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La Economía del Gol: decisiones que no pasan por la razón
José Nery Pérez Trujillo | Estado, Mercado y Sociedad
La tradición económica clásica sostiene que los individuos maximizan utilidad y toman decisiones basadas en información completa. La teoría de la elección racional y los modelos de equilibrio general presuponen que los consumidores evalúan costos, beneficios y alternativas con precisión en el corto y largo plazos. Asimismo, la teoría de la utilidad esperada —fundamental en la economía neoclásica— plantea que las personas eligen la opción con mayor valor esperado, ponderando riesgos y recompensas de manera consistente. Bajo estas premisas, los mercados deberían funcionar como mecanismos eficientes donde las emociones tienen solo un papel marginal.
La economía del comportamiento, por otro lado, nació como una rebelión intelectual contra la visión clásica del ser humano como agente perfectamente racional. Desde los años setenta, autores como Kahneman y Tversky demostraron que nuestras decisiones están atravesadas por atajos mentales, emociones y sesgos que distorsionan la lógica económica. Décadas después, Ariely y Thaler popularizaron estas ideas mostrando que la irracionalidad no es una anomalía, sino un patrón sistemático. En la actualidad, esta perspectiva se ha vuelto indispensable para entender fenómenos de consumo masivo, especialmente en momentos de alta carga emocional como el Mundial de Fútbol 2026, donde millones de personas actúan más movidas por identidad y entusiasmo que por cálculo racional.
Kahneman y Tversky demostraron que la aversión a la pérdida, el exceso de confianza y el pensamiento mágico alteran nuestras decisiones incluso cuando las consecuencias económicas son claras. Thaler mostró que los consumidores crean “cuentas mentales” que los llevan a gastar más en contextos festivos, aunque su presupuesto total sea limitado. Ariely evidenció que la irracionalidad es predecible: las personas pagan más por productos asociados a identidad, pertenencia o ritual, incluso cuando existen alternativas más baratas. Y McFadden, desde la econometría del comportamiento, explicó cómo las preferencias reveladas cambian según el contexto emocional, no solo por atributos objetivos de los bienes.
El Mundial 2026 es un laboratorio perfecto para observar estas distorsiones. Durante torneos anteriores, las ventas de televisores aumentaron entre 20 y 35% en países latinoamericanos. En México, el consumo de cerveza creció 18% durante el Mundial 2018, y en Brasil el gasto en alimentos para reuniones aumentó 22%. Estas cifras no responden únicamente a mayor demanda racional, sino a un fenómeno emocional amplificado: el sesgo patriótico. Cuando la selección nacional juega, los consumidores tienden a comprar productos asociados a la identidad nacional, incluso si son más caros. Este comportamiento se extiende a las apuestas deportivas, donde estudios de la Universidad de Chicago muestran que los aficionados apuestan hasta 25% más por su propio país, aun cuando las probabilidades objetivas son desfavorables.
En 2026, este fenómeno se intensificó por la expansión del torneo, la hiperconectividad y la presión social de participar en la fiesta colectiva. Las redes sociales amplifican la emoción y generan un efecto de cascada: si “todos” compran pantallas, viajan a partidos o apuestan, la decisión se percibe como racional aunque no lo sea. Esto tiene efectos concretos en la economía personal y familiar. El endeudamiento por consumo festivo aumenta, especialmente en bienes duraderos adquiridos por impulso. A nivel nacional, los picos de demanda generan distorsiones temporales en precios y logística, y pueden inflar artificialmente sectores como turismo, transporte y comercio minorista.
El Mundial revela así una verdad incómoda: nuestras decisiones económicas están profundamente ligadas a emociones colectivas. No consumimos solo para satisfacer necesidades, sino para participar en narrativas de identidad, pertenencia y esperanza. La lección final es que el fútbol no solo mueve pasiones, también mueve mercados. Entender estos patrones irracionales no busca arruinar la fiesta, sino reconocer que detrás de cada compra impulsiva hay una historia social más grande. El Mundial 2026 nos recuerda que la economía no es solo números, sino humanidad en movimiento.