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Opinión

Lectura 8:00 min

Santa Claus sí existe

Conocí a Santa Claus, en la sala de mi casa, cuando éste orinaba al pie del árbol de Navidad.

Yo tenía 10 años. La curiosidad por saber si el personaje era un ser real o sólo un mito genial me había mantenido despierto toda la noche. Serían las cuatro de la madrugada cuando oí ruidos en la sala y bajé. En la penumbra descubrí a Santa en la acción que les digo. Estaba visiblemente briago.

Descubrí que era un ser tan real, capaz de hacer pipí, y sentí gran decepción. Ustedes comprenderán que para la ilusión de un niño es un tremendo golpe percatarse de que el santo -en este caso santa aunque sea de género masculino- en el que ha depositado su esperanza sea como cualquier mortal. Con el agregado de carecer de educación. Mearse al pie del árbol navideño es una ordinariez que conlleva falta de respeto. Y lo peor: estaba borracho.

Sin que él se percatara de mi presencia, seguí observándolo. Descargada la vejiga, comenzó a canturrear un villancico: Pero mira cómo beben los peces en el río . ¿Beben? –suspendió el canto para cuestionar–, el río tiene agua dulce, los peces de agua dulce no beben, absorben el agua por su piel y la excretan para no acumularla. Corrigió con la misma tonada: Pero mira cómo excretan los peces en el río . Soltó su clásica carcajada. Él mismo se pidió y guardó silencio. Pueden despertarse los niños –expresó en voz baja–. Bah –dijo con burla y cierto desprecio– ¡los niños! Pinches escuincles, ilusos pendejos que creen que les voy a regalar lo que me piden. Pura madre. Yo les dejo cualquier chingadera.

El lenguaje utilizado acabó por desmoronar la poca admiración que aún le guardaba al ícono navideño. Debo decir que mientras monologaba en voz baja, ingería el resto de las bebidas que había en los vasos desperdigados por la sala y el comedor. ¡Puta madre! –exclamó luego de darle un trago a la última copa que se sirvió mi padre–, este cabrón es alcohólico. Frase premonitoria porque en marzo del siguiente año papá entró a rehabilitación en un grupo de AA.

Tambaleándose regresó al pie del árbol para proceder a leer las cartas guardadas en mi zapato y en el de mi hermano. Querido Santa Claus –leyó. La carta era la de mi hermano–. Te pido que, por favor, me traigas un Topo Gigio –juguete de moda en ese entonces–. Topo Gigio, Topo Gigio –repetía el de las barbas blancas mientras buscaba en su costal–. Ya se me acabaron esos monos, así que en lugar de un Topo Gigio le voy a dejar un puto yoyo. Esbozó una sonrisa socarrona y justificó su acción: tiene una letra tan pinche que va a pensar que eso fue lo que leí.

No dejo de reconocer que me emocioné cuando desdobló mi cartita, yo no le escribí: Querido Santa Claus. Mi afán humorístico me motivó a escribirle: Gordito. Percibí que no le hizo gracia el calificativo porque cuando lo leyó musitó: Gordita tu chingada madre. Leyó mi petición: quiero un juguete de armar. De su costal sacó una matraca.

No aguanté más, salí de mi escondite para reclamarle: Óyeme, Santa, te pedí un juguete de armar, ¿a qué viene la matraca? Porque es un juguete de armar escándalo. Aquí la carcajada ya fue franca y tras ésta vino el reclamo: ¿Qué haces aquí? Deberías de estar dormido.

Quise conocerte en persona. Cerciorarme de que existes. Sin decir palabra, volvió a orinar en el árbol, salpicó mi zapato. Incontinencia urinaria senil, pretextó.

Bueno, ya que me descubriste, acércate –me invitó–, ven conmigo. No me tengas miedo. No soy pederasta como insidiosamente han dicho de mí los ojetes Reyes Magos. Dijo salud y le dio el último sorbo al vaso de papá. Sírveme una igual pero con mucho hielo. En tanto ponía hielos en un vaso, por asociación de ideas le pregunté por qué había elegido para vivir el Polo Norte. Porque ahí pago renta congelada.

