Rafael Cabrera (Ciudad de México, 1983) comienza Debo olvidar que existí (Debate), su extenso libro-reportaje sobre la escritora Elena Garro con una advertencia: el texto no busca juzgar, para bien o para mal, a Garro, sino sólo contar la historia de ese personaje tan esquivo de huidas reales e imaginarias , tan maldecido por el gremio intelectual. Tan, pues, complejo.

El libro se centra en la infame conferencia de prensa del 6 de octubre de 1968. ¿Qué pasó ese día? Garro convocó a los medios en la pensión en la que se estaba escondiendo para desmentir que ella y el político Carlos Madrazo (su aliado cercano) hubieran estado detrás del Movimiento Estudiantil de ese año. La piedra la tiró Sócrates Amado Campos Lemus, el llamado traidor del Movimiento, el líder más radical entre los estudiantes alzados.

Eso propició que Garro huyera de su casa de Las Lomas y se refugiara en una pensión en la calle de Lisboa, en la Ciudad de México.

En aquel encuentro con la prensa, Garro hizo algo que manchó su nombre para siempre: acusó a sus colegas intelectuales, sin dar nombres, de azuzar a los muchachos en una cruzada suicida. Al día siguientes estaba en todos los diarios: Garro acusa a intelectuales como el escritor Carlos Monsiváis (quien la llamó la cantante del año ), el filósofo Luis Villoro o el pintor José Luis Cuevas de estar detrás del 2 de octubre.

Ese hecho, que marcó a la escritora, es el eje rector de Debo olvidar que existí. La investigación de Cabrera es tan minuciosa que, por decir algo, señala que el día de la conferencia de prensa Garro y su hija Helena Paz (hija de Octavio Paz) se pintaron el pelo de negro algo que Cabrera califica de idea estúpida con Miss Clairol porque querían huir disfrazadas de indias, ellas, dos mujeres rubias, blancas, espigadas.

Mítica, maldita, innegable

A pesar de que el texto no olvida su tema principal, no desdeña tampoco la vida completa de la escritora que el crítico Emmanuel Carballo llamó la escritora maldita y mítica . Desde su infancia en Iguala, Guerrero, inspiración para su novela Los recuerdos del porvenir, hasta su peregrinaje en un exilio autoimpuesto.

Cuenta su matrimonio con Octavio Paz, cómo lo siguió por el mundo en la carrera diplomática de él, su relación en París con Adolfo Bioy Casares, relación amorosa de la que quedaron las cartas que ambos intercambiaron y están hoy en día en el archivo personal de Garro donado a la Universidad de Princeton.

El libro fluye con la gracia de una novela de espías, lo que es adecuado, pues a Garro la acusaron (acusan todavía) de haber sido espía de la CIA. El reportaje rescata también la figura de Helena Paz Garro, hija de ese naufragio polisilábico que fue el matrimonio entre Garro y Paz. Helena, aliada incansable de su madre, tenía una relación de amor y odio con ella. Con Paz la cosa era todavía más tirante, como se refleja en la carta abierta que le escribiera y saliera publicada en El Universal.

Elena Garro es un personaje troquelado, cortante y cambiante como un caleidoscopio. Quien la lee no sale indemne ni de sus novelas, sus cuentos y su teatro. Bien afirma Cabrera que Garro es una autora indispensable de nuestra lengua, precursora del realismo mágico, simplemente magnífica.

El de Elena Garro es un caso abierto. Debo olvidar que existí no lo cierra, sólo agrega una versión más a la vida de la mítica, la maldita, la ineludible. Innegable.

[email protected]