Platicábamos la semana pasada de la capilla de La Conchita, postal infaltable de Coyoacán y también de la Ciudad de México. Data de las épocas de Hernán Cortés y ha pasado casi todo el último siglo en mantenimiento.

Cada 8 de diciembre hay fiesta en su pequeña plaza. En 1932 fue declarada monumento y comenzaron los trabajos para remozarla y darle nuevo esplendor al barrio. El atrio es la plaza que ahora conocemos, con sus bancas de concreto sólido y sus árboles esplendorosos.

Si la visitan, no olviden también darse la vuelta por la Casa Colorada, una construcción de paredes gruesas, imbatibles, que es quizá la casa más antigua de Coyoacán.

Tan bonita que es la capilla de mi tocaya. Uno pensaría que nada terrible ha pasado en lugar tan apacible. Pero no: lo bonito siempre tiene un lado oscuro.

En el 2013, en los trabajos de mantenimiento se encontraron 150 cadáveres, al parecer de indígenas que participaran en su construcción. Junto a los cuerpos se encontró un templo ceremonial precolombino: la vieja costumbre colonizadora de negar el pasado nativo y aplastarlo con todo el poderío de colonizador.

No volveré a ver La Conchita igual. La próxima vez que la visite rendiré homenaje a esos 150 desconocidos. Eso de las fosas comunes ya es tradición mexicana.

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