La primera escena sucedió hace años en una ruinosa cantina del Acapulco viejo. Carlos B y el licenciado Díaz, atraídos por la leyenda del compositor de Acá entre nos , se apersonaron en el bebedero. Luego de un par tragos, B en papel de conocedor y para adornarse con su amigo, le preguntó al mesero:

¿A qué hora llega Martín Urieta?

El mesero no supo qué contestar, pero igual se llevó una buena propina, propia de los profesionales que saben cuidar la identidad de sus clientes.

Tal situación se repitió tres o cuatro veces hasta que el mesero, agradecido con B, afirmó:

Don Martín suele llegar como a esta hora. Y si viene de vena, incluso canta una o dos canciones retirándose con la mejor propina de la noche.

Por supuesto que el autor de Urge nunca llegó.

La segunda escena sucedió, también hace años, en un restaurante al sur de la Ciudad de México. En una reunión de taurinos, al cronista Pepe Malasombra le presentaron a un hombre moreno, de cabellera y bigote negros, traje azul marino, suéter blanco con cuello de tortuga, collares y esclavas de oro macizo y que sólo bebía coñac. El hombre, al estrechar la mano, dijo:

Martín Urieta, compositor.

A lo que el periodista respondió:

Pepe Malasombra, bohemio de afición .

Más tarde, alguien de la mesa le pidió a Urieta que cantara y él se arrancó con una voz que iba y venía, cascada, rota, a cantar Mujeres divinas , esa elegía que en su parte más recia dice ... yo soy uno de los seres / que más ha soportado los fracasos / y siempre me dejaron las mujeres / llorando y con el alma hecha pedazos .

La tercera escena sucedió apenas el viernes pasado. Al leer en el periódico que Martín Urieta se presentaría en el Lunario, el autor de esta columna no dudó en levantar el teléfono y hablarle a su amigo Pancho S para preguntarle si aún quedaban boletos.

¿Quieres que te aparte uno?

Dos, por favor.

Luego invitó a Mónica, quien le respondió que ni loca lo acompañaba. Le escribió entonces a examantes, exnovias, examigas y recordó aquella sentencia que dijera Arturo de Córdoba en alguna película: No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre . Buscó a Fede F y nada; su casi compadre se inventó un compromiso, lo mismo que el licenciado Díaz.

Dolido, triste, despechado, se fue solo al concierto.

Pero en el Lunario, S lo recibió con un güisqui mientras que Patricia R, la bellísima Patti, le dijo que lo acompañaba hasta 10:30 en tanto escuchaban las dos canciones rancheras que interpretó Jorge Montalvo, y las dos horas de música romántica, de trova oaxaqueña, que los Hermanos Martell tocaron previo a la salida de la estrella nocturna.

Se fue R y llegó Martín Urieta, anunciado por su grupo como la voz de tequila y amanecer y, pronto, un señor de la llamada tercera edad, de pelo cano y sin bigote, vestido de negro con saco blanco y habla rota, se apoderó del escenario, intercalando chistes verdes con esas canciones que hicieran famosas Vicente Fernández, Antonio Aguilar, Yoshio, Los Tigres del Norte, Los Temerarios, entre otros, en un concierto divertido en el que la mexicanidad con sus pre y perjuicios en torno a la mujer, melodrama puro.

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