Buscar
Opinión

Lectura 5:00 min

Mole negro para Altamirano

Foto: Especial

Aquel 13 de noviembre ni siquiera se acordó de su cumpleaños. Lo había invadido el hastío. Desde la enfermedad, una disentería que había compartido con el emperador Maximiliano no había conseguido reponerse. Ni un pensamiento fecundo brotaba de su alma y ningún sentimiento grande agitaba su corazón. “Es que la pereza me consume  –había confesado en la primera página de su Diario de aquel entonces–, hay algo tan pesado como el plomo que embarga mi cerebro. Decididamente el tedio mina mi existencia, el desengaño ha segado en flor mis esperanzas y tengo hielo en el corazón”.

Corría el año de 1869 e Ignacio Manuel Altamirano, a punto de cumplir 35 años, se sentía viejo. Nacido en Tixtla, Guerrero, “indio por los cuatro costados”, a los 14 años aún no hablaba español y por supuesto, no tenía ni idea de que llegaría a ser conocido como el Padre de la Literatura Mexicana. Pero un feliz azar de su existencia le hizo entrar en la escuela local, y en virtud de su talento sobresaliente, después enviado al Instituto Literario de Toluca, donde conocería a Ignacio Ramírez, el llamado Nigromante. Bajo su influencia el joven Altamirano se daría atracones de la que se consideraba la cultura básica de aquellos tiempos y aprendería latín, francés, oratoria, retórica y filosofía. Después se convertiría en maestro, poeta, dramaturgo, novelista, marido de Margarita, soldado, héroe del Sitio de Querétaro, diputado y cabeza de la restauración de la República.

Sin embargo, en aquel mes de noviembre, lector querido, el maestro Altamirano contemplaba un cielo nublado desde hacía meses y vivía una tristeza importuna, que se le antojaba eterna. Repasaba, por escrito y mentalmente, la suma de sus afanes truncados: había abandonado el alemán que iba aprendiendo rápidamente y el “mexicano”, que el profesor Galicia insistía inútilmente en enseñarle y se proponía entretener el aburrimiento cultivando entonces declinaciones griegas, pero tampoco le alcanzaba el ánimo. Ya no leía, no estudiaba y no tenía ninguna gana de asistir a la Suprema Corte de Justicia. La política lo tenía sin cuidado y si el tema de la conversación llegaba hasta las leyes, bostezaba y manifestaba sin empacho su repugnancia por aquellos menesteres. La literatura también comenzaba a fastidiarle.

El propósito que había tenido, de sacar a la literatura del círculo de los elegidos, de convocar a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas a participar y apagar de aquella manera cualquier rencor que siguiera dividiendo a “los hijos de la madre común”, se suponía ya estaba cumplido. Había comenzado con las tertulias de jóvenes talentos y escritores consagrados y derivado en la publicación el periódico literario “El Renacimiento”.

En aquella primera entrega, el equipo había sido deslumbrante: como editores figuraban Altamirano y Gonzalo Esteva, los redactores fueron Ignacio Ramírez, Manuel Peredo, José Sebastián Segura, Guillermo Prieto y Justo Sierra. Más de setenta colaboradores habían participado con sus textos, entre ellos Francisco Sosa, Manuel Payno, Vicente Riva Palacio, Ignacio Montes de Oca, Aniceto Ortega, Pedro Santacilia, Santiago Sierra, Niceto de Zamacois, Enrique de Olavarría y José Fernández.

Boletos para la zarzuela tampoco le faltaban. No había dejado de asistir, pero las miradas, los avances y flirteos que antes lo encendían, sólo le provocaban un calor tibio y pasajero. Como si el polvorín de su corazón estuviera mojado sin remedio. En cuanto a su trabajo creativo, las cosas no eran, pero le parecían grisáceas. Había prometido escribir varias novelas. Algunas, incluso, se habían anunciado al público, pero él no había pensado ni en cómo iba a ser la estructura de ninguna. “He ahí como soy ahora, –escribió–. Llevo la vida de un haragán del bajo imperio”.

El mes de los Muertos había llegado, tenebroso.

En su Crónica de la Semana  –que nunca dejó de escribir y que correspondía justo a la de su cumpleaños –, Altamirano quiso, pero no pudo, ocultar su mal ánimo. Desde la primera frase: “Pocas veces henos tenido en México un otoño tan triste como el de este año” hasta la última: “Después de esta larga plática sobre los cementerios, mal podría hablaros de diversiones. Hay veces en que no se puede ser cronista de todo.”

Tenía toda la razón. No podía publicar en el periódico una composición sobre la oscuridad y el luto prematuro que lo invadía, ni transcribir la frase del último renglón de su cuaderno donde podía leerse: “Me parece que vería acercarse a mí la muerte y la miraría sonriendo!”.

Afortunadamente, lector querido, en vez de hundirse en ello y seguir lamentándose, se recompuso y tomó un vaso de Agua de Seltz para combatir la agrura y la amargura. Después, pidió que le cocinaran un molito negro para la hora de la comida.

Temas relacionados

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Últimas noticias

Noticias Recomendadas