Fueron SÓLO 14 años de producción artística. Suficientes para consolidar el nombre de Saturnino Herrán en la pléyade del naciente modernismo mexicano. Era un joven prodigio. Fraguó su propia iconografía y se convirtió en un modelo a seguir para los estudiantes de la academia. Además de sus emblemáticos óleos, experimentó y destacó en materiales tan diversos como la acuarela, el carboncillo, los lápices de color, la tinta o la sepia sobre papel.

A partir de 1915 los malestares gástricos no hicieron más que agravarse. En ese periodo de tiempo Herrán tuvo una complicación de úlcera y fue sometido a una intervención quirúrgica de esófago. Una hipótesis sugiere que su cuerpo desarrolló un cáncer a partir de esa operación. Finalmente no fue capaz de soportar una segunda cirugía y pereció el 8 de octubre de 1918, a la edad de 31 años, en un sanatorio de Santa María la Ribera.

Por ello, en el marco de su centésimo aniversario luctuoso, la exposición Saturnino Herrán y otros modernistas, que este sábado abre al público en el Museo Nacional de Arte (Munal), donde permanecerá hasta el próximo 14 de febrero, rinde homenaje a uno de los artistas selectos cuya obra ha sido declarada monumento artístico de México.

Son en total 86 piezas, de las cuales 49 están firmadas por Herrán. El resto pertenece a una quincena de artistas predecesores, coetáneos y posteriores; sus obras son imprescindibles para contextualizar la época, los temas y las técnicas vigentes. Algunos de ellos son Alberto Garduño, Ángel Zárraga, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, quienes fueron sus compañeros en la Academia de San Carlos. También hay piezas de Francisco Goitia y del catalán Antonio Fabrés, quienes fueron sus mentores.

El joven prodigio

A los 16 años y ante la muerte de su padre José Herrán y Bolado, un destacado político, empresario e inventor en su natal Aguascalientes, Herrán y su madre viajaron a la Ciudad de México para tratar de rescatar varias de las patentes registradas por su predecesor. Ante la imposibilidad de recuperar los inventos de José Herrán, decidieron quedarse en la ciudad.

A esa edad Saturnino se postuló para ingresar a la Academia de San Carlos. Antonio Fabrés personalmente lo puso a prueba y Herrán le entregó un estudio dibujado al carboncillo sobre papel a partir de un yeso, titulado Adonis y fechado en 1903, con el cual demostró ser tan avezado que fue inscrito no en los estudios preparatorios sino en los superiores. Sus compañeros, tres años mayores que él, respondían a nombres como Diego Rivera, Ángel Zárraga y Roberto Montenegro.

Ese Adonis es la obra que más destaca del primero de los cinco apartados que integran la muestra. El dibujo, a pesar de la juventud de su autor, habla de un artista prácticamente depurado, con un dominio notable de los claroscuros y de la anatomía humana; también revela a un joven todavía en proceso de experimentación con las proporciones.

Le tomó solamente cinco años consolidar su obra. Con el óleo sobre tela titulado Labor (1908), también expuesto, resultó ganador del concurso de alumnos de San Carlos organizado por Germán Gedovius. Es una obra alegórica del positivismo porfirista con una representación de la vida cotidiana de la Ciudad de México; un ejercicio de contrastes lumínicos que resulta imposible de comparar con la maestría de Joaquín Sorolla, a quien Herrán conoció a través de las revistas de arte y decoración importadas de Europa de las que era asiduo. La pieza destacó tanto que fue comprada por San Carlos para utilizarla como un ejemplo del crecimiento aventajado de algunos de sus artistas.

Entonces el sentido acuoso de los trazos de Herrán ya estaba plenamente desarrollado. El óleo El molino de vidrio, de 1909, es prueba de ello. La pieza tiene su característica paleta azul y verde, con atípicas pinceladas extendidas pero precisas; un juego de colores que resta uniformidad y suma carácter a las superficies lisas; una pintura tan delgada que la rugosidad del lienzo es absolutamente perceptible.

Los marginados

Fue principios de la segunda década del siglo XX que Saturnino Herrán dimitió del positivismo y decidió darle a los indígenas y los desvalidos, los marginados del progreso, el protagonismo de su trabajo en una época en la que proliferaba el temor a las clases bajas, puesto que muchas de ellas se levantaban en armas en todo el país. Así nació La ofrenda (1913), la cual se convirtió en su nueva obra célebre.

Ese óleo sobre tela de gran formato retrata a un grupo de indígenas abstraídos, tal vez melancólicos, que transportan varios ramilletes de flor de cempasúchil a bordo de una barca sobre el lago de Xochimilco y, de fondo, el Huizachtepetl, mejor conocido como el Cerro de la Estrella.

Las flores de muertos están casi difuminadas, con trazos largos y amplios, simples pases y torsiones de pincel que dicen sobre la absoluta claridad mental de un artista que no se ha preocupado por detallar o siquiera delinear las flores, sino que ha creado un elemento único, una mancha floral y plenamente funcional como el símbolo central de la obra. También sorprenden las ondas en el agua que evocan al impresionismo y que suman al entendimiento sobre el grado de abstracción que le permitió a Herrán hacer representar con pulcritud y, al mismo tiempo, renunciar al detallismo.

De la obra Pordiosero, de 1914, sorprende la mirada del personaje que, aunque prácticamente gris, brilla como el mármol. Ésta contrasta con la densa acuarela El último canto, del mismo año, en la que es posible hurgar en la mirada de un mendigo de avanzada edad y rostro atormentado con la mirada totalmente ausente.

Nuestros dioses

La exposición también tiene cabida para los retratos que Herrán hizo con varias técnicas, todas, con una minuciosidad exquisita en las que el artista era capaz de perpetuar el brillo de la piel, la transparencia del iris y hasta el brillo de los labios si estaban húmedos.

En la obras de Saturnino Herrán prácticamente no hay figuras delineadas sino formas que parece fundirse entre sí; de ahí las atmósferas casi espirituales de sus cuadros.

Ahí está el ejemplo de la serie de ensayos titulada Nuestros dioses, que se exponen en la parte final de la exposición y que le fueron encargados para decorar los muro del interior del Palacio de Bellas Artes. De ellos destaca la figura de la Coatlicue, la cual tiene incrustado en el centro la piedra la representación del Cristo de la sangre, del español Ignacio Zuloaga.

Sin embargo, el proyecto de decoración encargado a Saturnino Herrán no pudo concretarse a causa de su muerte prematura, dejando sobre la paleta del artista la promesa frustrada de un artista de prestigio mundial.

Éstas son sólo algunas de las obras de Saturnino Herrán y otros artistas que podrán ser visitadas a partir de este sábado y hasta el próximo 14 de febrero en el Munal. La exposición se complementará con un programa de conferencias y talleres relacionados con el trabajo del pintor nacido en Aguascalientes.

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