Un viaje a la playa que desde el inicio pareciera no tener retorno. Un encuentro que va desenredando apetitos, conflictos y pasiones de sus jóvenes protagonistas, quienes se lanzan a decirse verdades, entre tragos y risas, y secretos que hieren, pero que los unirán íntimamente por una noche... En las primeras escenas, las olas del mar envolviendo su cuerpo, y ella corriendo juguetonamente en el agua, zafándose del abrazo de Jorge Rivero, pero la cámara siempre siguiéndola: es Isela Vega.

La cinta El llanto de la tortuga, de Francisco del Villar, vio su estreno en 1974, en medio de una década que fue un torbellino. La trama es sencilla: Dos parejas escapan de fin de semana a Acapulco para celebrar el cumpleaños 32 de Héctor (Hugo Stiglitz), exitoso arquitecto que abre las puertas de su casa en la playa para la ocasión, en compañía de su hermana Isabel (Cecilia Pezet), con quien mantiene una relación que uno no tarda en adivinar que puede ir hacia otro lado. Los acompañan Diana (Vega) y Carlos (Rivero), quienes están en un impasse como pareja; Carlos es también arquitecto, pero no goza del mismo prestigio que Héctor, su gran amigo de la infancia, razón por la cual durante la velada saldrán algunos rencores.

Destaca la sinergia que en 93 minutos logran estos personajes, a pesar de los insultos velados, confesiones a flor de piel y arranques de ira y celos, en un acto casi teatral que al inicio parece una crítica a la forma de conducirse de la clase alta, pero que termina con tintes de reflexión sobre la condición humana y la fragilidad de las relaciones amorosas, así como los sentimientos que las construyen. Lo que comienza como un cliché mexicano de los 70s, donde no falta la música y Acapulco siempre como un personaje más, se va tornando en un oscuro lamento, que a ratos pareciera ser de auxilio.  

A lo largo de una prolífica trayectoria cinematográfica que abarcó seis décadas, Isela Vega cultivó un gran talento como actriz, potenciado por su sensualidad y vistosidad en pantalla, cualidades que supo aprovechar. Poseía una altivez peculiar en la entonación de sus diálogos (guion del director y de Vicente Leñero) y un rostro, unos ojos, que parecían querer decirlo todo. Fue versátil a la hora de interpretar a mujeres de todos los estratos sociales y en contextos disímiles, para entregarnos personajes enérgicos, cargados de emociones, algunos con cierta ternura secreta. Sin duda, es una invitación a volver a sus películas, a cuatro meses de su partida.

Es notorio que Francisco del Villar gustaba de nombres cargados de surrealismo (y fauna) para sus películas. Basta mencionar Las pirañas aman en cuaresma (1969) y La primavera de los escorpiones (1971), ambas con Isela Vega. También era asiduo a los personajes masculinos imponentes e intrigantes. Por ejemplo, un descamisado Julio Alemán en Las pirañas…, un forastero varado en un pueblo pesquero, quien irrumpe en la vida (y en la cama) de dos mujeres: madre e hija, unidas por un secreto. En El llanto de la tortuga destaca el musculoso y diligente mayordomo Sergio (Gregorio Casal), a quien no dejan de llamar criado en toda la película, que de personaje secundario pasa a ser clave a raíz de una lectura de cartas.

La escena en el mar referida al inicio salió de la lente de Gabriel Figueroa, el sorpresivo director de fotografía, y recuerda un poco a la clásica secuencia de Islas Marías (Emilio el Indio Fernández, 1951), también fotografiada por él, donde la bailarina Rocío Sagaón, que ahí hace de una chica que ha vivido en libertad en las islas, improvisa una sensual danza en medio de la espuma y las olas rompiendo en la orilla, ante la mirada atónita del recluso Pedro Infante.

El llanto de la tortuga es un juego cinematográfico de seres perversos, siempre con sed de sentir algo nuevo, pero también de símbolos que son imposibles de dejar pasar. Hay una escena donde todos, ya borrachos y cuando parece que lo peor puede pasar, se enfrascan en una guerra de champagne, agitando con violencia las botellas para empaparse unos a otros, en una coreografía del desenfreno.

Isela Vega (1939-2021) merece ser recordada como una figura relevante del cine mexicano y formar parte del panteón de las divas de la pantalla grande de nuestro país. Habrá que ver más sus películas y con nuevos ojos, alejados de la visión moralista del pasado que acotó su reconocimiento como actriz de veras. Solo así, las poderosas mujeres que encarnó saltarán del celuloide, para insertarse como personajes necesarios dentro del gran imaginario cinematográfico nacional.