La película Concussion (2015, de Peter Landesman) fue uno de los casos por los que algunos actores y directores negros decidieron boicotear la próxima entrega de los premios Oscar, este 28 de febrero. Aparece Will Smith en el papel principal y muy bien pudo haber sido nominado como mejor actor, pero no lo fue por motivos de racismo o simplemente porque los académicos coincidieron en que había mejores actuaciones que premiar: eso no lo sabemos. Pero la razón por la que la película es trascendente es otra: difundió el peligro que representa el futbol americano para la salud de quienes lo practican.

Si tan sólo 10% de las madres de los jóvenes que juegan futbol americano en las ligas infantiles deciden sacar a sus hijos, será el fin de este deporte , dice alguien en la cinta. Es una frase real, de un ejecutivo real de la NFL. Pero difícilmente será sólo el 10%: es probable que sea mucho, pero mucho mayor el número de los padres que decidan retirar a sus hijos del futbol americano, por el peligro de la encefalopatía crónica traumática (CTE, por sus siglas en ingles).

Esta enfermedad crónico degenerativa se genera por conmociones cerebrales frecuentes y los síntomas aparecen muchos años después, por lo que no se había detectado en jugadores de la NFL (sólo se puede diagnosticar post-mortem). Puede causar pérdida total de la memoria, demencia a edades tempranas, incesantes ataques de paranoia, inmovilidad parcial o total, Alzheimer, migrañas permanentes y conductas antisociales como la violencia intrafamiliar y, sobre todo, suicidio. Mike Webster, el paciente cero, quien ganó cuatro campeonatos con los Acereros de Pittsburg en los años 70, se quitó la vida luego de vivir como indigente y tener que provocarse desmayos para poder conciliar el sueño. Fue el primero en ser diagnosticado con CTE después de su muerte, y su historia es la que vemos narrada en Concussion. En la película, Will Smith interpreta a Bennet Omalu, el doctor que en la vida real descubrió la enfermedad al diseccionar el cerebro de Webster.

Concussion muestra cómo la NFL ocultó los descubrimientos de Omalu, lo acosó y calumnió, y minimizó la creciente evidencia. Paul Tagliabue, el comisionado de la liga, creó incluso una comisión a modo para engañar al público, como se aprecia en el excelente documental de la cadena PBS, League of Denial: the NFL’s Concussion Crisis, mejor incluso que la película, ciertamente comercial, en que aparece Will Smith. En el documental se muestran diversos casos de exfutbolistas que cayeron en la locura, perdieron sus capacidades motoras y acabaron suicidándose debido al CTE, con entrevistas a sus esposas e hijos.

Roger Goodell sucedió a Tagliabue en 2006 como comisionado de la liga y continuó con la misma línea de negación de los datos científicos y de acoso a Bennet Omalu. Después se demostraría que la prevalencia de CTE por jugar futbol americano puede llegar hasta el 96%.

Leigh Steinberg, quien inspiró en la vida real al Jerry Maguire del cine, en los primeros años del siglo era el representante de más de 50 jugadores de la NFL, y fue de los primeros en darse cuenta de lo que sucedía, y de que no sólo pasaba en la NFL, sino en las ligas colegiales.

Después del caso de Webster llegó el de Terry Long, quien se suicidó tomando anticongelante. A partir de ese momento la evidencia empezó a ser aplastante, y no sólo entre exjugadores de futbol americano, sino entre exjugadores de hockey e incluso de futbol soccer, lo que se suma a la largamente conocida enfermedad de los boxeadores: demencia pugilística (hoy se sabe que es CTE), que afecta nada menos que al 20% de los practicantes de esa disciplina.

La NFL me recuerda a las empresas del tabaco en los 90, cuando continuaban negando que no había relación alguna entre fumar y los daños a la salud , le dijo la representante Lynda Sanchez a Goodell cuando el congreso lo citó a declarar, y por primera vez los medios empezaron a relacionar este escándalo con el de las deshonestas tabacaleras. Sólo así la liga reaccionó y queriendo lavar su imagen donó dinero a las investigaciones de CTE, además de imponer ligeros cambios en las reglas del deporte.

