La crueldad, como cualquier otro vicio, escribió George Eliot, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad. Sin embargo, lo cruel está más allá de lo incomprensible. Se convierte en un precipicio sin fondo. Aterrador para el que lo mira y más atroz infierno para quien lo sufre. Pero lamentablemente también es un punto de interés.

Aunque Montaigne haya dicho que la crueldad es hija de la cobardía y todos, en principio, detestemos a todo lo cobarde, todo lo cruel tiene también la capacidad de desplazarse hacia la seducción. Una cualidad siniestra como la del demonio. Que contagia, pierde, fascina, puede robar el espíritu de cualquiera y transformarlo.

Es un tema que asegura el rating, vamos. Un público cautivo, grande?y multitudinario que mira cientos de?películas, series y programas, ecucha estadísticas y teorías leyendo primeras y segundas ediciones, esperando?que no se acabe el libro y deseando?con vehemencia que la saga, si se puede, llegue hasta séptimo tomo.

Y entonces ya nada emociona tanto. Hasta la lectura puede ser cruelmente adictiva y hay que cuidarse. Ya bien lo dijo Nietzsche: quien con monstruos lucha, cuide de convertirse en uno. Porque cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti .

Lo cruel es propio del hombre. Y todo hombre cruel es un hombre malo. Por eso no es bueno iniciar esta sísmica primavera hablando de la maldad común. La que duerme en nuestra cama, come en nuestra mesa y vive en nuestra calle. Porque llevamos mucho tiempo viéndola y de villanos de verdad, está repleta la Historia: en la Antigüedad, Atila, el huno, El Azote de Dios que ejerció maldad sin límites desde Mongolia hasta Roma; de la Edad Media, el caballlero y psicópata francés Gilles de Rais, que luchó con Juana de Arco y mató a más de 50 adolescentes por puro aburrimiento; luego, el famoso Adolf Hitler; Stalin, que dicen disfrutaba con el mal ajeno, Idi Amin y todos aquellos malditos de los tiempos recientes que siguen esperando el juicio de la Historia.

Y sí, la política es una forma de la maldad, dijo Mario Vargas Llosa, después de convertirse en candidato, y Tolkien, que también era escritor, pensando en la maldad dijo a contraparte: Me he dado cuenta que a menudo, los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras . Y de palabras este escritor sabía lo suyo.

Hace algunos años, para hablar de crueles y malditos, el periódico inglés Daily Telegraph hizo una encuesta entre sus lectores para conocer a los más viles y execrables villanos de la literatura. El resultado, que acabó siendo una admirable promoción para libros clásicos, fue aleccionador.

Ocupa el primer lugar el mismo Diablo del libro El paraíso perdido de John Milton, de 1667; el segundo, uno de los grandes personajes clásicos de la literatura inglesa, Yago, de la obra Otelo de Shakespeare, de 1603; el tercero es Lord Voldemort, el enemigo acérrimo de Harry Potter, de la saga de J.K. Rowling, aparecido desde el primer tomo escrito en 1997.

Les sigue Ambrosio, personaje de la emocionante novela gótica El monje, escrita por de M.G. Lewis en 1776. En el quinto puesto vuelve a aparecer un villano shakesperiano: Claudio, de Hamlet, quien tras asesinar a su hermano para quedarse con el trono y su esposa, lucha con su sobrino Hamlet.

El sexto puesto es para Kurtz de El corazón de las tinieblas, publicada en 1898, una novela emblemática de Joseph Conrad, que dio lugar a la también emblemática película de Francis Ford Coppola Apocalipsis ahora, protagonizada por Marlon Brando como el equivalente del villano literario, pero trasladando el conflicto hacia la Guerra de Vietnam.

El noveno lugar de la maldad resulta ser el doctor Hannibal Lecter de la novela Dragón rojo, de Thomas Harris, de 1981, inolvidable hasta para los que no la hemos leído por culpa de la perturbadora interpretación del sicópata caníbal, gourmet y hedonista que hizo Anthony Hopkins en la película El silencio de los inocentes; y el décimo villano, malo de toda maldad, es justamente Sauron, el más cruel personaje de El señor de los anillos, de 1954, cuya existencia es justamente culpa de la pluma y las palabras de Tolkien.

Todo fuera como eso. Nada se puede aceptar de ser malvado. Pero después, como dice Buson, más por hoy debemos entrar a la primavera. Nada más.