Chairo pareciera designar a quien públicamente sostiene opiniones políticas y económicas de izquierda, mismas que lo categorizan como alguien obtuso al tomar partido por ideas y doctrinas anacrónicas y/o demostradamente equivocadas. Para acusar a otro de chairo no es necesario ser un experto politólogo o economista, incluso se puede ser un perfecto ignorante de estos temas. Al final, la validez del juicio excluyente está sostenido sobre la autoridad de un discurso cuya condición particular de verdadero y correcto le hace más cercano a la infalibilidad papal que a un conocimiento científico; este incontestable discurso es el neoliberalismo.

Pero el chairo no va errado por la vida por las contradicciones de lo que sostiene, sino por diferir de un discurso dominante y los valores que de este se desprenden; un estado tan permanente para quien lo padece como su persistencia en no estar de acuerdo y/o cuestionar al neoliberalismo.

No es necesario que quien sea juzgado de chairo sostenga opiniones de izquierda, pudiendo incluso diferir de ellas. Basta con que presente siquiera un dejo de escepticismo sobre las virtudes absolutas del neoliberalismo.

De esta forma, quien cae bajo esta categoría se caracteriza por no compartir y avalar los saberes, las certezas, de los tecnócratas que aplican las medidas económicas neoliberales que han generado una mayor pobreza y desigualdad en el mundo. El chairo, es así, un anormal producido por el descrédito del que lo hace objeto el discurso dominante al que interpela.

“Quien controla el discurso, domina el poder y quien domina el poder, controla el discurso”, advierte Michel Foucault en su obra El orden del discurso. Para el pensador francés, el poder —entendido mínimamente como el influir en las acciones y/o el pensamiento del otro— es algo que está en juego, que circula entre las partes de un circuito. Se torna en dominación cuando el circuito se cierra en favor de una de las partes, es decir, que sólo una tiene poder sobre la otra.

Para mantener el dominio, es necesario mantener la integridad del discurso, buscando que no sea infectado por ideas contrarias o integrarlas para anular sus efectos detonantes, concentrar el poder y excluir a todo aquél que reclame para sí participación del mismo. Así, el discurso neoliberal ha excluido, banalizando y/o ridiculizando, cualquier otro pensamiento, cualquier disidencia, cualquier opción. Incluso, en la academia —ámbito del que surgió— controla la currícula y los programas de las universidades, donde otros discursos político-económicos diferentes son vistos como caducos, superados, ingenuos, equivocados o sin validez práctica.

Una más de las estrategias empleadas por todo discurso dominante es el generar a sus desviados, es decir, a cualquiera que opere fuera de la lógica establecida por el discurso, y dejar que pese sobre ellos como un estigma su disidencia. El chairo es uno de estos infames del neoliberalismo, galería en la que encontramos también al globalifóbico, su pariente cosmopolita.

Las apasionadas y grotescas caracterizaciones del chairo que se pueden leer en las redes sociales no son entonces producto del ingenioso o sesudo análisis del denostante, sino reflejo del dominio infame del neoliberalismo. Y aquí, otra vez Foucault, que en una clase dictada el siglo pasado, explicaba que estos catálogos de descripciones ridículos de los disidentes y criminales desde el poder son un procedimiento natural a toda soberanía arbitraria, de la que lo grotesco en este procedimiento es un reflejo de lo grotesco en su ejercicio del poder. Aquí, el pensador cita como ejemplo a los emperadores romanos —cuya figura paradigmática es Nerón—, “poseedores de la majestas, de ese plus de poder con respecto a cualquier poder existente”, que encarnaban ellos mismos personajes infames, grotescos, ridículos.   

Mientras más ridícula la caracterización del disidente, mayor lo grotesco y arbitrario del poder que la articula y usa en su provecho. Si no, ¿cómo se justifica la tan evidente —cínica— concentración de la riqueza en unos muy pocos, al tiempo que se sostiene que es el único discurso capaz de traer prosperidad a todos? El neoliberalismo es un emperador que ve a Roma arder, para aprovechar la destrucción resultante en su favor.

En su ensayo La vida de los hombres infames, Foucault relata el hallazgo en la Biblioteca Nacional de Francia de registros judiciales de ingresos, redactados en los comienzos del siglo XVIII. Uno de ellos, dice lo siguiente: “Jean Antoine Touzard ingresó en el castillo de Bicétre el 21 de abril de 1701: Apóstata recoleto, sedicioso, capaz de los mayores crímenes, sodomita y ateo hasta la saciedad; es un verdadero monstruo de abominación que es preferible que reviente a que quede libre".

Foucault cuenta la gran impresión que le produjeron estos registro, que el pensador no dudó en ubicarlos en el orden de la literatura por las vívidas descripciones con que caracterizan al criminal por sus delitos y vicios. Esta pasión en la descripción es semejante a la que afecta a quien en las redes sociales —lugares propicios para juicios sumarios— recurren a descalificar a todo aquel que asedie con ideas contrarias a las bondades supremas del libre mercado y la obvia necesidad de que los capitales tengan todo tipo de facilidades, pues es cosa probada que su buena fortuna es la buena fortuna de todos.

Tras lo hasta aquí expuesto, lo sensato sería pensar que aquéllos que se benefician del neoliberalismo son quienes tendrían el uso como agente preponderante del descalificativo de chairo. Pero no es así. Surge aquí la categoría del derechairo. Dícese de quien sostiene ideas y valores neoliberales a pesar de no sólo no ser beneficiado con ellas, sino que incluso le perjudican. El derechairo es el producto de la dominación del discurso del neoliberalismo y su capacidad de invisibilizar sus efectos negativos. El derechairo es la burocracia ideológica del discurso neoliberal, al gestionar irreflexivamente todos sus postulados.

Que sean estos apuntes una invitación a debatir y discutir ideas, que generen alternativas y soluciones a los acuciantes problemas que nos afectan a todos. No es la intención generar más exclusiones, sino describir los mecanismos de la dominación que impiden la libre circulación de ideas y propuestas.