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De símbolos, identidades y acciones
Opinión
El poder de las personas es lo que crea el sentimiento de pertenencia. Si una institución o un gobierno lo entiende, puede ponerlo a su favor. Si no lo entiende, ni el mejor presupuesto de marketing lo salva.
Este Mundial 2026 lo está demostrando partido a partido, dentro y fuera del campo.
El leopardo que ya era símbolo antes del traje
República Democrática del Congo vuelve a un Mundial después de 52 años, tras competir como Zaire en 1974. Llegó a Houston con trajes negros cruzados por animal print, diseñados por un estilista congoleño como homenaje a Los Leopardos.
El leopardo no es un hallazgo de moda. Es el emblema histórico del deporte congoleño desde hace décadas — símbolo de liderazgo, coraje y resiliencia mucho antes de que existiera ningún diseñador ni ninguna federación.
Y el traje en sí mismo es otro símbolo dentro de la cultura congoleña. Conecta directamente con “La Sape” — Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes —, un movimiento nacido en el Congo durante el siglo veinte que convirtió la elegancia y el vestir impecable en una forma de dignidad y de identidad frente a la pobreza y la historia colonial del país. Lo que llegó a la pasarela del aeropuerto no inventó nada nuevo: le mostró al mundo dos símbolos que viven en la cultura popular congoleña.
Un ejército que conquista simpatías
Tartan Army. El nombre tiene dos partes y las dos cuentan algo. Tartan es el tejido escocés de cuadros que viste cada kilt, la prenda que identifica de un vistazo a quién perteneces. Army, ejército, porque esa afición se mueve y se planta en cualquier ciudad como un colectivo unido, no como individuos sueltos.
El apodo nació en los años 70 sin ser cariñoso: tras una invasión de campo en Wembley. Hoy es de las aficiones más premiadas del mundo por su comportamiento y caridad.
En este Mundial, treinta mil escoceses llegaron a Boston defendiendo esa identidad con la misma pasión dentro y fuera del estadio. En tres días, cantaron y bebieron: un bar del centro triplicó su mejor marca en treinta años - más que en cualquier San Patricio - y se quedó sin una gota. Esa misma afición lleva más de dos décadas recaudando fondos propios para causas benéficas en cada país donde juega — sin que ninguna federación lo pida.
El grito que nadie inventó y todos adoptaron
En 2016, la afición de Islandia popularizó en la Eurocopa un aplauso que se acelera hasta romper en grito — el mundo lo bautizó como el grito vikingo. Surgió de forma espontánea, inspirado en gestos que ya circulaban en otras gradas europeas, y la gente islandesa lo hizo completamente suyo.
Lo que de verdad une a quien lo adopta no es el gesto en sí. Es el imaginario vikingo completo: la idea de guerrero, de fuerza colectiva, de un grupo que avanza unido y no se quiebra. Por eso lo reproducen exactamente los que comparten o admiran ese imaginario — países nórdicos, y un equipo de la NFL que se llama, sin casualidad, los Vikings.
Esta semana, en este mismo Mundial, Noruega salió con su propia versión, el Viking Row. Nadie lo impuso. Cada grupo eligió sumarse al mismo relato de unidad guerrera, y lo sintió tan propio como si lo hubiera inventado.
Lo que la gente elige en la calle y en la cancha
Para la inauguración, la organización dejó un sombrero de cartón en cada butaca del Estadio Ciudad de México. Lo que nadie programó fue lo que vino después: 85,000 personas lanzándolo a la cancha en el mismo instante. Esa imagen — no el sombrero — fue la que dio la vuelta al mundo.
La FIFA diseñó tres mascotas oficiales con estudios de mercado y agencias de branding. El símbolo que conquistó a México fue Merlín, un pato real que camina por la calle con la camiseta de la selección puesta, junto a una familia que vende aguas frescas en la Alameda Central. La gente, en la calle y en la cancha, eligió al pato sobre las mascotas diseñadas.
La reflexión final
Ninguna de estas cuatro historias la diseñó un gobierno, una federación o un departamento de marketing.
El leopardo y el traje los cargaba la cultura congoleña antes que ningún comité. El Tartan Army lo construyeron generaciones de aficionados, no una oficina de comunicación. El grito vikingo lo eligió cada grupo que se sumó a ese imaginario de guerrero y unidad. El sombrero y el pato los hizo suyos la gente, en segundos, sin pedir permiso.
Las instituciones que entienden esto no intentan fabricar identidad desde arriba. Hacen espacio para que la gente la construya, y después la acompañan.
La identidad más fuerte de cualquier país, marca o causa no la construye quien tiene el presupuesto. La construye quien escucha y acompaña a las personas.
Lleïr Daban es estratega en asuntos públicos e influencia. Ex Delegado del Govern de Catalunya en México y Centroamérica (2019–2025).