A lo mejor es una de las maneras que tenemos los otros, los que no fuimos él, de emparejarnos. Ha pasado solamente un año y los artículos, lecturas, reediciones, homenajes, conferencias, programas de radio, testimonios, inauguraciones, salones, bibliotecas, escuelas y ensayos con su nombre se han sucedido sin parar.

Ha sido muy difícil acostumbrarse a su ausencia porque era el centinela ideológico de todos a los que se les perdía la brújula, el cronista feroz que sí nos decía con verdad cómo habían sucedido las cosas y el crítico adecuado a toda forma de la estulticia, que, ya sabemos, hay que soportar todos los días y es de infinita variedad.

Y entonces, en la inútil empresa de recuperar a Monsiváis sin Monsiváis, nos ha dado por los recuentos, las memorias y la relectura.

También por hacer inventarios, porque Carlos Monsiváis escribió de todo: manifestaciones, boleros, danzones, Pedro Infante y Agustín Lara, el Tianguis Cultural del Chopo, los cuentos mexicanos, cronistas como Salvador Novo y Guillermo Prieto, celebridades con fuero, cantantes de sabiduría innata como Juan Gabriel –que, reporta Monsiváis en su crónica, opina que no le gusta estar enfermo porque cuando eso pasa se siente uno muy mal – políticos de voz sin voto, el cine, la literatura, las razones por las cuales a los mexicanos nos gustan los colores chillantes y las cartas cursis, las tortas de tamal de la colonia Portales, los universitarios, los futbolistas, fotógrafos y pintores, periodistas, moneros y, por supuesto, todo lo que ejercita la palabra y vive en la literatura.

Estuvo en todo. Incluso, siempre preocupado por el acto de leer, respondió a los cuestionamientos sobre la desaparición de los lectores y los libros ante el avance de la tecnología. Escribió al respecto: El lector se considera cada vez más representante de los lectores, debido al proceso que a todos, en algún nivel, nos vuelve emblemáticos de lo global. Falta poco para escuchar en las reuniones: ‘¡Qué global te viste!’, o ‘¡de veras, no tenía idea de que fueras tan local’. Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. Así sea a contracorriente de algunos textos, la lectura es el ingreso a la racionalidad, la fantasía, la grandeza de los idiomas, el don de extraer universos de la combinación de las palabras. Es, como mencionó Borges, quien ya lo dijo todo con tal de volvernos su sistema de ecos: ‘No vivo para leer, leo para vivir’ . Y es que a él le pasaba lo mismo.

Monsiváis fue amante de los gatos y los libros –no sabemos en qué orden-; compartía su casa regularmente con una docena de felinos –se iban algunos y llegaban otros – cada uno con un nombre mejor que el otro (Miss Oginia, Miss Antropía, Fetiche de Peluche, Catzinger, Peligro, Caso Omiso y Miau Tse-Tung). El más viejo de todos era Mito Genial y al último que llegó le puso Catástrofe.

Su biblioteca, con cerca de 24,000 libros y otras tantas revistas –y que todo mundo en este año, cuatro días y algunas horas, ha peleado como gato boca arriba- fue una colección, una vocación y una pasión de siempre.

Porque entre todas sus actividades su favorita fue leer. Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos también , declaró Monsiváis a un periódico un año antes de morir. Los libros no maúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir .

Y, como si todo fuera como eso, remató: Preferiría entonces vivir sin mí .

Sus cenizas, hoy en la Biblioteca de su Museo del estanquillo, fueron depositadas en La Gatera , una urna a modo de felino que le hizo Francisco Toledo. Reposa, pues, entre sus libros, acompañado de un espíritu de gato. Descansa en paz, seguro.