En la imagen, van al frente. Son pequeños soldados que se unieron a la bola revolucionaria y que, en 1914, marchan por la Avenida Juárez gritando vivas a México y mueras al invasor estadounidense.

Ah, nuestra relación con el vecino norteño nunca ha sido aburrida, lo podemos asegurar. Pero dejemos ese tema para otra ocasión (por cierto, ¿están leyendo nuestra serie de entrevistas Del otro lado del muro ? Lo digo sin modestia: está padre. Son entrevistas con gringos viviendo en México. Entre lo que he descubierto es que la palabra gringo no les molesta).

Yo quería hablar de esos niños que se fueron a la guerra antes de tener edad para ir en sexto de primaria. Me recuerdan un cuento terrible de Edmundo de Amicis en su también terrible novela Corazón, diario de un niño (¿escribió alguna otra cosa don Edmundo? Espero que no).

En aquel cuento un niño servía de centinela a un batallón; se sube a un árbol altísimo, y, de repente, empiezan a silbar balas alrededor de su cabeza hasta que una le da en el centro del pecho.

¿Qué hacen los soldados? Aprecian mucho su colaboración y le dejan flores. ¡Y dejan el cadáver ahí tirado! Sí, muy bonito el homenaje, pero morir en la guerra como carne de cañón es el destino de los niños soldado.

En África el fenómeno es todavía más terrible. Las guerrillas se roban niños, los drogan, los golpean y los convierten en zombis bélicos.

Muy bonita la foto del Gustavo Casasola con los niños. Pero me pregunto qué habrá sido de ellos.

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