Redactando críticas literarias, el escritor catalán Javier Avilés ha alcanzado reconocimiento con su blog titulado El lamento de Portnoy. Perteneciente a una generación elusiva que creció bajo el fin del franquismo y sin pertenecer a la nueva ola de la narrativa pop española, Avilés logra con su más reciente novela, Constatación brutal del presente (Libros del silencio, 2011), ofrecer un golpe por demás certero en el corazón de la escritura de vanguardia al tocar un extremo explorado con poco rigor y profundidad: la puesta en duda de la narración misma y el desajuste alevoso de todos los planos narrativos para ofrecer una experiencia de suspenso inacabable que va muy bien con nuestros tiempos trabados.

El Apocalipsis ha ocurrido y esto dentro de poco tiempo podrá convertirse en un lugar común, sin embargo, el registro escritural, la apuesta literaria de Avilés, otorga ya de por sí un espacio ubicuo y no obstante, elusivo al fin de los tiempos. El final ya no es el límite sino la interrupción, el portal que nos introduce a una dimensión en donde los tiempos y las mentalidades convergen pero no bajo una existencia feliz, sino bajo el signo de lo perecedero que, a pesar de todo, no termina de podrirse y ya no puede recuperar la vitalidad de los tiempos mejores. La narración es oblicua y se produce desde el amontonamiento discursivo, que ha inspirado un paisaje en ruinas, el único posible.

El personaje, el narrador o el lector recuerda o narra que va caminando bajo el sol con mis bolsas de plástico, siguiendo al gigantesco koala que arrastra el cadáver demediado de una mujer agarrándolo por los cabellos y siguiendo al hombre de traje marrón que camina doblado bajo el peso del miedo… a través de unos prismáticos ve el mundo en ruinas , escribe Avilés en uno y varios puntos de esta breve obra maestra.

¿Obra maestra? Sí. Porque la escritura de Avilés reconforta a aquel que se ha dado cuenta de que el fin nos alcanzó, aquel que necesita constatar que sus presupuestos catastróficos son verdaderos; en ese sentido, el trabajo de Avilés desemboca en un fin encomiable: transmitirnos desde el infierno las huellas del presente para ver si podemos rastrearlas. Con su experimentación delirante, casi casi dirigida por el capricho del inconsciente o del sueño, Avilés abre nuevos caminos para la escritura: o éste es ahora un territorio de exploración insaciable o lo literario ha dejado de tener importancia relevante en la constitución simbólica de lo humano.

No hay algo más elusivo y endeble que la realidad, según este relato transversal por el que personajes, instantes, sectores, lugares, nombres aparecen como tímidas invocaciones. En el libro se menciona que la realidad es la constatación brutal del presente. La realidad, sin embargo, jamás es una, sino que se compone de muchas partes siempre variables y nunca jamás estables. La realidad en bruto es lo más volátil del mundo pero, no obstante, es lo único advertible.

Si no estuviera allí , dice el narrador cuando no está o cuando supo que estuvo pero ya no, porque una vez que llegamos al final quizás el tiempo se suspende, el impasse se prolonga y la vida se revela como un laberinto en capas invisibles, caprichosas, insondables. La vida entonces adquiere un sentido:

El instante y sus propios ecos internos son lo único que importa. La realidad es un capricho al que nos asimos por instinto. Y la narración es lo único que merece la pena reproducir y borrar si es que la literatura tiene aún algo de reconfortante.

Constatación brutal del presente

Autor: Javier Avilés

Editorial: Libros del?silencio

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