Para 2010, la doctora Ann McKee, neuropatóloga del BU CTE Center, ya había analizado 20 cerebros de exjugadores, diagnosticando CTE en 19 de ellos. Pero el caso más estremecedor fue el de Owen Thomas, quien había jugado desde los nueve años y a los 21 se suicidó. No sólo cimbró por su cortísima edad, sino porque nunca como jugador tuvo un gran traumatismo, lo que sugirió que también los golpes pequeños pero reiterados pueden causar CTE. Luego llegaría otro caso confirmado: Erik Pelly, muerto a los 18 años.

En diciembre de 2015, McKee tenía 46 cerebros de ex jugadores de americano analizados: 45 con CTE. Prácticamente todos los que alguna vez pasaron por este deporte. Cada vez que se detecta este trastorno en una autopsia resulta que el paciente es alguien que tenía un historial de golpes repetitivos en la cabeza , afirma Robert Stern, director del Centro para el Alzheimer de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.

Finalmente, más de 4 mil exjugadores demandaron a la liga por haberlos desinformado. La demanda se resolvió en privado, con una cifra de 765 millones de dólares pero la NFL obligó a establecer que no se había probado una causa directa entre el juego y la enfermedad. Sigue preocupándose porque no mermen sus ganancias (9,800 millones de dólares al año) y compra el silencio de la gente a billetazos. Nadie niega la espectacularidad de este deporte, pero la inmoralidad de sus ejecutivos se ha vuelto manifiesta.

Si tan sólo el 10% de las madres sacaran a sus hijos del juego, cambiaría el futbol americano para siempre. Pero, ¿cuál será el porcentaje real cuando se difunda ampliamente que los ex jugadores tienen 19 veces más posibilidades de sufrir Alzheimer, el triple de veces de sufrir depresión y que la demencia aparece en edades mucho más tempranas que quienes no han jugado?

Los líderes de la liga profesional de hockey ya han prohibido los choques corporales en menores de 13 años, y la Federación Estadounidense de Fútbol Asociación prohibió el cabeceo de la pelota en niños menores de 10. Como asevera un artículo en Technology Review, la revista del prestigioso MIT, ha llegado la hora de cambiar las reglas del juego , al menos del futbol americano, puesto que cada vez más estudios corroboran que los jugadores acaban padeciendo CTE con el paso de los años, y hasta los entrenamientos sin contacto dejan a los niños vulnerables ante las contusiones . Quizá tengamos que volver al divertido tochito .

Ya hay un caso de un jugador colegial, Chris Borland, que de jugar en Wisconsin dio el paso a la liga mayor con un contrato millonario con los 49s de San Francisco, en 2014, pero que lo pensó bien después de analizar la evidencia del CTE y decidió abandonar todo para no correr ese altísimo riesgo.

Dado que ahora se sabe que en los niños las contusiones causan alteración en la coordinación oculomotora, y pueden resultar en daño cerebral desde los 10 años, todo debe replantearse. Las ligas infantiles deberían cambiar el formato actual de contacto total por otro sin contacto, a modo de ‘tocata’, y prohibir las tacleadas en niños menores de 14 años , concluye el análisis del MIT.

Bennet Omalu, quien descubrió el CTE, afirma estar seguro de que OJ Simpson padece también la enfermedad. ¿Por eso su conducta tan errática? No puede uno sino hacerse esa pregunta. Hoy que estamos en el umbral de un nuevo Super Bowl, quizá nos deberíamos preguntar si no estamos negando de manera colectiva e irresponsable algo que afecta día tras día a cientos de miles de personas que practican este deporte en todo el mundo. Ante la duda, ¿hay esfuerzo, precaución o medida que se debiera postergar o escatimar?