Mi bisabuelo –grandioso, de grata palabra y pensamiento claro- cuando se encontraba frente a una mujer bella pero sin mayor talento histriónico, académico o moral, solía fijarse detenidamente en su encantos. A los reclamos de las féminas celosas increpándolo en que no tenía por qué admirar a una mujer que ni siquiera sabía las artes de una vicetiple, contestaba: Tienen razón: ni canta, ni baila, ni falta que le hace . Y seguía, sin peligro, en la simple contemplación de una muy inútil pero bonita tonta.

Los tiempos, por supuesto, eran diferentes. No sabemos qué comentario habría lanzado hoy mi bisabuelo ante los desfiguros de Lady Gaga o si realmente se habría impresionado con las declaraciones de Madonna respecto de su lado espiritual y filosófico, el que tiene que ver con una de las disciplinas más venerables del mundo a la que afirma estar para siempre adherida: la Cábala. ( Kabbalah prefinirían los tuiteros de Manhattan y Polanco). Es muy probable que hubiera dicho que, como Madonna sí canta y sí baila, es notable la falta que le hace ponerse a estudiar.

La Cábala no es una pulserita roja con amuleto, poco tiene que ver con el yoga, la autoayuda o la comida orgánica. Es un sistema de doctrinas teosóficas –dice la definición más simple- iniciado por los judíos para interpretar el Antiguo Testamento de forma mística y alegórica. Un método de interpretación que pretende revelar doctrinas poco evidentes acerca de Dios y del mundo. Una disciplina que no debe confundirse con la verdadera fe judía. Se trata de una serie de doctrinas que -se supone- son secretas y se apoyan en revelaciones que no forman parte del canon o el cuerpo de las sagradas escrituras.

En la realidad histórica y religiosa, la Cábala supera en antigüedad a la revelación del Monte Sinaí a Moisés; remontándose entonces casi a los tiempos prehistóricos, Moisés no hizo sino introducir a la Cábala en la historia de Israel, iniciando formalmente la tradición cabalística.

La Cábala, pues, es palabra divina y la obra humana es la reunión de números, letras y palabras que la interpretan. Tiene carácter verbal pero también valor personal. Es un regalo aceptado por el hombre. El deseo humano de ligar al mundo con Dios, hasta que su presencia aquí abajo sea real.

En la Cábala, el amor de Dios no es ni verdaderamente místico ni simplemente religioso, sino amor inteligente, la unión creadora que se pliega a la voluntad divina reafirmándose: Haz su voluntad como la tuya, y él se encargará de ejecutar tu voluntad como la suya , dice una las mejores promesas hechas en cualquier doctrina.

Milagros, trampas, maravillas, en la Cábala hay mil. Ya sea para aprender, cambiar de vida, acceder al puro solaz y esparcimiento. Actividades:

conseguir la compilación del Zohar, libro sagrado del judío español Moisés de León de 1305, por ejemplo. O averiguar, con ayuda del Talmud, algunas de las combinaciones de letras, escritas o recitadas para averiguar el nombre de Dios o, de plano –y esto va acorde a los tiempos-, leer La guía de perplejos de Maimónides, sabio sefardita español que nació un 30 de marzo de 1135 y es el más claro de los cabalistas.

La Cábala, para simplificar y entender mejor, tiene claras sus propias leyes: Dios es el Ser Supremo, sin fin. Dios se manifiesta en 10 potencias que formaron la primera creación del mundo y que a su vez produjo el segundo mundo; cada mundo generando al próximo. Los seres humanos fueron creados por una potencia. El alma de cada ser humano existió antes de su concepción y regresa a Dios por medio de la transmigración.

Los practicantes de la Cábala pueden, según sus creencias, entrar en comunicación directa con poderes invisibles y ejercitar poder sobre los demonios, la naturaleza y las enfermedades. El Dios de la Cábala se formula como un rechazo al Dios revelado por Jesucristo y, para finalizar –casi como un oscuro consuelo-, el verdadero Mesías nacerá al fin del tiempo y el mundo; todo fuera como eso, regresará a su fuente, se acabará el infierno y empezará un tiempo de gran felicidad. Nada mejor que acogerse a ello para los cabalísticos tiempos que están a punto de comenzar.