Lectura 3:00 min
Magdalena Kluth: creatividad como estado de alineación

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
La artista alemana, radicada en la Ciudad de México, ha construido una práctica pictórica donde la materia deja de ser un medio neutro para convertirse en archivo sensible. Cal de pantano, polvo de mármol, pigmentos y agua no operan únicamente como recursos formales, sino como cuerpos que recuerdan, responden y registran estados internos. En sus superficies, la pintura no ilustra emociones: las contiene.
Lo que distingue su trabajo no es solo la riqueza material o la vibración cromática, sino la manera en que el proceso mismo se plantea como un acto de presencia. Pintar, en Kluth, es entrar en un estado meditativo donde la noción de control se negocia con la escucha. La superficie final es un residuo —una huella energética— de ese tránsito interno. No hay aquí prisa por concluir ni ansiedad por explicar: hay tiempo, sedimentación y atención.

Magdalena Kluth. Foto: Cortesía
Esta idea se volvió especialmente clara durante su charla The Spectrum of Creativity, presentada el en Soho House México. Ahí, Kluth cuestionó una noción profundamente arraigada: que la creatividad pertenece exclusivamente al terreno del arte. En lugar de ello, propuso entenderla como un estado de alineación interna. La creatividad, dijo entonces, no consiste en producir objetos, sino en notar aquello que nos mueve y responder desde ahí. Una práctica cotidiana de coherencia.
Particularmente reveladora fue su reflexión sobre la infancia. Kluth habló de las primeras fascinaciones —la naturaleza, la luz, el océano, las emociones ajenas, lo táctil— como datos formativos. No recuerdos románticos, sino señales tempranas que, si se escuchan, pueden orientar el modo en que accedemos a la creatividad en la vida adulta. En su caso, esas curiosidades iniciales siguen operando como capas vivas dentro de su lenguaje visual.
El agua ocupa un lugar central en esta lógica. No solo como elemento técnico, sino como agente de transformación. En su práctica, el agua media la relación entre minerales, intención y tiempo. Responde, se resiste, colabora. Introduce lo impredecible y obliga a soltar la idea de dominio absoluto sobre la obra. La pintura, entonces, se vuelve una negociación entre voluntad y entrega.
Frente a un ecosistema visual saturado de estímulos y consumo rápido, la obra de Kluth insiste en la lentitud. No como nostalgia, sino como necesidad. Sus piezas invitan al espectador a detenerse, a sentir antes de interpretar, a reconocerse dentro de la superficie. La experiencia no es espectacular: es introspectiva y es por esto que resulta política.
Hay algo profundamente contemporáneo en esta postura. En una época que premia la visibilidad constante, el trabajo de Magdalena Kluth apuesta por la coherencia interna. Por la idea de que el arte —y la creatividad en general— puede funcionar como un espacio de asentamiento, un lugar donde lo interno y lo material se alinean, aunque sea por un instante.
La potencia silenciosa radica de su práctica: en recordarnos que crear no siempre significa hacer más, sino estar más presentes, en valorar el tiempo.

Obra de Magdalena Kluth. Foto: Cortesía
Dando como perspectiva una verdadera transformación que ocurre de manera gradual y que se construye en capas lentas e invisibles, como la cal que se fija, como el agua que modifica la materia, como la memoria que se asienta con el tiempo.
En ese sentido, el trabajo de Magdalena Kluth propone una pausa. No como un gesto estético superficial, sino como una postura ética frente a la creación y, en última instancia, ante la forma de vivir.
IG: @magdalenakluth

