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Parpadeos, negándonos a claudicar
Mariano Espinosa Rafful | Siempre hay otros
El arte de la vida es el arte de evitar el dolor. Thomas Jefferson
No hay sorpresas en el horizonte alternativo de las injusticias, no hay esa coincidencia de ideas, menos de proyectos, que lejos de comentarse solo son murmullos, tras las paredes que se resisten a crear un ambiente diferente al establecido, dentro de una corta baraja de posibilidades, argucias y responsabilidades no compartidas en el servicio público.
A veces nos cuesta considerar cierto lo que escuchamos, en la mencionada mesa redonda o la silla de las confesiones, ahora hasta con el ambiente poco común, de una lluvia intensa que inunda la antesala de las escaleras que dejan de funcionar por precaución, y ese ruido del agua que se estrella en lo más alto del concurrido edificio que alberga indiferencia.
Siempre es necesario considerar treguas en la vida, o retirarse en la nula valoración de lo que hacemos, en ese desparpajo a estas alturas, más allá de un sexto piso, conociendo y reconociendo que vaya que hemos cambiado, entre las reflexiones, tanto de las ansiedades como de la desesperanza.
La queja es recurrente en la escucha diaria, las inconformidades son notorias, no hay sensibilidad ni mucho menos construcción de equipo, meses van y vienen y el retrato no cambia, ni se modifica un ápice después de los buenos días, llegando muy temprano o después de un horario no establecido, pero vigilante de ojos que asechan y miradas que incluyen reportes tras las puertas que se cierran.
No hay nada oculto, en el menú de las tempestades se falta el respeto, el lenguaje no es el adecuado, el trato pareciera contrastante, porque no hay conocimientos, sino improperios, ahora hasta se juzga a priori, tampoco habita la solidaridad, ni el apoyo.
Los tiempos requieren también pausas, replantearnos si los años que nos quedan serán ahí, porque vaya que se necesita ser valiente, como leía ayer, para aceptar que hemos terminado un ciclo, en los aprendizajes mínimos y las enseñanzas al margen de la memoria, de hechos que mostraron el carácter.
Valoraciones en quienes la miran y discuten por respuestas, arrebatamos la palabra porque no se nos permite tener la razón, la calidad humana no está y debe marcar diferencia.
Es publico y notorio el enojo por quitarle tiempo a la vida, sin resultados a favor de un presente revuelto, que arrincona ilusiones, donde no hay respuestas a las dudas, solo dictatoriales engañosos y hasta perversos, donde lo importante no es resolver, sino escuchar y escuchar en la monotonía de no decir nada extraordinario.
No hay futuro sin un presente cierto, en ningún lugar donde las valoraciones no están en esa seducción de un poder en el aire, agotados los recursos de intentos de medir a mediano plazo la ambigüedad de las exigencias, vamos poco a poco naufragando en una laguna de ignorancias.
Un día lo es todo, porque hasta aquí llegan los reclamos y las dudas, las horas son todas a la vez y nos significan nada, mientras el deseo por ser otros, se estrella en los pasillos entre escaleras y recorridos cortos, siempre en la escucha de los otros, quienes, sin oficio ni beneficio, acuden al encuentro de lo previsible.
Cada quien, a cierta edad, retoma la pluralidad de las formas, donde las inscripciones y las descripciones son pasajeras, como la vida misma, por ello tenemos convicción y razones para no caer en discusiones estériles, menos en provocaciones de ridículas posturas, de un cocinero hasta en el baño de mujeres.
ENTRE LÍNEAS
Las personas se enferman, todos en algún momento de la existencia padecemos de algún mal, dolores, achaques de la edad; pero lo impensable es aquello que llega más allá de dos meses, sin un diagnóstico claro, en el detrimento del cuerpo y hasta del alma; donde siempre vamos a desear en positivo librarla de la mejor manera. Se llama solidaridad que no es común hoy en día.