de Fletcher (el estupendo J.K. Simmons), porque no quiere ser olvidado.

Y es aquí donde podemos encontrar el enfoque más interesante de Whiplash: no el sudor y la sangre, o no sólo eso, sino la simbiosis patológica entre el maestro que exige lo imposible y el alumno que está dispuesto a dárselo.

Todo mundo ama y odia a Fletcher en el conservatorio. Su ensamble jazzístico, conformado por los estudiantes más brillantes, es de donde se nutren las bandas más codiciadas del país y, seamos ambiciosos, del mundo. Fletcher es un maniaco. No hay dos palabras más dañinas que ‘buen trabajo’ , dice memorablemente. Busca la perfección por la perfección misma; no para edificar a nadie ni para ser, qué cursilería, un educador. Si están esperando a un ogro con corazón de oro, busquen en otra parte.

(Simmons es un villano delicioso. Una fuerza irreductible. Merece llevarse el Óscar para el que está nominado).

Es un romance esa relación entre Fletcher y Andrew. Un día el maestro selecciona al muchachito como el próximo gran baterista y luego lo humilla una y otra vez frente a sus compañeros, que miran para otro lado: ellos pasaron por la misma medicina. Y Andrew se deshace frente a sus tambores, listo a ganarse la aprobación del verdugo. Por supuesto no se la gana y eso sólo alimenta ese baile infernal.

Ah, ¡y qué bella la coreografía del jazz! Damien Chazelle, el director, captura a la perfección ese espejismo de oropel en el brillo de las trompeta y los saxofones, en el movimiento acompasado y enloquecido de las baquetas, en la banda que se prepara para ser sublime.

He contado casi nada de la trama porque es una trama muy sencilla (tiene un par de sorpresas, aguárdenlas). Whiplash parece un cortometraje, narrarse en 20 minutos y todos a casa con un tambor atorado entre las orejas. No lo digo como algo malo, sino como esto: la película es tan intensa que se siente que corre millas en tan solo un ratito.

La pregunta central está ahí: ¿qué se necesita para ser grande? La respuesta de Whiplash no es cómoda ni linda, pero, que se enfríe el infierno si no, es muy probablemente la correcta.

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