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Política

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María de las Heras

Podría pasarme horas hablando sobre una amiga como María, con quien compartí muchas anécdotas, foros, cenas, presentaciones de libros, discusiones, risas.

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Podría pasarme horas hablando sobre una amiga como María, con quien compartí muchas anécdotas, foros, cenas, presentaciones de libros, discusiones, risas. Podría platicar de sus visitas a mi casa en Aguascalientes o de mis visitas a su casa en el DF, o hacer gala de la memoria para platicar de sus muchos éxitos profesionales, que es como se le conoció; para mí, que afirmo que ser encuestador es un oficio, reconozco que, con ella, ese oficio se acercaba más a un arte; sin embargo, me nace platicar de otra María, más cercana y más personal.

María y yo coincidimos como estudiantes; la conocí desde 1978, cuando ambos decidimos estudiar Actuaría, seguramente porque tuvimos maestros que nos motivaron el amor por las matemáticas; aunque éramos de la misma generación, no compartimos aula, salvo en una o en dos ocasiones, por que ella estudió en el turno matutino y yo en el vespertino, pero siempre supe de ella; era muy respetada por los estudiantes matutinos (como les decíamos en la tarde) por su liderazgo, su inteligencia y su simpatía.

Siendo estudiante decidió ser madre y nació su hijo Rodrigo, lo que la hizo separarse unos meses de la facultad y aun así, con ese handicap que nos otorgó, regresó y terminó la carrera igual que toda la generación, fue una estudiante sobresaliente.

Pero decir eso de ella es quedarse corto, por lo que quiero platicar un recuerdo muy personal. Por ahí de marzo de 1981, hace mas de 31 años, jóvenes de la Facultad de Ciencias de la UNAM nos reuníamos para planear nuestra graduación como actuarios y de esas reuniones surgían amistades, noviazgos, fiestas y juergas, pero también discusiones académicas y filosóficas, nada extraño en jóvenes universitarios y soñadores. En esa época yo, estudiante provinciano, vivía en un pequeño departamento en la colonia Roma y uno de esos sábados siguió en una pequeña fiesta cercana a Ciudad Universitaria, después una serenata desafinada en Portales que terminó en huida cuando salió el papá de la exnovia; una aventura, como era la costumbre, para comprar algunas bebidas en una ventanilla clandestina de la colonia Escandón y finalmente unas dos docenas de compañeros seguimos en el departamento de Medellín, donde siguió la fiesta; una fiesta que para cuestiones prácticas llevaba más de 10 horas; a mí, estudiante del turno vespertino, esas reuniones me servían para conocer mejor a muchos de mis compañeros, pero de esa noche particular tengo un gran recuerdo de María de las Heras. Los futuros actuarios seguimos con nuestras discusiones, planes, ligues o simple borrachera y llegó el momento de María, mientras algunos caían cansados o borrachos y otros bajábamos la voz por esos motivos, la joven María, bella, alegre, de mezclilla por supuesto, tomó una guitarra que estaba por ahí y se volvió diosa; no sólo cantaba bien, sino que cantaba canciones suyas, aún la recuerdo sentada en el sillón individual de esa pequeña sala y yo desde la pared, con un vaso de ron que nunca se terminaba de vaciar, tratando de mantener ese momento en mi memoria, sabiendo que sería de mis recuerdos preferidos y creando una admiración por esa mujer artista, inteligente y respetada. Ese momento no me lo guardé, lo compartí con ella dos o tres veces cuando tuve oportunidad y nada más sonreía.

Después supe que su faceta de cantante quedó grabada para su círculo familiar, pero espero algún día tener la oportunidad de escucharla de nuevo.

Creativa, artista, pionera, retadora, inteligente, simpática, valiente, profesional, compartida, sensible, todo eso y más se podrá aplicar al hablar de María de las Heras, yo me quedo el orgullo de haberme considerado su amigo tanto tiempo... y lo que nos falta.

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