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Política

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La guerra contra el narcotráfico es una narrativa política: Oswaldo Zavala

Es una política militarista violenta, cuyo fin es promover el uso estatal de la violencia y avanzar con intereses geopolíticos y geoestratégicos, expone el autor del libro “Los cárteles no existen”.

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Oswaldo Zavala, autor del libro "Los Cárteles no existen".Foto EE: Especial

Diego Badillo

El gobierno de Estados Unidos, secundado por los de países latinoamericanos como México, ha impulsado la idea de que existen cárteles todopoderosos como una narrativa para legitimar una violenta política policial y militarista en nombre de la seguridad nacional, plantea Oswaldo Zavala.

En entrevista, el autor del libro “Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura”, editado por Debate y cuya segunda edición comenzó a circular en librerías del país, explica que esa narrativa se construye a partir de tres enunciados repetidos hasta el vértigo: “Los cárteles son más poderosos que el Estado y sus instituciones de seguridad”; “Los cárteles son los principales generadores de violencia” y “todos aquellos que trabajen para los cárteles deben ser combatidos, encarcelados o asesinados”.

Al plantear que los cárteles no existen, el académico de la Universidad de la Ciudad de Nueva York propone interrumpir esos tres enunciados.

¿Por qué dice que los cárteles no existen?

La premisa de que los cárteles no existen llama la atención en torno al lenguaje y al discurso que se utiliza para hablar comúnmente del narcotráfico.

Lo que yo defiendo es mostrar que ese lenguaje, empezando con la palabra cártel, pero desde luego llevándola a toda la narrativa que se utiliza para hablar con frecuencia del narcotráfico, en realidad proviene de las instituciones oficiales que están promoviendo la política de la guerra contra el narco.

Ese lenguaje no sirve para entender el narcotráfico como fenómeno, sino que está construido políticamente para legitimar la agenda militarista de la guerra contra el narco.

El lenguaje que utilizan organismos como la DEA o el Departamento de Estado de Estados Unidos, así como las instituciones mexicanas que colaboran en la guerra contra el narco, no sirve para entender el fenómeno; es parte de la propia agenda política para convencer a la sociedad de que hay que militarizar el país.

La guerra contra el narco es una política militarista violenta, cuyo fin es promover el uso oficial estatal de la violencia y, entre otras cosas, avanzar con intereses geopolíticos y geoestratégicos.

Si no existen los cárteles, ¿qué es lo que sí existe?

Hay que separar el narcotráfico como fenómeno real, que existe con personas que trafican droga en México y en Estados Unidos, de todo eso que llaman la guerra contra el narco.

Desde luego existe el narcotráfico, pero tiene muy poco que ver con la agenda de seguridad que se está planteando desde Washington y que estamos sufriendo en México.

El verdadero motor de la industria de la droga ilícita, pues es el mercado de drogas estadounidense.

Sin embargo, la guerra contra las drogas como política nos hace creer que todo esto está operando realmente en México.

Entonces, no existe el cártel como esta organización piramidal, todopoderosa, capaz de inyectar dinero en la elección presidencial o capaz de capturar al Estado, como señalan agencias estadounidenses. Lo que existe es un militarismo violento que en nombre de la seguridad está atacando generalmente a poblaciones vulnerables.

El exterminio sistemático de jóvenes pobres que han sido víctimas de esta mal llamada guerra, el uso de las fuerzas armadas para despoblar territorios, desaparecer forzadamente personas, secuestrar y torturar, es la consecuencia de esta política.

Lo que también existe es el asedio geopolítico de Washington en nombre del combate al narcotráfico para presionar a gobiernos como el de Claudia Sheinbaum, en México, o el de Gustavo Petro, en Colombia, o para invadir países como Venezuela o Irán.

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Portada de "Los cárteles no existen".Foto EE: Especial

¿En qué le benefició esta narrativa al gobierno de Estados Unidos cuando comenzó a implementarse?

Esta narrativa primero se instrumentalizó en Estados Unidos contra la disidencia política en los años sesenta y setenta del siglo pasado, sobre todo cuando había disidencia en contra de la guerra en Vietnam.

