Cuarta parte

Una vez repuesto de las heridas y los sinsabores del Sitio de Cuautla, Morelos estuvo listo para continuar la lucha. Los miembros de la Suprema Junta Nacional se habían separado y había designado capitanes generales por zona: Verduzco, el poniente; Liceaga, el norte, y Rayón, el oriente. José María fue nombrado vocal, además de máximo operador del sur. Sin perder tiempo, se dedicó a reconocer los males entre la insurgencia. Propuso elegir un quinto vocal para la administración de bienes, armas y pertrechos; instauró la obediencia como máxima disciplina y, para combatir una ola de robos entre los solados, dictó un decreto donde mandaba pasar por las armas a quien robara más de un peso aunque resultara ser mi padre , indicaba.

Convencido de que la lucha no se ganaría a base de ataques súbitos y violentos sino con ejércitos organizados y bien provistos, estableció talleres de armas, fábricas de pólvora y fundiciones de plomo y cobre. Después emprendió camino. Estuvo en Tehuacán, tomó Orizaba y dislocó las comunicaciones entre México y Puebla con el puerto Veracruz. A base de quemazones, arruinó el comercio del tabaco que era monopolio de la corona española y ganó más adeptos para la causa independiente. Cuentan que en aquellos días Morelos traía dos pistolas en su chaqueta y un par más en la cabalgadura. Y que cuando estaba frente al enemigo decía que en una mano traía la oliva y en la otra la espada. Una vez advertidos los animaba a rendirse.

El estratega

Morelos tardó 15 días en llegar de Tehuacán a Oaxaca. La organización de su ejército recaía en los generales Hermenegildo Galeana, Víctor, Miguel y Nicolás Bravo, Pablo Galeana, Mariano Matamoros y sus coroneles Vicente Guerrero y José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, joven que, para la posteridad, se llamaría Guadalupe Victoria. Con una fuerza superior a los 5000 hombres, los insurgentes llegaron a la ciudad de Oaxaca el 25 de noviembre de 1812 y el feroz combate duró de las 10 de la mañana a la 1 de la tarde. El ejército realista fue derrotado sin remedio y se concretó la toma de Oaxaca, asestando un duro golpe al virreinato. A los insurgentes les reportó 700 fusiles, 74 cañones, dinero y grana en abundancia. Morelos, modesto como siempre, solamente dijo que el triunfo no se debía a él sino a la Emperadora Guadalupana, como todos los demás .

El 13 de septiembre de 1813 se instaló en Chilpancingo el primer Congreso de Anáhuac. Acudieron los insurgentes más notables: Ignacio López Rayón, Carlos María de Bustamante, Andrés Quintana Roo, José María Coss, José María Liceaga y muchos otros. Fue allí donde Morelos, además de un importante discurso de apertura, leyó uno de los documentos más importantes de la historia de México: los Sentimientos de la Nación. En él expresaba esperanzas y convicciones que después se transformarían en leyes: Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione dando al mundo las razones. Que la religión católica sea la única, sin tolerancia de otra. Que la soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias en igualdad de números. Que los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos. Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados. Que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinga a un americano de otro el vicio o la virtud. Que en la nueva legislación no se admita la tortura y a cada uno se le respete en su casa como en un recinto sagrado.

La Independencia como idea ?y como hecho

El efecto que produjo el documento de Morelos se repitió en el seno del Congreso de Chilpancingo y también en la Constitución de Apatzingán que vendría después, primera de nuestra patria independiente. Allí se había operado, de una vez y para siempre, la ruptura con el pasado y la desaparición del reino español como ente jurídico y moral de nuestra tierra. Se prefiguraba el Estado mexicano.

A partir de ese momento, sin embargo, el ejército insurgente empezó a distraerse con luchas internas y falta de recursos. Morelos sufrió una gran derrota en Valladolid, se enfrentó por primera vez con el nuevo y terrible general realista Agustín de Iturbide y probó el fracaso y la malignidad. Custodiando a los miembros del Congreso, emprendió otra vez la huida. Pero el enemigo acechaba y tenía todas las de ganar.

El día en que Morelos fue aprehendido en Texmalaca tenía el alma oprimida y el pensamiento nublado. Sufrió algo así como un presagio y no paraba de pensar en Galeana y Matamoros. En que ambos, que habían sido sus dos brazos, estaban muertos. El segundo fusilado y el primero degollado por un soldado realista que había cobrado victoria colocando su cabeza en una estaca. Marchó a la retaguardia para detener a los realistas pero fue imposible. El español Manuel de la Concha le salió al paso y lo hizo prisionero en nombre del virrey. Y el virrey, aquel 4 de noviembre de 1815, ya era Félix María Calleja. Éste,ya considerado el militar más valioso del ejército español, también enemigo acérrimo de Hidalgo, supo que con la captura de Morelos había ganado otra batalla y felizmente ordenó que lo encadenaran y llevaran a la capital para juzgarlo.

El viacrucis de un héroe

La voluntad de Calleja se cumplió y el vía crucis de Morelos fue largo. Siempre con grilletes recorrió caminos por los que nunca había pasado, estuvo preso en una fábrica en la Ciudadela que Calleja había transformado en mazmorra. Finalmente, fue llevado a los calabozos de la Inquisición. Los reportes judiciales comunicaron que a beneficio de las activas, sabias y eficaces providencias del excelentísimo señor virrey, se ha conseguido el arresto del perverso cabecilla de la desastrosa rebelión de este reino, cura que fue de Carácuaro, que alistándose bajo las banderas del hereje cura de Dolores, Miguel Hidalgo, incurrió en crimen de fautoría .

En las actas del Santo Oficio se dijo que el fin de Morelos había sido enseñar el arte de robar por principios y de establecer y dogmatizar por virtudes los crímenes más nefandos que había sido inconsecuente a sí mismo, tan pronto cristiano como hereje y de lesa majestad divina y humana. Todos estuvieron conformes para que se le haga auto público de fe en la sala de este tribunal (del Santo Oficio) donde asistirán ministros y cien personas de las principales, que señalará el señor inquisidor decano; y ahí se degradará al precitado presbítero para que asista al auto en forma de penitente, con sotana corta, sin cuello ni ceñidor y con vela verde en mano. Concluida la misa, se le condena a destierro perpetuo de ambas Américas, Cortes de Madrid y sitios reales y excomunión y prisión perpetua .

De muchas formas lo declararon hereje. Lo condenaron primero a la indignidad, luego a la prisión y después al castigo de no permitirle rezar su último adiós a la Virgen de Guadalupe. Lo llevaron a San Cristóbal Ecatepec. Era el 22 de diciembre de 1815. Sus últimas palabras: Señor, tú sabes si he obrado bien. Y si mal, me acojo a tu infinita misericordia .

Morelos no pudo atestiguar el triunfo de su causa pero nos heredó leyes formales y el ansia de respeto por la libertad. En el bicentenario de su muerte, su frases todavía resuenan: Soy siervo de la nación porque ésta asume la más grande, legítima e inviolable de las soberanías .