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Opinión

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Acapulco. Ahora o nunca

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Linda Atach Zaga | Columna Invitada

Linda Atach Zaga

“El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia”. Henry Ford.

“Diciembre siempre es triste y más cuando las cosas cambian”, se desahogaba un amigo refiriéndose al lado amargo del cierre de ciclos y a las sorpresas que nos plantea el destino.

“Tranquilo”, le respondí, decidida a calmarlo: “enero es buen momento, verás que todo se acomoda”, afirmé más para mí que para él, después de haber enfrentado un 2025 repleto de situaciones incomprensibles y pérdidas que no veía venir.

A los pocos días de la charla y la profunda introspección que le siguió, puse en pausa mis asuntos, quemé varias hojas que escribí buscando evaporar los recuerdos más tristes y me preparé para recibir el 2026 cargada de esperanza. Justifico que elegí Acapulco por ser el lugar más hermoso del mundo y porque quería cerrar el último tiempo con los fuegos artificiales que, contra viento, marea y huracanes, iluminan año con año mi muy amada costera Miguel Alemán. No pude haber tomado una mejor decisión.

Cuando lamenta los estragos de la modernidad en “La obra de arte en tiempos de la reproductibilidad técnica”, el filósofo alemán Walter Benjamín profundiza en el aura implícita en la obra de arte, en los alcances de su vibración, el cúmulo de emociones que despierta y el impacto que tiene en el observador, pero más que nada, en su ineludible disputa con la fotografía que, ajena las maravillas de la creación, organiza un facsímil de la realidad.

El análisis de Benjamín me lleva al Acapulco donde las imágenes de los reportajes se quedan cortas de cara al poder de la vista que confirma y se conmueve con su belleza y al mismo tiempo entiende del dolor y la eterna frustración de los acapulqueños. Porque la resiliencia, que se explica como la entereza para adaptarse a situaciones adversas con resultados positivos tiene un límite y la de los habitantes del bello puerto ha tocado fondo.

Todavía no alcanzo a medir lo mucho que me afectó pasar de la ilusión y las promesas de un año mejor, a la sacudida trepidatoria del sismo de 6.5 grados que se presentó para recordarnos la vulnerabilidad del municipio guerrerense. Porque por más y mejor que lo hagan, por más que trabajen, reconstruyan y luchen por el futuro de los suyos, los acapulqueños nunca estarán completamente a salvo. Tampoco recibirán respuestas inmediatas, ni serán atendidos o tomados en cuenta por alcaldes y gobernadores, a veces más indiferentes, que atentos a su desgracia.

Tan desgarrador como los gritos que se oían a la redonda, el miedo a perderlo todo volvió a aparecer, listo para adueñarse del paisaje y obligar el cierre de la escénica por una fuga de gas y de las tiendas de autoservicio para evitar el saqueo y la rapiña. Todo esto, sumado a la desesperación de miles de personas que vivieron el sismo de camino a su trabajo, al que tardan en llegar entre dos y tres horas, porque no hay transporte que se atreva a entrar a sus colonias, nos confirma que en el puerto el miedo sigue suelto, por más que se le trate de atrapar.

Me alegra que nuestra presidenta haya decidido pasar la navidad en Acapulco, comprometida a tender más puentes y a continuar con la -lenta- rehabilitación enfocada en una movilidad segura para los peatones y la instalación de luminarias e infraestructura verde, aunque se siga notando a leguas la desatención generacional y el derecho de piso que obligó a que centenares de comercios y restaurantes cerraran, incapaces de negociar con el crimen organizado.

Lástima que Claudia Sheinbaum no haya estado ahí durante el temblor para sentir lo que sintieron los acapulqueños y oír el resignado ¿otra vez?, muestra de lo mucho que han sufrido en los últimos años.

Antes de salir a la ciudad quise tocar base con el artesano que me surte tamarindo, la chica que me vende pulseras, el señor del ceviche y la doña de los mangos. Afortunadamente los vi a todos bien y trabajando con el mismo afán de años anteriores. Quizá un poco más heridos, tal vez más enojados y endurecidos, pero de pie e intentándolo.

“Que le vaya bien, regrese pronto”, me dijeron casi al unísono.

“Enero siempre es un buen momento, verán que todo se acomoda”, les respondí, incapaz de pensar en nada más y convencida de que Acapulco merece un futuro más prometedor. Además, cada vez me queda más claro que, de la mano del trabajo y las buenas decisiones, no hay nada mejor que la fe.

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Linda Atach Zaga

Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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