En el mito fundacional de México un águila devora a una serpiente. En realidad, culebra de agua. Pero la imagen puede tener otra lectura: en un descuido la víbora mordió al ave y, envenenándola, marcó el devenir de una pequeña isla que se convirtió en megalópolis, monstruo de millones de cabezas que, en la actualidad, se encuentra en plena agonía.

Se suele decir que todo tiempo pasado fue mejor. Y tal vez la frase deba su origen al pensamiento mágico de que, al principio de los tiempos, existió un Edén, Jardín de las delicias, Paraíso terrenal o lo que los mexicas llamaban Aztlán,?lugares míticos de los que, por equis o ye motivos, el género humano fue expulsado para, tras una odisea, sí, como la de Ulises, llegar a la Tierra prometida o, bien, al Cielo.

Tal estructura mental se salda, quizás, a que se suele considerar a la niñez una especie de Paraíso perdido, y cuando los animales (hombres y mujeres incluidos) sienten que van a morir, buscan de manera instintiva su querencia, el lugar en el que fueron más felices, siendo la idea de la infancia en el caso de los seres pensantes una abstracción irresistible.

Sin embargo, ¿por qué la fundación de una ciudad flotante, en medio de cinco lagos, pudo nacer envenenada?

Porque, tras la migración de dos siglos y medio de Aztlán a lo que después se convertiría en México-Tenochtitlan, lejos de ser un Paraíso, era una isla inhóspita en donde el cacique de Azcapotzalco mandó a los recién llegados no para que construyeran un señorío, sino para que murieran de hambre o envenenados por las serpientes. Pero los mexicas o tenochcas no sólo sobrevivieron gracias a las serpientes las que les sirvieron de alimento , sino que, a la vez de erigir una ciudad portentosa, pactaron con los tlatelolcas (sus vecinos del islote al sur poniente) y texcocanos (vecinos de tierra firme al nororiente de la isla) para guerrear, vencer y convertir en tributarios de esa Triple Alianza tanto a los de Azcapotzalco como a cientos de pueblos de lo que los historiadores llamaban Mesoamérica.

Tal victoria de los mexicas, no obstante, también fue su veneno. Si bien se dice que fundaron México-Tenochtitlan en 1325, adjetivada dos siglos después por lo españoles como Venecia la Rica, para 1521 sería destruida por los pueblos enemigos que les regalaron el botín a los conquistadores de allende del mar. Y a partir de 1535, con la fundación de la Nueva España, sucedieron dos hechos que le cambiarían el rostro a una urbe erigida a imagen y semejanza de Teotihuacán: por un lado, el anhelo de la sociedad novohispana de vivir en una ciudad europea, su Paraíso perdido y, por otro, desecar los lagos so pretexto de las constantes inundaciones.

Así, lo que antes era agua se convirtió en llano y si durante el virreinato, el México independiente, imperial y el de Revolución institucional, la ya llamada Ciudad de México mantuvo su traza en lo que hoy se conoce como el Centro Histórico, ahí en donde se acababa la urbe se extendió el Distrito Federal y, para la segunda mitad del siglo XX se debió detener su crecimiento de la única manera posible en aquel entonces: descentralizar las oficinas de la federación e impedir más construcciones afuera del anillo Periférico.

En cambio, ¿qué se hizo?

Permitir que la serpiente siguiera mordiendo al águila al entubar los 58 ríos en otrora a cielo abierto, hacer ejes viales, condescender la construcción de casas y oficinas en el anillo montañoso, convertir al automóvil en objeto de estatus socioeconómico, implementar programas como el hoy no circula que multiplicó el parque vehicular, traer agua de otros estados y sobrexplotar los mantos acuíferos y, ya en siglo XXI, hacer segundos pisos sólo para ricos, reglamentos de tránsito inadmisibles, contingencias ambientales que a nadie convencen y transformar casas-habitación en edificios y centros comerciales, aunado a la poca y casi nula inversión en transporte público para una megalópolis como la recién llamada CDMX y zona conurbada.

Lo que está provocando índices de contaminación nunca antes vistos.

¿Qué se puede hacer?

Poco: morir envenados como lo deseaba aquel cacique de Azcapotzalco.