Como si por primera vez se convocara a un paro de mujeres, y sólo en México, en el marco del 8 de marzo, jornada mundial de lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres, diversos voceros del aparato estatal intentan descalificarlo, empresas y universidades buscan congraciarse con las paristas potenciales, alguna organización religiosa pinta el paro como conjura diabólica, algunos opinólogos se “alían” al feminismo para mejor ocultar sus inclinaciones machistas; algunas obedientes hijas del patriarcado advierten a sus descarriadas congéneres de las nefastas influencias y tentaciones que pueden arrastrarlas lejos del sendero del orden y la felicidad.

Tanto despropósito y distorsión mueven sin duda a la indignación. En perspectiva, sin embargo, todo el ruido con que se busca desviar la atención de las convocatorias a marchar o parar el 8 y 9 de marzo sugiere aprehensión y temor ante un movimiento amplio de mujeres, que ya ha rebasado los círculos activistas o académicos, y que, más allá de fechas y actos simbólicos, tiene un potencial de exigencia y movilización que rebasa partidos e ideologías y atraviesa clases sociales, edades, diferencias étnicas o regionales.

Como suele suceder ante un movimiento que cuestiona las estructuras y el funcionamiento excluyente de la dominación masculina, sus guardianes y censores recurren a estrategias estigmatizantes o disuasivas con el afán de mantener el control. Si no pueden acallar esas molestas voces que rompen la armonía del orden jerárquico; si no pueden impedir las expresiones y acciones que fisuran o taladran la mascarada de la armonía social, las ridiculizan o denuestan. Tachan a las mujeres de incautas, inconscientes o irresponsables, como si ellas necesitaran la tutela de quienes se han arrogado por siglos el monopolio de la razón, junto con el derecho a hablar, decidir y actuar. Así sucedió en los años 30, cuando se argumentaba contra el derecho al voto que las mujeres obedecerían a sus maridos o a los curas o se acabaría la paz del dulce hogar; así sucedió en el 2007, cuando se amenazó con traumas eternos o castigos divinos a quienes reclamaban el derecho a decidir libremente sobre su maternidad; así sucede hoy, cuando millones de mujeres se disponen a exigir su derecho a vivir sin violencia, con libertad e igualdad.

Se consideren o no feministas, millones de mexicanas tienen cada una sus razones para unirse a las marchas del #8M y/o al paro del #9M: el recrudecimiento del feminicidio y la saña contra los cuerpos femeninos, la amenaza y el horror de la violación, el maltrato y el abuso sexual en la pareja y la familia, la pederastia, la desaparición, la tortura sexual y la denigración en la trata; la persistencia del acoso en el trabajo, la escuela, el transporte y las calles; los abusos de las fuerzas armadas y la policía, la negligencia del ministerio público, la indiferencia o corrupción del sistema de justicia, las vejaciones en la cárcel; la explotación laboral, la brecha salarial, el techo de cristal;  la discriminación en la familia, la comunidad, el trabajo; la intolerable impunidad... a las que se añaden recortes a programas sociales, continuidad de la militarización que aumenta la violencia machista, intensificación del maltrato a poblaciones migrantes...

No se trata sólo de miedo, enojo o hartazgo. Se trata de solidaridad y urgencia de justicia. Detrás de esa lista incompleta de actos de barbarie, denigración y exclusión, hay vidas, proyectos y sueños truncos o pisoteados. Hay niñas y mujeres cuyo nombre salió a la luz pública: Ingrid, Fátima, Brenda, Abril, María Elena,  Miroslava, Lesvy, Mile, Nadia, Yakiri, Jacinta, Inés, Valentina, Ernestina, Iris Estrella, Sagrario...  y miles más cuyo nombre nunca supimos, o, por conocerlas, guardamos.

Por ellas, por nuestras amigas, familiares, vecinas, estudiantes, por nosotras mismas, por un país habitable, por una vida con libertad, igualdad y dignidad, por algunas o todas estas razones y otras más, miles vamos a marchar, parar, protestar, exigir, sin pedir permiso.

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).