Siempre tuve ganas de conocer ese país. Se me hizo, viví en él tres meses, platiqué con todo mundo: ricos, pobres, hombres, mujeres, políticos, funcionarios públicos, empresarios de diverso tamaño, campesinos, obreros, religiosos, militares, periodistas e intelectuales.

Los habitantes se dividen en buenos y malos. Éstos lo son porque durante 30 años sacan raja de la riqueza nacional, no se avanza un ápice y las mayorías quedan en la indigencia, lo cual facilita la tarea del actual gobernante: ofrece resurgir de cenizas. Por fin llega el momento del cambio, justicia y progreso. Los buenos son el pueblo, cuya voz inapelable se expresa a través de un intermediario que, qué casualidad, es el dicho gobernante, cuya sapiencia intuye y anticipa la sabia decisión popular. Después de un sermón persistente durante casi dos décadas, encuentro un gran conjunto de pobladores resentidos por los agravios recibidos por los explotadores. Tuvo efecto el goteo incesante de mala vibra, campaña que no encuentra resistencia por parte de los ingenuos malandrines. Encontré, pues, una totalidad fragmentada por la intención de excluir, de separar, como lo hicieron el emperador Shi Huang-ti con su muralla, los romanos con sus palizadas y Mr. Trump con su engendro fronterizo. Los compartimientos estancos son, hay que reconocerlo, fruto de un ánimo centralizador de decisiones, autoritario y, consecuentemente, antidemocrático. Son de admirar las concentraciones de gente que oye, alelada, la palabra de salvación, yo te doy dinero y tú me das tu apoyo, sea aplauso en la plaza o voto en la urna. El país empieza a despojarse de lo que tenía de plural y se perfila como un mazacote amorfo, cada vez más acalladas las voces independientes que actuaban como saludable, e indispensable, contrapeso. Tómanse resoluciones sobre las rodillas, improvisadamente, con casi seguras graves consecuencias económicas y políticas, a la vez que se formulan promesas sin límite. Del sombrero del mago brotan subsidios, tarjetas que amparan dinero, chambas pagadas y grandes obras públicas de dudosa factibilidad. Prevalece una idea moralizante del conflicto social, se emplean palabras y conceptos que recuerdan las enseñanzas evangélicas.

De regreso en casa, me pregunto: ¿será viable un sistema construido sobre tales características? De plano no. ¿Se podrá corregir el rumbo? O las voces de alarma ganan adeptos para balancear la situación y los ofrecimientos se incumplen o las mentiras salen a la luz en todo su descaro.

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Pablo Aveleyra

Escritor

En lontananza

Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Prolífico autor que en sus obras ha abordado temas como la economía, la sociología y las finanzas.