Las famosas cajitas de Olinalá le han dado la vuelta al mundo; son tan conocidas como las muñecas rusas, y el aroma del aceite esencial del árbol de lináloe, endémico de la región, las convierten en un objeto precioso e inolvidable.

Sin embargo, esta artesanía, producto de manos indígenas desde siglos pasados, no siempre tuvo la relevancia y retribución de la que hoy goza después de la ampliación de su Denominación de Origen a otros productos, apenas en 2018, y con la formulación de la Norma Oficial Mexicana, ya próxima, que permitirá regular la denominación, salvaguardar la técnica tradicional, garantizando así la mayor calidad para realizar sus primeros envíos al extranjero.

Bernardo Rosendo Ponce, presidente del Consejo Regulador de las Lacas de Olinalá, habla con El Economista, en el marco del Seminario Internacional de Denominaciones de Origen y Sustentabilidad, convocado por el Consejo Regulador del Tequila en días pasados, en Guadalajara, en ocasión de su 25º aniversario.

“El aroma del lináloe y el tlalpilole dejaron de ser el olor de los jodidos, y ahora se busca convertir las artesanías en arte objeto con calidad de exportación”, dice Rosendo Ponce.

Explica que la Denominación de Origen por sí sola no trajo mayores beneficios a las comunidades; “los artesanos siguen siendo muy pobres”; con la NOM, lo que se busca es ampliar la denominación a otros productos, como “muebles para hoteles de gran turismo”, y que la artesanía se convierta en “arte objeto”, incluso con algunos diseños y aplicaciones con hoja de oro.

Bernardo Rosendo Ponce cursó Relaciones Internaciones en la UNAM y Artes Plásticas en la academia La Esmeralda, y además de presidir el consejo regulador, se dedica a investigar el arte del maque y la iconografía que cada día se incorpora y enriquece el arte de Olinalá.

Dirige también la Unidad Olinalá del Instituto de Capacitación para el Trabajo (ICAT) que —a diferencia de la mayoría de los planteles orientados a satisfacer la demanda laboral en áreas industriales— está dedicada al rescate y capacitación en el arte del maque y a formar jóvenes que preservarán la tradición.

Foto EE: J. Francisco de Anda 

No más un olor de jodidos

“El olor del lináloe y el maque ha dejado de asociarse al jodido. Antes era sinónimo de pobreza, de marginación, los abuelos decían que ese era el olor de los jodidos, de los que vivían olvidados en los cerros; y por fortuna eso está cambiando y está transformando la vida de cientos de jóvenes que antes tenían que irse a las ciudades o a Estados Unidos, porque iban huyendo de ese olor y de esa maldición de ser jodidos, y no querían saber nada de las cajitas de Olinalá, con lo cual la tradición comenzó a ponerse en peligro”, relata el artista.

“Ahora los muchachos tienen alternativa y cuando van al extranjero o a las ferias a mostrar su trabajo entienden el potencial y la importancia del oficio.

El libro Esperanza en la Montaña, que narra la historia de esta tradición, destaca algunos testimonios del estudiantes del ICAT Guerrero:

“Si este proyecto no existiera, yo estaría en el campo trabajando con los animales, dice Blanca Isela Franco; de 15 años de edad; “En este proyecto encontré la fortaleza que necesitaba para llegar a ser un gran artesano”, expresa Edgar Franco, de 13 años.

Orígenes olmecas

Las evidencias sobre las técnicas de pigmentación y la iconografía que se usa en el arte olinalteco se remonta a más de mil años. Revela Rosendo que se han  localizado en tumbas olmecas,  rastros de pigmentos, óxidos y esgrafiados en cerámica que podrían ser el antecedente de estas técnicas.

Respecto de las figuras esgrafiadas que decoran cajitas, fruteros, platos, alhajeros, bules, y otros objetos, dice que se trata de elementos muy simbólicos incluso de carácter de ritual, como el conejo coludo (que no existe) que representa a los 400 dioses menores de la embriaguez, desde un punto de vista ceremonial, como un vínculo de comunicación entre los hombres y los dioses. Las rueditas, grecas y palitos que se inscribían en cajas, charolas, jícaras, bules, representan los ojos de Tláloc, y son como una especie de plegaria, una petición de agua o lluvia. Destacan también representaciones de la flora y la fauna local, como el tecolotito de collar, del Alto Balsas, que es endémico de la zona.

El artista plástico señala que también hay unas grecas propias del estilo europeo, unas flores de origen ruso, por ejemplo, e incluso diseños asiáticos de aves y flores. “Algo de eso llegó a Olinalá en el siglo XIX, porque era muy común ver cajitas de Olinalá con paisajes nevados, que obviamente no son característicos de nuestro paisaje. La plástica de Olinalá se nutre de una tradición artística y paisajística muy variada, muy sincrética y muy creativa, dice.

Foto: Cortesía

De Olinalá para el mundo

Tener la Norma Oficial Mexicana (NOM) será fundamental para la supervivencia de esta tradición, dice Bernardo Rosendo Ponce, porque al no tenerla, no había regulación ni control y muchas fórmulas y técnicas ancestrales se sustituyeron y han degenerado con el tiempo, eso generó una baja en la calidad del maque, que puede durar cientos de años si se conserva la técnica y la fórmula original, sostiene Rosendo Ponce.

“Tenemos varios años estudiando las sustituciones de los componentes y de las técnicas, cómo se ha dado el deterioro de esta tradición y con el propósito de corregir los problemas y generar mejores prácticas para la salvaguardia de este arte ancestral”, señala.

Una vez que tengamos para la exportación, perfectamente controlada, con las fórmulas idóneas, con los materiales originales, por ley, quien pretendan exportar se tendrá que ajustar a esos lineamientos y conservar esos parámetros de autenticidad y calidad. Eso necesariamente va a generar una mayor demanda y el precio que se pague por una pieza auténtica certificada por esa norma impactará de manera muy favorable en la economía de los artesanos, nos va a permitir vender nuestras piezas a un precio justo.

La NOM para el arte olinalteco está muy próxima, pero Bernardo Rosendo todavía tiene un sueño, la apertura del Museo Nacional de la Laca de Olinalá, en su tierra, para que vayan todos los que quieran apreciar y adquirir estos exquisitos objetos.

Foto: Cortesía

¿Qué es el maque de Olinalá?

Esta es una técnica de laqueado artesanal originaria del pueblo prehispánico del mismo nombre, que consiste en la impermeabilización y decoración artística de objetos de madera o corteza vegetal del árbol de lináloe.

El maque se prepara con una mezcla llamada tlalpilole, compuesta por minerales (óxido de hierro, calcita y dolomita) pigmentos y aceite de chía, Con este conjunto de polvos se hace el maque con el que se recubren las piezas y luego se imprimen dibujos esgrafiados con iconografía diversa, algunas de origen prehispánica y otros provenientes de los periodos posteriores a la Conquista y de culturas diversas de Asia y Europa.

A nivel nacional e internacional, la tarjeta de presentación de esta artesanía ha sido la famosa Cajita de Olinalá, a la cual se suman otros productos como figuras de ornato, bandejas, paneras, fruteros, alhajeros, polveras, porta plumas, biombos, cabeceras, marcos para espejos, atriles y artículos de uso doméstico.

Foto: Cortesía

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