Entre las salas 6, en la planta alta del Museo Tamayo Arte Contemporáneo, y las 3 y 4, de la planta baja, se extiende por lo alto la figura de un Buda policromado de cinco metros, tallado en madera en una sola pieza. Posa de pie sobre un pedestal, imponente por demás. Pesa alrededor de cinco toneladas.

Su proceso de gestación está fechado entre el 2000 y el 2002. Instalarlo en el recinto tomó al menos una jornada completa de trabajo. Su nombre es La forma es vacío y el vacío solo forma y es una audacia del escultor, pintor y dibujante poblano Germán Venegas, de quien en el Tamayo se realiza la más exhaustiva retrospectiva de su trayectoria: Todo lo otro. Germán Venegas, con cerca de 350 piezas seleccionadas por él mismo de toda su carpeta de creación.

Es una exposición sobre bifurcaciones, bilocaciones, ambivalencias; sobre las bien marcadas obsesiones del artista. El Buda monumental que habita la exposición es una interconexión entre la parte alta del museo, donde se instaló el universo mitológico de Venegas, hasta donde logra asomarse la cabeza de la figura, y entre la obra terrenal o mundana del creador egresado de La Esmeralda en 1982, que habita en las salas a los pies de la escultura. Esa es la primera bidimensionalidad entretejida de la muestra.

Lo mitológico

La sala 6 es una hibridación del pensamiento espiritual de Germán Venegas, que ha sido fuertemente influenciado por el budismo y la cosmogonía mexica, y componen el eje narrativo ambivalente de la exposición, colmado de pinturas, ensayos y variaciones de la misma obra que hacen de Germán Venegas un artista que, más que piezas, trabaja series.

Enriquecida con todo tipo de materiales y técnicas artísticas, esta parte de la muestra exhibe trabajos al óleo sobre tela, al temple sobre madera, de talla de madera estucada o de tinta sobre papel.

Hay dípticos y polípticos que son parte de la serie de óxidos y que plasman escenas que parecen extraídas de los sueños, con elementos sincréticos.

Gran parte de la muestra es una apología del Tlalocan, el paraíso regido por el dios Tláloc, con espacios rebosantes de esculturas antropomorfas, zoomorfas o híbridas de madera policromada, inspiradas en la mitología mexica: tlaloques, serpientes, pirámides, personajes descarnados hipervinculados con las tradiciones del México ancestral.

Destacan piezas en tinta sobre papel, con una ejecución técnica inspirada en la milenaria disciplina japonesa del sumi-e, inventada en China en el siglo X pero capitalizada en Japón en el siglo XIV por los monjes budistas, como la pieza número 74 de la serie Coatlicue, una reinterpretación de la diosa de la fertilidad con figura humana robusta y decapitada, de senos fecundos, rodeada por serpientes perceptiblemente inquietas.

Frente a esta pieza, la escultura ingrávida de madera estucada Danza de Coatlicue (2013), una conjugación de al menos tres serpientes inmortalizadas en su descenso desde lo alto mientras se entrecruzan, tanto que parecieran compartir el mismo cuerpo en algunos momentos, y que al final, sus colas se transforman en pies humanos.

Se presenta la serie Ehécatl, una interpretación única, delirante, juguetona y hasta perturbadora del dios mexica representado con su típica máscara bucal en forma de pico, trabajada también, como si se intentara una hibridación de pensamientos mexica y oriental, con la técnica sumi-e, sobre papel arroz adherido a la pared por simples clavillos, sin marco ni otros rastros de ornamentación, lo cual es una característica de la propuesta de Venegas: el arte prácticamente en crudo.

También hay obras de la serie Rostros, trabajos de igual manera delirantes, automáticos, casi abstractos que rayan en lo totémico. Hay tintas y acrílicos sobre papel con representaciones piramidales, algunas de las cuales comienzan a sufrir transformaciones orgánicas, de deidades y personajes mitológicos, por decisión de Venegas, lo mismo que la veintena de esculturas de madera estucada que son parte de la idealización en miniatura del Tlalocan en el Tamayo: pirámides que parecen transformarse en personajes... y personajes que sufren transformaciones piramidales, acompañados por serpientes, cocodrilos, reptiles-humanos y hasta un murciélago.

Lo terrenal

A los pies del Buda se construye otro relato. La muestra abandona lo espiritual y se convierte en la búsqueda, en la honestidad del artista con sus obsesiones, sus compulsiones.

Una de las obsesiones más marcadas de Venegas ha sido el trabajo de largo aliento en serie: El violín y la flauta (2004-08), que se expone en el Tamayo con la selección de una veintena de óleos (de los muchos más que ha ejecutado) a manera de reapropiación de la obra al óleo de Tiziano, El desollamiento de Marsias, pintado entre los años 1570 a 1576, en los últimos años de la vida del renacentista, casi totalmente ciego, para representar el drama del sátiro que se atrevió a desafiar al dios Apolo a un concurso musical del que, según la mitología, perdió arbitrariamente y como castigo fue desollado vivo.

Se trata de una selección de obras de gran formato cuyo recorrido inicia por las obras más fieles a la representación de Tiziano, con el sátiro colgando de cabeza mientras lo descarnan, pero que gradualmente van sufriendo variaciones en los detalles, en la técnica, en los personajes, en la paleta, en las formas, en los rostros, hasta que finalmente se transforman en hibridaciones que culminan en lo abstracto pero en los que, antes de eso, a mitad del proceso, es posible percibir algunas referencias de la mitología mexica: los descarnados, los esqueletos, las deidades, los símbolos.

Después, en el muro que mira de frente al Buda monumental que conecta todas las salas dispuestas para la exposición, Venegas clavó decenas de obras a tinta sobre papel de las series Bodhidharma (1999-2016) y Viejos (2018), representaciones de monjes budistas, vagantes y meditabundos, que simulan escalar el muro que conecta lo mitológico con lo terrenal y con ello, proponer la trascendencia espiritual a través del budismo Zen, que tanto ha marcado la obra del artista.

La muestra es complementada con las series de Monos (1999-2017), que hace una analogía de la incapacidad humana para encontrar la serenidad tanto física como mental; Tlatoanis (2018), que hace crítica del ego exacerbado; Desnudos eróticos (2005), que, de nueva cuenta, a través de la obsesión por apropiar y resignificar, evoca el trabajo de Velázquez en el óleo La Venus del espejo (1647). Y, por último, la serie Autorretratos (2006), un ejercicio de 16 tintas sobre papel en el que el artista se pinta mayoritariamente en superposiciones con esqueletos y homínidos como un ejercicio expreso de desprendimiento del ego.

Todo lo otro. Germán Venegas permanecerá en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, Av. Paseo de la Reforma 51, Bosque de Chapultepec, hasta el próximo 31 de marzo. El museo permanecerá cerrado únicamente el 1 de enero.

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