Hace unas semanas, en Querétaro, tuve el gusto infantil de ir al Museo del Ferrocarril de la ciudad. Tienen un diorama precioso que ocupa toda una sala de trenes, trenecitos de juguete que le dan la vuelta a la habitación y uno se siente de verdad como de 5 años, fascinante comezón. Qué maravilla sentir eso en un museo.

Estaba pensando en eso mientras veía las fotos que el Archivo Gustavo Casasola nos entrega esta quincena. Trenes, esos ferrocarriles (erre con erre cigarro, erre con erre barril, rápido ruedan las ruedas del ferrocarril) que definieron la historia de México.

Durante el porfiriato llegó a haber casi 6,000 kilómetros de vías por todo el país. De don Porfirio se pueden decir todas las maldades, pero lo cierto es que tuvo la visión de entender que para modernizar su feudo tenía que abrir las comunicaciones y la manera más eficiente era ese invento europeo: el tren.

Y tuvo razón el viejo. Consideremos la Ciudad de México. Rodeada de cerros, llegar a ella era un dolor de panza. Durante siglos la capital del país fue inaccesible. Es una de las razones de nuestra centralización: la ciudad creaba para sí misma y se escuchaba sólo a mí, me, conmigo. Cuando se extiende la vía ferroviaria otras regiones del país empiezan a crecer, a estallar como centros políticos, comerciales, culturales. Nadie sabe para quién trabaja: gracias al tren, Francisco I. Madero pudo hacer su gira por todo México y acabó con Porfirio Díaz. Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

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