Mientras degustaba su bebida, con voz tartajosa me confesó su existencia virtual: Existo sólo para los que creen en mí. Por eso estoy aquí. En el momento en que un niño deja de creer, dejo de visitar su casa y el regalo que pide corre por cuenta de sus padres.

Le pregunté por qué a los niños pobres, aunque creyeran en él, no les dejaba nada. Eso no es totalmente cierto –narró entre trago y trago–. Lo que pasa es que a los renos que jalan mi trineo no les gustan los caminos empedrados o de terracería, mucho menos las calles sin luz, llenas de baches y basura. Son barrios violentos y peligrosos. Sin embargo, cada año, de manera aleatoria, hago unas cuantas visitas a dos o tres colonias populares y ahí les dejo cualquier chingaderita a los niños jodidos. Tal vez me juzgues elitista. Y sí lo soy, pero comprende: mi leyenda dice que entro por las chimeneas de las casas. Y no es lo mismo tener chimenea que anafre.

Santa cláusula

Esa madrugada hicimos Santa Claus y yo un convenio: mientras yo creyera en él, me visitaría todas las madrugadas de los 25 de diciembre, aproximadamente a las 4 AM. Creí, dado el estado etílico en el que se encontraba al momento de convenirlo, que se le iba a olvidar. Me equivoqué. Desde entonces no ha fallado un solo año. Él me trae cualquier cosita y yo lo recibo con su trago favorito –como los que se servía mi papá que en junio de aquel año desertó de AA y murió de cirrosis 18 meses después– y una bacinica para que no se orine en el árbol.

Para cumplir con el convenio abandono la fiesta navideña, si soy invitado, o la suspendo, si soy el anfitrión, con el tiempo suficiente para recibir al personaje a solas, a la hora acordada, en el lugar pactado.

A pesar de los años no abandona su lenguaje coloquial: Dónde está mi copa, puto –me ha dicho– o también: órale, pinche culero, te noto lento con mi trago. Fuera de eso, el gordito –desde que murió mi madre acepta el calificativo sin revirarme– no es proclive a la charla larga. Ando en chinga, mijo, me tomo la ultimita y me voy a la chingada –me informa–.

Sólo dos veces ha sido un poco más expresivo. En la Navidad del 94, me pidió el trago doble y me dijo indignado: Estoy encabronado porque recién me enteré que el pinche ojete de Carlos Salinas piensa escribir un libro donde me va a hacer responsable del error de diciembre. Otro año llegó conmovido hasta las lágrimas. Había estado en un hogar pobre de los que escoge fortuitamente. Ahí un niño menesteroso le había dejado un par de zapatos viejos con una misiva que decía: Querido Santa Claus, aunque sea ponles medias suelas .

Esta Navidad fue diferente. Para empezar llegó sobrio. ¿La razón? El año pasado terminó en el Torito. La sobriedad, contrariamente a lo que nos sucede al común de los mortales, lo volvió parlanchín. Lo sentí más relajado, aunque triste. Ya no hay niños que crean en mí –expresó– sus papás se han encargado de decirles que no existo. Bola de pendejos, prefieren gastar a forjar la ilusión en sus pinches bodoques. Y los pocos chavos que todavía creen en mí, me piden una bola de cosas raras: un iPod, un iPad, crédito en iTunes y una bola de mamadas que desconozco. Aquí entre nos –se abrió de capa– presiento que se acerca mi fecha de caducidad. Además, me amenazaron los chingados Zetas: si no me pongo con una lana no me van a dejar operar. ¡Ya bailó Bertha! Eso sí, mi imagen seguirá vigente para que la exploten los putos comerciantes que no creen en mí, sólo en el negocio. Y como no creen en mí, pura madre que me van a pagar regalías.

Hasta de política habló: Me enteré que un güey anda diciendo que me pidió la candidatura de su partido. ¡Que no mame! No recibí su carta. También dijo que les tiene más aprecio a los culeros Reyes Magos que a mí. A ellos va a pedirles la Presidencia de la República. No veo cómo se la vayan a traer. Porque yo no le voy a dejar la candidatura.

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