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Las barbas de Maduro

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Dice un viejo refrán: “mal empieza la semana para quien ahorcan el lunes”, parafraseándolo ahora digo: mal empieza el año para quien secuestran al comenzar éste. Por supuesto que me refiero al caso de Nicolás Maduro quien fue abducido por fuerzas militares estadounidenses con todo y su esposa, Cilia Flores, la madrugada del sábado pasado, en una rechazable violación de la soberanía venezolana, a través de un operativo inventado por Trump, que ha suscitado protestas de varias naciones y de organizaciones norteamericanas como The People´s Forum y la Coalición Answer.
Estados Unidos, con Donald Trump como narrador principal de esta “epopeya”, sostiene que Venezuela “robó” el petróleo a los norteamericanos. El verbo, en la cabeza mal cableada del huésped del manicomio llamado Casa Blanca, adquiere una nueva connotación. ¿Robar petróleo? ¿Cómo se hace eso exactamente? ¿Se lo llevaron en bolsas del supermercado? ¿Lo succionaron con un popote gigante de más de 3,000 kilómetros de largo? La afirmación del peligroso orate neoyorkino sugiere que Venezuela ha estado practicando el secuestro geológico porque el petróleo por derecho divino y comercial es estadounidense y el país sudamericano lo mantenía cautivo en sus yacimientos sin el permiso de Washington.
Las drogas, por supuesto, funcionan como el comodín perfecto. Nadie cuestiona una operación si se pronuncia la palabra mágica: narcotráfico. Es el “abracadabra” de la política exterior. No importa que el mercado estadounidense sea el principal consumidor; lo relevante es que la mercancía “viene de afuera”. Así, la captura de Maduro se presenta como un acto de higiene internacional, cuando en realidad parece más bien el asalto a una gasolinera.
Pero lo verdaderamente intrigante no es el discurso, sino la ejecución. ¿Cómo es posible que los anillos de seguridad de Maduro —tan publicitados, tan omnipresentes— fueran vulnerados sin convertir Caracas en un campo de batalla? Esto se ha prestado a especulaciones, desde una posible traición propiciada por la recompensa de 50 millones de dólares —cuando se pone precio a una cabeza la lealtad se convierte en una variable económica— hasta la sospecha que Maduro negoció su captura y su futuro —en 24 horas le permitieron tres cambios de ropa y le proporcionaron un gorrito para el frío con el que parecía Mickey Mouse. Al tiempo que él —si bien con las manos esposadas— deseaba “Good night and happy new year” a sus captores con su inconfundible acento británico
Como haya sido, la presencia de Maduro para ser juzgado en EU no solo redefine el tablero político venezolano; redefine el orden mundial y hasta el diccionario: Soberanía, ultraje, robo, justicia: palabras que hoy significan lo que el más fuerte decida que signifiquen. Y así, mientras nos explican que todo fue por las drogas —esas que siempre aparecen cuando hay que entrar a una casa ajena sin tocar el timbre— y que el petróleo ilegalmente almacenado en el subsuelo caribeño fue recuperado por su verdadero dueño; el oro negro sigue manando en silencio, como si no supiera que ya tiene nacionalidad estadounidense. Y la soberanía venezolana ha sido puesta en custodia preventiva bajo la administración de Trump.
Y mientras los opinadores profesionales conjeturan si el secuestro fue consumado por acción, por traición, por negociación o por el realismo mágico del Caribe; el eco real del asunto se desliza por el mapa del mismo hemisferio y Trump, viendo de reojo a Colombia y a México prepara su navaja y se actualiza el refrán: “cuando veas las barbas de tu vecino cortar”… Pero el problema no es poner las nuestras a remojar sino decidir si aceptamos a “Don Yo Primero” como barbero. Recordemos que no toda navaja impone respeto, ni todo el que grita “ley y orden” sabe afeitar sin cortarse. La mejor respuesta no es agachar la barbilla sino preguntarle al barbero quién lo dejó entrar al salón y considerar con dignidad que no todo sheriff sabe afeitar, ni todo arresto da patente de corso.

