A los mexicanos siempre nos ha gustado la bola. Somos gregarios por cultura. Una maestra italiana siempre se maravillaba de que, cada vez que alguien estornudaba, cinco ¡salud! llenos de entusiasmo cruzaran el salón.

Nos gusta la bola, el montón, la romería, la verbena popular, como dicen las autoridades cada 15 de septiembre y cada día de san Juditas.

En la foto que acompaña este texto se ve a un montonal de gente en el zócalo. Tal parece que ese es el fin de nuestra plaza mayor: reunir a cuanto mexicano se pueda y uno que otro turista.

La razón de la fiesta en la foto es el paseo del carruaje de Benito Juárez a 100 años de su entrada triunfal (¿registra otro tipo de entrada nuestra historia?) a la ciudad después de vencer al imperio de Maximiliano. La foto es de 1967, no hace tanto tiempo.

Pero, más allá del Benemérito y del humillado Habsburgo, lo que resaltó es nuestro amor por la fiesta. Mientras escribo este texto me preparo para cubrir la entrega del Óscar. Tenemos un nominado mexicano, el fotógrafo Rodrigo Prieto, por esa joya despreciada que es Silencio.

Si Rodrigo gana, y para cuando usted lea esto ya lo sabremos, no faltará el tuitero comediante que escriba un vámonos-al-?Ángel. ¿Sabe qué? Yo que usted sí me iba al Ángel. Razones para la chunga nunca sobran.

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