Se utilizó el tema de la droga para neutralizar a los activistas antiguerra y también para hacer un brutal control social en contra de minorías.

Por eso, desde entonces las cárceles estadounidenses están pobladas desproporcionadamente por personas negras e hispanas.

Luego, a partir de los años ochenta, el narco se volvió la agenda de seguridad nacional estadounidense.

Lo que no vemos es que los narcos se vayan volviendo más poderosos, sino que la escalada de la guerra contra el narco se va volviendo más radical.

Antes, en los años noventa, teníamos la idea de que había que combatir, por ejemplo, el Cártel de Juárez, pero ahora lo que tenemos es la supuesta diversificación de los cárteles, donde todo tipo de crimenes supuestamente son cometidos por los narcos.

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Oswaldo, escritor y autor de "Los cárteles no existen".Foto EE: Especial

¿Cómo fue el proceso de adopción de esa narrativa por parte del gobierno mexicano?

Fue muy complicado porque en los años setenta, el gobierno mexicano tenía un control muy claro sobre los traficantes.

Se sabe que narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y Miguel Ángel Félix Gallardo eran tan alineados con el sistema que incluso prestaban sus tierras para entrenamiento de Los Contras.

Todo ese mundo de colaboración se interrumpió porque Estados Unidos diseñó su política de guerra contra el narco a finales de los años ochenta y, de pronto, el gobierno de México se vio obligado a utilizar esa retórica y a crear nuevas instituciones y a perseguir a estos traficantes que no eran capaces, de ningún modo de suponer un desafío a la seguridad nacional de México.

Por eso es que México tardó tiempo en que sus gobiernos adoptaran esa agenda.

Fue hasta el gobierno de Carlos Salinas de Gortari que se empezó a hablar de ese modo, pero fue hasta el gobierno de Felipe Calderón que por fin se militarizó el país como quería Washington.

¿Cómo le beneficia esa narrativa al gobierno estadounidense actual?

El último escalón de esa premisa de la lucha contra los cárteles como amenaza a la seguridad nacional es la decisión de Donald Trump de designar a los cárteles como organizaciones terroristas.

Aquí es donde me parece que estamos en el momento más peligroso de esta narrativa.

La guerra contra el narcotráfico y la guerra contra el terrorismo que promueve Estados Unidos a nivel planetario se vuelven una sola cosa y es por eso que, ahora, el gobierno de Estados Unidos se permite lanzar misiles a países latinoamericanos.

La guerra contra el narco es el mejor pretexto de intervención geopolítica que ha tenido Estados Unidos para Latinoamérica.

¿Cómo es esa narrativa con el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum?

Desafortunadamente, los gobiernos mexicanos de derecha adoptaron toda la política violenta de mano dura antidrogas de Estados Unidos.

Luego, con el gobierno de Claudia Sheinbaum, como también lo vimos con el gobierno de López Obrador, ha intentado de varios modos interrumpir esa hegemonía.

El presidente López Obrador logró frenar la DEA, que tenía una presencia violenta y violadora de la soberanía mexicana. Esa agencia llegó a tener sus propias unidades especiales en México.

Ahora la presidenta Sheinbaum ha tenido que enfrentar la presión directa del presidente Trump, que incluso amenaza con invadir México.

Mientras se continúe validando la narrativa a Estados Unidos de que los narcos son el verdadero problema, mientras sigamos asustados porque supuestamente el Cártel Jalisco Nueva Generación en cualquier momento toma el país; mientras sigamos haciéndole el juego a la política intervencionista gringa, estaremos arriesgándonos a una mayor intervención estadounidense.

diego.badillo@eleconomista.mx

Diego Badillo

Periodista mexicano, originario de Amealco, Hidalgo. Editor del suplemento Los Políticos de El Economista. Estudié Sociología Política en la Universidad Autónoma Metropolitana. En tres ocasiones he ganado el Premio Nacional de Periodismo La Pluma de Plata que entrega el gobierno federal. También fui reconocido con el Premio Canadá a Voces que otorga la Comisión Canadiense de Turismo, así como otros que otorgan los gobiernos de Estados Unidos y Perú.

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