Mark Twain escribió: El ser humano es como la Luna: tiene una cara oscura . Tal sentencia, por asociación de ideas, es perfecta para escribir sobre Juan Rulfo, quien mañana, en nombre de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, cumpliría 100 años de nacido.

Y lo es porque, incluso tras la muerte en 1986 del más reconocido autor jalisciense, su familia ha hecho una fundación para salvaguardar, con un celo excesivo, la parte luminosa de un narrador que se adentró a los abismos más lóbregos de lo mexicano. Pero Rulfo no necesita que se cuide su legado, pues se trata de una obra que trasciende las posibles maledicencias.

El portal de la Academia Mexicana de la Lengua, de la que Rulfo fue miembro de número, señala: Nacido en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917, Rulfo es autor de una obra muy breve: un libro de cuentos, El llano en llamas (1953); una novela, Pedro Páramo (1955), ambos publicados por el Fondo de Cultura Económica, con numerosas reediciones en ésta y otras editoriales de México y del extranjero .

Se agrega que también escribió un guión de cine, que es más bien una novela, El gallo de oro, escrito hacia 1960, editado en 1980, junto con otro guión, La fórmula secreta . Se sabe que en su juventud publicó fragmentos ( Un pedazo de noche ) de otra novela (Los hijos del desaliento) que fue destruida y que, además, era un fotógrafo extraordinario, tanto que sus imágenes no demeritan su narrativa de un México rural, salvaje, de personajes al borde del abismo, con más carencias que virtudes, en donde la vida y la muerte conviven de manera cotidiana, taimada, universo fantástico en lo que todo, desde la estética y la concepción del bien y del mal, es un paisaje lleno de asombros, luz propia y oscuridad lunar. Así, en una ocasión en la que le preguntaron por qué su producción literaria se limitaba a dos libros al guión cinematográfico no se le solía considerar literatura , la respuesta de Rulfo fue que había muerto su tío Celerino, quien le contaba las historias. Pero esos dos trabajos bastaron para convertirlo en un escritor universal.

Además, luego de publicar Pedro Páramo surgieron todo tipo de leyendas para desacreditar a Rulfo, quien, dado su carácter, contribuyó a que su entorno se volviera fantasmal, un sitio en el que anidaban las más descabelladas ficciones, lo que sin duda contribuye a que se su fama siga creciendo incluso entre grupos de no lectores. Y en tal ambiente enrarecido surgían anécdotas ciertas, como cuando en 1965 dio una conferencia-charla en el Palacio de Bellas Artes.

En el primer tomo de Los narradores ante el público, el compilador Antonio Acevedo Escobedo comenta en la entrada referente al autor jalisciense: Algo del aura de misterio que rodea a la personalidad de Juan Rulfo trascendió en el caso de su participación en este ciclo de conferencias. Se grabó en cinta magnetofónica el dialogo que mantuvo con su paisano Juan José Arreola, pero al intentarse la transcripción del mismo, los parlamentos correspondientes a Rulfo se revolvieron en un rumor confuso del que sólo sobresalían, aquí y allá, algunas palabras sueltas , y lo que se pudo recopilar en dicho libro fue lo que reprodujo el semanario Lunes de Excélsior.

Si bien Octavio Paz fue, con El laberinto de la soledad, el gran pensador de la idiosincrasia del mexicano, a Juan Rulfo se le puede considerar el gran relator del México que antecede a las grandes urbes, del espíritu o sentimiento mágico que ahonda a hombres y mujeres, pueblos y paisajes, de este país.

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