La frase con la que comienza está columna es comúnmente atribuida a Frank Lloyd Wright, al que muchos consideran el gran arquitecto de era moderna.

Otra famosa frase de Wright: Ni la función sigue a la forma ni la forma a la función, ambas son una .

Lo anterior para hablar de la controvertida remodelación, o intervención para usar el discurso institucional, del Museo Universitario del Chopo. El museo reabre esta semana después estar cerrado por más de cuatro años.

Abierto o cerrado, El Chopo es una verdadera rareza arquitectónica enclavada en una colonia que ha visto mejores épocas, la Santa María la Ribera, pero que es uno de los oasis visuales de la Ciudad de México (ahí mismo está el Kiosco Morisco, por ejemplo).

Icomos, organismo internacional de restauración arquitectónica y protección al patrimonio histórico que asesora a la UNESCO, se opuso desde el principio a la obra porque alteraba la estructura original del edificio y su función original del Chopo. La pregunta es: ¿Cuál era esa función?

La gracia de El Chopo es que es un museo, por así decirlo, rebelde. No parece museo pero, ¿qué otra función se le puede dar? La historia le ha dado la identidad que su origen le negó.

El edificio lo trajeron pieza por pieza desde Alemania en 1903 para exponer los más grandes adelantos tecnológicos de la época. O esa era la intención: no se usó hasta 1910 cuando albergó el Pabellón Japonés de la Exposición Universal de México, organizada para celebrar el centenario de la patria.

Después se convirtió en el Museo de Historia Natural y exhibió cientos de fósiles y el famoso dinosaurio que tantas infancias de la década de los 40 y 50 marcó. En 1964 volvió a quedar vacío porque sus ventanales y su propensión a acumular humedad ponían en riesgo la supervivencia de los fósiles.

Entonces en 1973 la UNAM lo rescata y lo convierte en museo de arte contemporáneo. Durante 40 años fue el centro de una floreciente cultura rockera, bohemia y contra-status quo, donde lo mismo había un concierto de Botellita de Jérez o era sede del Ciclo de Cine Gay en su Cinematógrafo. Entonces nació el famoso mercado que lleva su nombre que hoy sigue siendo punto de encuentro de punks, skatos, raperos y emos.

El Chopo se llenó de vida... y también de goteras, humedad, fallas eléctricas. Se volvió un lugar vetusto, donde la exposiciones se recorrían en penumbras y las obras estaban rodeadas de cubetas y mechudos.

El Chopo fue inadecuado desde el principio para su función pero nadie se atrevía a remodelarlo. Demasiada historia, demasiado cariño, demasiado miedo al cambio. Hasta que el arquitecto Enrique Norten vino con un proyecto a la UNAM para darle nueva vida. Las autoridades lo aceptaron, arriesgándose a la censura del mundo cultural.

Evidentemente El Chopo necesitaba un trabajo radical para volver a funcionar. Del viejo Chopo sólo quedó la estructura externa, su fachada y sus torres. El interior es muy distinto. Norten lo transformó en lo que se ve como una galería moderna, bien iluminada y amplia. Si ya todos estamos de acuerdo en que El Chopo sea un museo de arte contemporáneo, mejor que se vea como uno, ¿no?

Su reinauguración oficial es hoy en la noche. Vamos a ver que pasa con la controversia (Icomos no se ha desdicho de su dictamen, ellos siguen considerando el trabajo de Norten como destrucción del patrimonio histórico). Pero la opinión de esta columnistas es que qué bueno que El Chopo regresa vivo, al fin. Quizá más vivo de lo que nunca ha estado.